HERNANDO SANTOS CASTILLO

HERNANDO SANTOS CASTILLO

La muerte del director de EL TIEMPO, Hernando Santos Castillo, ocurrida en la madrugada del 20 de abril, no sólo es motivo del dolor más profundo para sus hijos, para todos sus familiares, para quienes trabajamos a sus órdenes, para cuantos le conocieron y le amaron, sino para el país entero. Como en cualquier nación del mundo, cuando ve partir a uno de sus seres excepcionales.

21 de abril 1999 , 12:00 a.m.

Porque pocos como él quisieron con tanta intensidad y con tan hondo sentimiento patriótico a Colombia. Y pocos defendieron con igual pasión las instituciones democráticas y los principios liberales, por los que luchó a capa y espada, para ponerlo en el lenguaje de la tauromaquia, que fue otra de sus pasiones.

Ha muerto, sobre todo, un periodista, que encarnó todo lo que este oficio significa como entrega y vocación. Un hombre que consagró toda su vida, las 24 horas del día, todos los días, a lo largo de 50 años, a un quehacer que lo consumió por entero, y del cual nada nunca lo apartó. Ni las tentaciones políticas, de las que siempre desconfió, ni los halagos de la vida social o empresarial, tan ajenos a su temperamento independiente y librepensador. Su único desvelo fue EL TIEMPO y preservar el legado histórico que representa este diario en la vida nacional.

Hernando Santos Castillo recibió este legado de su tío, el presidente Eduardo Santos, como una tribuna que había tenido por interés supremo servir Colombia. Como jefe de redacción, primero, al lado de su hermano Enrique, honró siempre la confianza depositada en él por el doctor Santos; después como sub Director, y luego como Director, durante cerca de dos decenios, no se desvió un ápice de la línea de conducta trazada por sus antecesores. Ni en las horas más amargas de su vida, que por ser de todos conocidas no es necesario recordar, se apartó Hernando Santos Castillo de la consigna de fe y dignidad impartida por Eduardo Santos como un emblema de las actitudes indeclinables que los seres humanos deben asumir frente a las grandes crisis.

No ha muerto Hernando Santos Castillo sin la convicción íntima y la plena satisfacción de haber sido, en todos los instantes de su vida, un hombre bueno. Su carácter sin dobleces le ganó el afecto de cuantos le conocieron de cerca o de lejos. Fue una persona de honestidad inmaculada. No supo jamás de rencores, de odios, ni admitió que en su espíritu sencillo, bondadoso, compasivo y alegre entrara ni la sombra de una pasión mezquina. Perdonó a cuantos le ofendieron y jamás ofendió a nadie. Cuantas veces creyó haber provocado alguna ofensa involuntaria se apresuró a enmendarla, porque en la nobleza de su alma el buen proceder y la amable conciliación eran esenciales.

Tendió su mano generosa a todas las causas que creyó benéficas para el mejoramiento del país, y consciente de que su posición le permitía desplegar en la sociedad una influencia trascendental, la ejerció sin vacilaciones en cuanto pudiera contribuir a que Colombia fuera un país respetable ante sí mismo y en el concierto de las naciones. Nada fue más importante para él que su país y lo demostró durante cincuenta años, día tras día, en cada una de las ediciones de EL TIEMPO.

Hernando Santos Castillo se cubría de las asechanzas del mundo con una modestia invencible. No era vulnerable a los elogios ni a las vanidades, ni tuvo otra ambición que la de ser útil. Había heredado de sus tíos Hernando y Gustavo Santos Montejo una cualidad especial para apreciar el arte, y sin haberlo estudiado en ninguna facultad, sólo con su talento y su instinto se hizo experto en las distintas expresiones de las artes plásticas, lo que le permitía a simple vista apreciar dónde había una obra maestra, así se tratara de un pintor desconocido. Tal vez fue uno de los primeros en reconocer, por ejemplo, el valor de la obra de Alejandro Obregón y en entender los complejos conceptos críticos de Marta Traba. De su padre, el inolvidable Enrique Santos Montejo, Calibán , heredó una aguda vena crítica y humorística, y un estilo claro que sabía llegar a los lectores, como se advierte en su columna Detrás de las noticias, que revivió con notable vigor intelectual en sus últimos días.

Aún es demasiado pronto para entender el penetrante y doloroso significado de la muerte de Hernando Santos Castillo; pero no queremos ni podemos escribir aquí una nota de despedida a nuestro Director entrañable, pues estamos convencidos de que él no se ha ido ni se irá. Una persona como él deja un recuerdo que mantiene y mantendrá viva, por siempre, una llama lista a iluminar nuestro camino hacia adelante. Ni cabe tampoco en este espacio decir todas las cosas buenas que harían la biografía de Hernando Santos Castillo como periodista, como padre, como hermano, como amigo y como ser humano. La mayor herencia que un hombre puede legar a sus descendientes, a sus contemporáneos y a la posteridad, es el buen ejemplo. Y Hernando Santos Castillo nos deja, con su vida y con su obra, el mejor de los ejemplos. Así como él supo prolongar la tarea iniciada por Eduardo Santos hace más de ocho decenios y que su antecesor, Roberto García-Peña, continuó con lealtad sin límites, el mejor homenaje que EL TIEMPO puede hacer a la memoria de Hernando Santos Castillo es reafirmar que no se apartará de ese ejemplo, inspirado en la consigna que le dio su fundador cuando dijo: EL TIEMPO no será tea que incendie sino antorcha que ilumine .

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