A QUÉ JUEGAN EN LAS VEGAS

A QUÉ JUEGAN EN LAS VEGAS

Las Vegas son un estado mental. Lo supe desde el momento en que cogí el teléfono. Eran las 7 a.m. de mi primera mañana y me estaba recuperando en una pequeña piscina de la fatiga de un viaje en que atravesé diversas zonas temporales. Salud, noble huésped , comenzó a decir la llamada grabada del despertador. En cualquier otra parte yo hubiera soltado la carcajada. Las Vegas, ya lo sabía, no tiene noción de lo que es el ridículo.

16 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

En el vuelo desde Londres, Hunter Thompson, en su clásico y polémico Miedo y odio en Las Vegas (1972), me había dicho que yo odiaría este oscuro rincón del Sueño americano . Lo que yo también sabía era que Las Vegas había hecho famoso a Bugsy Siegel, que había sido el hogar de Elvis y Frank, y que nos había librado a todos los demás de Tom Jones. De alguna manera, por razones que no he podido explicarme bien, aquello me gustó. Por tres días, de todos modos.

Cuando nos dirigíamos muy orondos al Caesar s Palace, pasamos por una réplica de uno de los más sagrados santuarios budistas de Tailandia. Unos pasos más allá, medio escondido entre las fuentes y los cipreses italianos, se encuentra el Rapto de las Sabinas, de Giovanni Bologna. Por qué? No pregunté. Si algo está allí, en cualquier parte, vale la pena imitarlo, parece ser la regla en Las Vegas.

Mi ruta bajo los cielos pintados del casino, desde la recepción hasta una lujosa suite en The Palace Tower, me llevó por la Vía Apia. Usted no puede omitir el David de Miguel Angel, dijo canturreando el recepcionista, sin el más ligero toque de ironía. Y es cierto. Pero tome otro rumbo y usted puede extasiarse contemplando la escultura del legendario boxeador Joe Louis, en el mismísimo y costoso mármol de Carrara.

Las Vegas es la imperturbable coincidencia de lo incompatible. Esta parcela del reseco desierto de Nevada tiene más agua de la que usted haya visto jamás, gracias, según se me dijo, al Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt y a la represa de Hoover. Es un lugar que nunca supo ruborizarse, donde lo real es falso y lo falso, de algún modo, real.

Camine por la principal avenida de la ciudad, conocida afectuosamente como La franja (o recórrala, más bien, en limosina), y una Torre Eiffel, que es la mitad de la original, se levanta por sobre el Lago Como. Una pirámide de tamaño normal y de reluciente vidrio se disputa el horizonte con una reproducción del edificio Chrysler de Manhattan. Barcos piratas combaten en lagos artificiales; montañas rusas compiten con justas arturianas; recién casados, que lucen todas sus galas, se olvidan de sus suites nupciales por consumir toda la cantidad que quieran de camarones y de carnes. Dentro de los cavernosos casinos se confunden la noche y el día, en un mundo donde se han abolido los relojes y los letreros de salida.

El lugar que se aproxima más al buen gusto es el casino Bellagio, que el magnate Steve Wynn abrió recientemente, con una extravagante síntesis de impresionismo fácil, con el vanguardista Cirque du Soleil de Montreal y con máquinas tragadólares enchapadas en mármol. Este disparate le costó a Wynn cerca de 1,7 billones de dólares, pero la calidad, se me ha dicho, no se consigue barata en Las Vegas. Y sus pinturas son reales.

Los gángsters (la mayoría) hace mucho se fueron. Tom no, pero hay nuevas estrellas y espectáculos, peleas por campeonatos mundiales, y suites con sus propias piscinas, a 3.000 dólares la noche. Suntuosos centros comerciales son la última novedad. Decir que el consumo es apenas conspicuo, es un insulto.

El juego por dinero, sin embargo, es todavía lo que realmente cuenta. La ciudad capta más de la mitad de sus multimillonarios ingresos en dólares, cada año, gracias a la inconmovible convicción de los jugadores de que ellos pueden desafiar las leyes de las matemáticas. Las Vegas no serían nada sin el zumbido de las ruedas de la ruleta y sin el ruido de los dados. Aquí se mide el tapete verde por acres y se cuentan los montones de dólares por decenas de miles.

Mis invitados se mostraron recelosos cuando evité la opulencia de, digamos, el hotel Monte Carlo, o la elegancia (hablando relativamente, se entiende) de la Taberna del Desierto. Pero La franja es el lugar para distraerse. Y el centro, para apostar dinero.

En el casino Binion, los talladores tienen nombres como George, Donald y Lisa (escrito Leesa). Exhiben corbata de anudar y blusa blanca con volantes. Los dueños, un grupo de estadounidenses, de los más amables que he conocido, beben whisky americano y se ponen botas de vaquero. Durante dos largas temporadas de juego y charla con George, Donald y Leesa, me gané unos cuantos centenares de dólares. Después perdí algo más. Al final, registré un déficit de 50 dólares. Son los 50 dólares que he gastado mejor.

El resto de Las Vegas quiere ser algo más. Antes, en los 50 y los 60, era lugar para aventuras ambiguas y para echar un vistazo a gángsters y amigas de estos. Luego, a fines de los 80, La franja decidió transformarse en la Disneylandia de los adultos. Así fue como se construyeron La Isla del Tesoro, un pueblo de piratas a orillas del mar Caribe , el Excalibur Arturiano, y el Luxor Piramidal con su propia tumba del rey Tut. Actuaciones circenses y excursiones a caballo competían con las mesas para jugar dados. Los hoteles se convirtieron en estaciones veraniegas. El comercio fue el mejor negocio.

Ahora esta ciudad norteamericana, una de las de más rápido crecimiento, ha emprendido otro cambio. La franja crece rápidamente. Aquellas camisetas de relumbrón y las colas de camarón de un dólar, les están cediendo el paso a los trajes largos para dama de Versace, y al salmón ahumado con salsa minestrone.

El nuevo talante está simbolizado por Bellagio, que Wynn inauguró el otoño pasado. Es una extravagante empresa modelada sobre el epónimo pueblecito que anida en las costas del Lago Como, de Italia. La arquitectura corresponde al renacimiento italiano y las pinturas, en su mayoría, al impresionismo del siglo 19 (aunque Picasso también aparece en buena parte). Pero, por favor, olvide el estrépito de las notas discordantes. Dónde más podría usted observar fuentes tan altas como rascacielos, que danzan a los acordes de arias operáticas? Wynn ve el futuro en la opulencia sin restricciones de Bellagio. Olvídese de las máquinas traganíqueles. Ensaye el balneario de agua mineral, la piscina, los restaurantes y la galería privada. Otras dos estrambóticas imitaciones de la cultura europea, la parisiense y la veneciana, se van a abrir dentro de poco en el lado opuesto de La Franja .

Tanto como su Torre Eiffel, París promete réplicas de la Opera, del Louvre y del Arco de Triunfo. En la réplica veneciana, los visitantes pasearán por el palacio del Dux y viajarán en góndola por los canales. Todo esto es ridículo. Lo mismo resulta la observación de Wynn de que un hotel con más de 3.000 habitaciones provoca la formación de interminables colas de huéspedes ante los escritorios de registro y/o cancelación.

Si usted va -El tiquete aéreo Bogotá-Las Vegas-Bogotá cuesta 834 dólares más el 5 por ciento de impuestos, de lunes a jueves. Los fines de semana el valor se incrementa en 50 dólares, más el 5 por ciento.

-Un buen hotel cuesta 50 dólares por persona en acomodación doble, de domingo a jueves. Los viernes y sábados hay que pagar 25 dólares más. Si el presupuesto no da, también se consiguen cupos desde 32 dólares, en acomodación doble.

-Muchos hoteles de Las Vegas todavía reciben reservaciones para la celebración del milenio.

-Para mayor información turística puede consultar el sitio en Internet de Las Vegas Convention/Visitors Authority: www.lasvegas24hours.com.

Traducción de LUIS E. GUARIN. G.

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