UN HOMBRE BUENO Y FIEL

UN HOMBRE BUENO Y FIEL

Juan Pablo II lo describió certeramente en su carta de condolencia al Vicario General del Opus Dei: el Prelado, que acaba de morir, fue siempre y ante todo un hombre bueno y fiel, en toda la extensión de las palabras. Cuando en 1975 recibió en sus manos la Obra que dejaba en la tierra el hoy beato Josemaría Escrivá, sólo tuvo un pensamiento: darle continuidad en plena fidelidad al espíritu fundacional. Así lo hizo durante 19 años, a lo largo de los cuales esta Obra de Dios creció y se fortaleció espiritualmente, en un esfuerzo, continuado sin tregua, por mantener el vigor sobrenatural legado por el fundador: Alvaro del Portillo bebió dicho espíritu de la fuente original, durante 45 años de permanencia a su lado en los que le sirvió tantas veces de apoyo, de fortaleza humana, de consuelo cuando fue necesario, de consejero personal delicadísimo y discreto. Quienes tuvimos la suerte de conocerlo personalmente, admiramos siempre su capacidad de servicio en la tarea que Dios le había con

30 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

Elegido como primer sucesor en el gobierno de esta obra de Dios, se propuso desde el comienzo dar cumplimiento al ideal inspirado por Dios a José María Escrivá: impulsar siempre más el anhelo de difundir por el mundo la llamada universal a la santidad; predicar con el ejemplo y la palabra, que cualquier tarea humana, hecha en presencia de Dios y con la mayor perfección posible es camino de santidad; estimular el apostolado de amistad y confianza de los miembros del Opus Dei con parientes, colegas de profesión, compañeros habituales u ocasionales en el camino de la vida.

Así hasta el último día de su valiosa existencia en el que tuvo la dicha de celebrar su última Misa que fue siempre el centro y la raíz de su vida sacerdotal en el mismo lugar en el que Jesucristo instituyó la Eucaristía: el Cenáculo de Jerusalén. Allí alentó a los miembros del Opus Dei que comienzan la labor apostólica en el país santificado personalmente por Jesucristo, con palabras que siempre había repetido en todas partes: que hemos de amar a Dios con obras, cumpliendo nuestro deber, con un deseo continuo de servir a la Iglesia, al Papa, a todos los hombres, procurando ser sembradores de paz y de alegría, especialmente en aquellas tierras heridas por la guerra.

Ha muerto un hombre santo. Bueno y fiel. Enamorado y servidor incansable de la Iglesia. No será nada extraño que un día no lejano lo lleguemos a ver en los altares.

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