LEYENDA DEL MILAGRO

LEYENDA DEL MILAGRO

13 de abril 1999 , 12:00 a.m.

Caja, guacharaca y acordeón son la esencia del Festival de la Leyenda Vallenata, esa página del folclor escrita cada año en la ciudad de Valledupar...

Pero, aunque los instrumentos y sus intérpretes sean los pilares del festival más importante de música vallenata de la Costa Caribe, en realidad no son la base histórica del mismo.

Lo cierto es que cada año en el Valle de Upar se rinde homenaje a la Virgen del Rosario, en recuerdo de aquel día de 1576, cuando protegió su templo y repartió vida a españoles e indígenas luego de que la tribu de los Tupes vengara el castigo infligido a la india Francisca.

Entonces, los europeos aún imponían sus caprichos a los indígenas de América.

Crónicas históricas del siglo XVI relatan que Coroponiaimo, cacique de la tribu de los Tupes, reaccionó violentamente al conocer que la india Francisca, una joven de su tribu que trabajaba bajo las órdenes de Ana de La Peña, esposa del portugués Antonio de Pereira, fue azotada y humillada por su ama, frente a la demás servidumbre. Luego, la mujer blanca le cortó el cabello a la hermosa aborigen porque sentía celos de ella y creía que tenía alguna relación con su marido.

Ante semejante ofensa el cacique de los Tupes buscó el apoyo de sus hermanos los Itotos, los Cariachiles y los Chimilas, a los que propuso tomar venganza y emprender un feroz ataque contra los conquistadores atrevidos.

La arremetida fue brutal. El 27 de abril de 1576, los aborígenes, al mando del cacique Coroponiaimo y su hijo Coroniaimo, quemaron todo cuanto estaba a su paso, y como era su costumbre, cuando atacaban con gallardía, no respetaron edades y sexos. Dejaron a su paso más de cien españoles muertos...

Cuando el sangriento ataque amenazaba con tomarse la Iglesia de Santo Domingo se hizo presente ante los ojos atónitos de los guerreros una deslumbrante dama, de tierno mirar, que sofocó las mismas llamas entre las cuales surgió, recogiendo con su manto las flechas encendidas de los indígenas, evitando no sólo la destrucción del santuario sino la ocurrencia de más muertes.

Allí, en ese templo, los españoles del pueblo veneraban a la Virgen del Rosario.

Los indios salieron despavoridos por la aparición y tras ellos corrieron a aniquilarlos la fortalecida y auxiliada guardia española. La batalla no había terminado.

Con su conocida malicia, los guerreros de la región esperaron a que los españoles subieran a su territorio, localizado en cercanías de las sabanas de Sicarare también llamadas del Milagro, e intuyendo que el enemigo estaría deseoso de beber las aguas de la laguna del mismo nombre, pensaron en una forma rápida de vencer al enemigo: envenenar las aguas.

Le echaron barbasco a la laguna, un potente veneno que intoxicó a los españoles. Todos murieron... pero la Virgen, en una nueva aparición sosteniendo un báculo, tocó a cada español y los volvió a la vida.

La Guaricha , (que en lengua indígena significa mujer de milagro o hechicera) como la llamaron los indígenas, volvió a auxiliar a los blancos, quienes fortalecidos arremetieron contra los indios logrando vencer a sus poderosos jefes Coroponiaimo y Coroniaimo.

La desbandada general hizo que atacados y atacantes llegaran en compañía de los negros esclavos, quienes habían apoyado a los blancos hasta el atrio del Convento de Santo Domingo.

Allí, la angustia de la derrota amilanaba a los nativos y el triunfo enardecía a los españoles... En los cuerpos inertes de los dos jefes indios se opera el último y maravilloso milagro, la Virgen del Rosario en una nueva aparición le devuelve la vida a los caciques, que al verse frente a la Guaricha se postran, la adoran y se convierten al catolicismo.

El relato lleno de fe de esta leyenda siempre sobrecogió el alma de orgullo de quienes habitaban esta región, hasta el punto de que los nacidos en el Valle de Upar deseaban crear una celebración especial que recordara cada año las revelaciones de amor y paz que la Virgen dejó entre españoles, negros e indios para la posteridad.

Con esta propuesta, la de institucionalizar la fiesta de la Virgen del Rosario, llegaron un día de abril de 1968 al despacho del entonces gobernador del Cesar, Alfonso López Michelsen, un grupo de valduparenses, entre quienes se encontraban Consuelo Araújonoguera, Rafael Escalona y Miryam de Pupo.

La idea, además de enaltecer la imagen y tradición de la Virgen, perseguía crearle a la pujante ciudad de Valledupar un polo de atracción, hecho que se podría conseguir, si a la festividad le agregaban música de caja, guacharaca y acordeón, es decir, el vallenato.

Sin embargo, esa es otra historia... El Milagro se hizo... La Virgen vigila a sus devotos.

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