HORA DE RECTIFICACIONES

HORA DE RECTIFICACIONES

La Asamblea General del Banco Interamericano de Desarrollo en París debiera servir para hacer el balance objetivo y franco de las economías de la región y de sus estrategias en la presente década. Usualmente, por la necesidad o por el afán de conseguir nuevos préstamos, se presentan cuadros más bien risueños: si no de las condiciones actuales, al menos de las futuras. De esta suerte, prescindiendo del examen de los derroteros en vigor y señalando tan sólo factores accidentales, se disculpan y perpetúan políticas fallidas y comprobadamente erróneas.

13 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

El hecho de que se hayan venido deteriorando o cayendo las economías latinoamericanas, una a una, es claro indicio de que algo decisivo está fallando. En efecto, mientras la de Estados Unidos experimenta crecimiento anualizado del seis por ciento el último trimestre de 1998, llamado desde luego a reducirse durante el año en curso, la de Colombia sufrió mengua del siete por ciento en el mismo período y las perspectivas en su conjunto apuntan a no crecer más del uno por ciento en 1999.

Verdad es que la baja de los precios de los productos básicos el petróleo en primerísimo lugar afecta seriamente a los países en desarrollo. Díganlo, si no, Venezuela, México e inclusive Colombia. O Chile en relación con el cobre. Pero, no habrá algo más, según se colige de la acentuada dependencia de los recursos volátiles del mercado financiero? A raíz de la crisis de la deuda en la década de los ochenta y en virtud del Consenso de Washington , sobre él se montó y uniformó, con algunas variantes nacionales, la estrategia del desarrollo en América Latina.

Al enrarecerse, como consecuencia de las crisis asiática y rusa, sobrevinieron las dificultades para absorber los elevados déficit de las cuentas corrientes de las balanzas de pagos, de siete mil millones de dólares el de Colombia en 1998. A fin de reducirlos y de preservar a toda costa la estabilidad de los tipos de cambio, se apeló a alzas desorbitadas de las tasas de interés y a la represión consiguiente de la demanda agregada. Aun así, el Brasil debió poner a flotar su moneda y Ecuador lo hizo a su turno, caóticamente.

La producción nacional ha resultado sacrificada, en tanto la exacerbación de los consumos ha corrido por cuenta de las transferencias financieras del exterior. El desempleo y el empobrecimiento han sido sus amargos frutos. Al margen de las desigualdades en la repartición del ingreso, en el caso colombiano este fenómeno se patentiza a través del contraste entre el crecimiento económico de 0.2 por ciento en 1998 y el incremento de la población de 1.7 por ciento.

El Consenso de Washington merece cuidadosa revisión y las políticas predominantes en Colombia exigen rectificación ecuánime. La tierra prometida del retorno al aumento del ingreso por habitante y del pleno empleo puede llegar demasiado tarde. Cuando la conflictividad social haya ocasionado estragos irreparables e inferido daños adicionales a la convivencia democrática.

En este orden de ideas, reviste prioridad indiscutible que el Banco de la República se sienta inmerso en las tribulaciones del país y comprenda el peligro de mantener su draconiana estrategia recesiva frente a una economía en trance de parálisis y una población a la cual le van escaseando las oportunidades de trabajo y los ingresos mínimos de subsistencia. O se contribuye en esta forma a la paz o, por la obsesión inflacionaria, se le echa leña a la hoguera de la inconformidad y la violencia.

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