LUIS CANO VILLEGAS 1885 - 1950

LUIS CANO VILLEGAS 1885 - 1950

El metódico heroísmo(1950, 22 de julio). El varón cuyo cuerpo se hundió en esta fecha en tierra de silencios no desaparecería melancólicamente. Ni huérfano de la asistencia y la admiración de quienes fueron sus amigos, sus compañeros de oficio o la invisible legión de sus lectores.

03 de enero 1999 , 12:00 a.m.

Tampoco abandonaba la vida clausurando una influencia, cerrando para siempre un ciclo espiritual. Poseía su sensibilidad fibras tan privilegiadamente excitables, acudían a su talento fuerzas de tan perdurable validez, se había organizado su evolución humana en ritmo tan armonioso, que ya, mucho antes de que culminara su obra de patriarca coronado de blancas escarchas, el mensaje de su fe y el idioma de sus predilecciones tenían conquistada la conciencia pública.

Corresponde hablar de una fidelidad. De la permanente devoción, del celo infinito, de la combustión interior con que don Luis Cano atendió a las exhaustivas obligaciones de su oficio.

Un sobrio tributo a su recuerdo; avanzar con el alma sin desmayos por los mapas que él dibujó con su pluma de pionero de las libertades. De unas libertades para cuyo rescate posteriormente hubiera querido tener aliento suficiente y corazón traspasado de energías. Como durante los lustros en que fue terco gladiador y en que venció para darle a la patria instituciones de paz, normas de derecho, y de civilización democrática.

Ciudadano inerme La repugnancia por la barbarie, por las situaciones nacidas de lo ilícito y por lo mismo carentes de justo título, por la obra disolvente de la arbitrariedad, por las formas amargas de la codicia, acendraron su temperamento civil y lo aquilataron para no vacilar aun en los instantes más indescifrables de la acción. Integral y esperanzado, buscó una patria de leyes, con posibilidades de hablar, y de criticar, y de disentir. Sin que la fuerza invadiese el territorio de la expresión ni acallare, monstruosamente, la voz de las protestas.

Con metódico heroísmo, con paciencia edificante, don Luis Cano y los hombres de la Generación del Centenario reconstituyeron la nacionalidad. La limpiaron de turbulencias. La tornaron estable y sosegada. Repudiaron los odios y asentaron las ideas de la República.

En unos valles periódicamente estremecidos por el viento castrense, aclimataron las bases del entendimiento colectivo. Cumplieron la hazaña de hacer habitual y provechoso el método que Francisco de Paula Santander había legado con profética clarividencia.

En don Luis Cano, estas creencias traían una raíz engarzada en los suplicios y abnegaciones de otra edad. Testigo de la brega de su padre contra desorbitados poderes, bien sabía que el ejercicio del periodismo y la franqueza de las opiniones en el rumoroso ochocientos traían represalias y penalidades. El ciudadano que escribía era un inerme peregrino de las palabras. Un huésped frecuente de los exilios y las cárceles. No obstante, el proceloso siglo XX conoció la austeridad, la entereza, la insurgencia, de polemistas como Fidel Cano, Felipe y Santiago Pérez, Tomás Cuenca y Felipe Zapata. Escuela de estoicos, de precursores que, como bien dijo el propio Fidel Cano, supo rendir culto a las grandes ideas proscritas por el odio, por la apostasía o la debilidad; no dar a las buenas y a las malas acciones unos mismos nombres; no hablar a los dueños del poder el lenguaje de la lisonja, y no tributar aplausos ni a los hombres ni a sus actos, sino cuando la conciencia lo mande .

Barricada de letras Don Luis halló su vehículo de trabajo en el periodismo. En El Espectador. En su frágil río de papel movilizó su pensamiento y dejó correr una doctrina de tolerancia social. Adicto a su profesión de cotidiano intérprete de los fenómenos exteriores, jamás quiso desligarse de sus ilusiones y desencantos y cuando acudió a desempeñar otras responsabilidades lo hizo por tiempo efímero. La sangre y la vocación lo inmovilizaban, exigentemente, en su barricada de las letras.

En el concepto de la mayoría, el país había definido su fisonomía democrática y ya parecía superada la edad del litigio por las libertades de la persona y las garantías para la comunidad. Con la satisfacción de tales realizaciones se abría la posibilidad de proceder a solucionar otros enigmas. De poner en marcha nuevas concepciones. De concentrar la inteligencia de las gentes en los aspectos del ordenamiento y la racionalización económicos.

Los acontecimientos de los años cincuenta dijeron, sin embargo, que la continuidad del destino histórico había quedado rota. Regresamos al amanecer de la existencia como nación. De nuevo nos debatimos en la defensa de los fueros sustanciales del hombre. La tierra quedó, una vez más, rota y profundamente herida.

La prensa soportó momentos azarosos y la tarea de cada noche se vio poblada de amenazas y de impedimentos. Se la quiso recluir a una dimensión de silencio, cuando el decoro y la obligación le mandan estampar su alegato de agravios.

A don Luis Cano le debió comenzar a languidecer la luz en las pupilas el día en que contempló el derroche de la disolución. Le privaban de una suerte de atmósfera ideal. Y le daban la sensación de que cuarenta años de labor fervorosa y obstinada naufragaban en la violencia. Como a Stefan Zwieg le hacían moronas el mundo de ayer. Quede él en su alcázar de eternidad y no esquivemos, nosotros, el rescate de las cosas que conmovieron su diligencia y sedujeron su lucidez. Ni estéril su lección ni infecundo su apostolado.

Quedará siempre vinculado el nombre de don Luis Cano a una constante, activa y decidida tarea en favor de la civilización política de los colombianos. Para mantenerse incólume en su empeño no le faltó carácter, ni fervor por las ideas, ni preeminencia espiritual. Al lado de su padre, arquetipo civil inolvidable, educó su sensibilidad y aprendió cierto sentido heroico de lo que habrían de ser su profesión y su permanente manera de servicio a los compatriotas. El periodismo fue para don Luis Cano razón de su existencia, clima inmodificable de sus desvelos, cauce primordial de sus campañas. Quiso dedicar su inteligencia y sus esfuerzos a una actividad que le había sido connatural y a la que amaba entrañablemente.

En la mitad del camino de la vida pudo mirar orgulloso la culminación de sus campañas. Don Luis Cano había pedido democracia, libertades, justicia. Evidencia del derecho. En la explicación de esas ideas, en su culto leal, en la vocería de un pueblo que las ambicionaba, se mantuvo diligente y lúcido durante muchos lustros. Hasta la hora de la gran transformación. Hasta el instante en que esos valores encontraron su plena validez y se distribuyeron familiar y cotidianamente entre los hijos de la República. El acceso del liberalismo al poder, en 1930, representó para don Luis Cano una victoria de su fe en la capacidad del pensamiento.

No fue jamás un hombre violento. Su ambiente era el de raciocinio. Rehusó hacer de su patria una hoguera bárbara o permitir que el auge de los institutos sustituyese la acción normal de la inteligencia. A lo irracional opuso el dique de la reflexión y de la sensatez. A los desbordes de la procacidad las virtudes rigurosas del método, de la controversia sin naufragios oscuros. Gustaba de que su partido no fuese el de los coléricos y obsecados y que el estertor y la ira identificasen el alma de otros. Y que a otros correspondiese, también, la misión de ser los adalides de la ferocidad, por contraste con la misión clarificadora de las doctrinas liberales.

No puede, sin embargo, considerarse estéril su lección o infecundo su apostolado. Ahí queda, en primer término, una herencia admirable. Ahí está un partido que hace patrimonio suyo el recuerdo del noble periodista. Una patria, un partido, un diario que han tenido la fortuna de contar con exponente tan privilegiado, poseen un título moral enaltecedor y estimulante. La memoria de don Luis Cano vigila, en su invisible y reconfortante presencia, vigila lo que él quiso fundar para la posteridad.

Vigilante y discreta armonía En la historia del periodismo colombiano contemporáneo habrá que recordar siempre a don Luis Cano. Por eso resulta grato y simbólico evocar su memoria dentro del concierto de figuras colombianas del siglo XX. Y evocarla precisamente como una afirmación de los derechos del escritor y, sobre todo, del escritor que respeta su oficio. Al pensar en don Luis Cano sobreviene, por asociación directa, la idea de lo que era y ha sido un buen estilo, un pulquérrimo estilo, circuido de mesura y de brillo, abierto y dispuesto a la defensa, el elogio y la divulgación del patrimonio esencial de la República. Se ha dicho que en esa prosa había un ondulante escepticismo. El concepto es parcial. Tal juego de matices, semejante gama de reflexiones correspondían, no a quien quisiera esconder sus opiniones, sino fundamentalmente a quien, convencido de sus delicadas responsabilidades de intérprete y de orientador de opinión, medía y sopesaba los distintos argumentos, los encontrados pareceres, las ubicaciones diversas, para emit uicio en verdad y en prudencia.

Y si en ocasiones insurgía polémico y quemante, jamás lo hizo rebajando el decoro, la maestría de la lengua, sino, más bien, sublimándola, distendiéndola con viril y raro encanto. Así, pues, don Luis enseñó a combatir sin rebajarse, a elogiar sin cortesanía, a vivir la vida del periodismo en vigilante armonía, discreta austeridad civil y honda identificación con los anhelos y los deberes insobornables del corazón y de la mente. Sin obsesiones ni dogmatismos.

El oficio de informar y de convencer De cómo el nombre y la acción de don Luis Cano se confundían con los más caros valores nacionales lo vino a confirmar el notorio vacío que dejó su muerte en el campo de las inteligencias directivas y la manera cómo, en cada nuevo aniversario de su fallecimiento, el país percibe esa sensación. No existe hoy físicamente ni el escritor, pero el de don Luis Cano es, aleccionadoramente, el caso de lo que pueden las ideas y de lo que depara su alcance bienhechor. No tuvo capacidad de acceso a la opinión pública distinta de su pluma de editorialista. Ni la riqueza, ni el abuso, ni la coacción directa o interpuesta a todo lo cual fue rigurosa y austeramente ajeno figuraron entre sus instrumentos de trabajo. La suya fue una tarea de sugerencia, de argumentación, de exposición. El género de su oficio no era imponer o dominar, sino convencer e informar. Y cómo la época en que le correspondió desempeñar su misión no era negada al respeto de tal arte, su fama fue creciendo y con ella el margen de confianza que a su palabra y a su consejo deparaban cuantos sabían de sus dotes de varón ejemplar y de su conciencia escrupulosa y vigilante.

Su aporte y el de otros exponentes de su generación (1930 - 1946) fue decisivo para la configuración de la República Liberal. Tanto que hoy, es justo referirse a él como a un prócer civil de la democracia. Por la conducta personal, por la disposición de ánimo, por la categoría de sus tesis.

Periodismo y política LUIS CANO VILLEGAS nació en Envigado (Antioquia) el 15 de agosto de 1885 y murió en Bogotá, el 22 de julio de 1950. Hijo de Fidel Cano, fundador de EL ESPECTADOR (1887), desde niño se dedicó al periodismo ya que estudiando en el Instituto Caldas de Medellín publicó, junto con su hermano Joaquín, el periódico EL ALBOR. En 1899, al comenzar la Guerra de los Mil días, tuvo que refugiarse con su padre y su hermano en la finca BUENAVISTA, de propiedad de su abuelo, en la localidad de EL Retiro, huyéndole a la persecución desatada contra don Fidel por los conservadores; sin embargo, a los pocos meses, presenció la entrada de su padre preso a Medellín. Durante los últimos meses de la Guerra, publicó el periódico LECTURA AMENA y militó en el romanticismo clásico. Debido al cierre de EL ESPECTADOR, en 1905, viajó a San José de Costa Rica y colaboró en el diario EL COMERCIO y en 1907 se radicó en Santiago y fue redactor durante cinco años de EL DIARIO ILUSTRADO, actividad que alternó, entre 1911 y 1913, con la de cónsul. En 1913, reabierto EL ESPECTADOR, retornó y hasta 1915 fue director de la GACETA REPUBLICANA; ese año el vespertino de los Cano se trasladó a Bogotá y don Luis asumió la dirección, cargo que mantuvo hasta 1949 y que en ocasiones compartió con su cuñado Luis Eduardo Nieto Caballero (LENC). Una selección de tales columnas la realizó la Biblioteca Aldeana de Colombia con el título: Semblanzas y Editoriales. Además de periodista fue destacado político, varias veces representante y miembro de la Dirección Liberal cuando en 1930 el liberalismo alcanzó el poder. Se casó con Paulina Nieto Caballero y tuvo una hija, Helena, que se destacó en el campo de la pedagogía y el periodismo.

Luis Cano, hito de una tradición periodística.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.