BARRANQUILLA: EL VIVIDERO

BARRANQUILLA: EL VIVIDERO

Conozca a Barranquilla antes de que se acabe , rezaba una insidiosa calcomanía dispuesta en los vehículos automotores hace algo más de una década, mucho antes de que fuera copiada en Bogotá.

15 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

No se acabó, según ya se sabe. Y algo más importante: la ciudad da muestras de una energía de la que el resto del país carece en términos graves.

El único indicador deplorable es el de los incrementos de la delincuencia, especialmente el de homicidios. Pero aun para eso tenemos nuestro consuelo de bobos: esos índices son, pese a todo, como para hacer una fiesta si los comparamos no solo con los de Bogotá, Cali y Medellín, sino aun con los de ciudades de escasos 50.000 habitantes.

No hay, sin embargo, que repetir el expediente del resto del país, en el que todo estaba bien... menos la vida. Este diario, por ejemplo, publicó recientemente una encuesta según la cual Medellín era, por factores de clima y empleo, el mejor vividero disponible. Las cifras de los homicidios que allí, o en Cali, o en Bogotá, se cometen habrían ocasionado que el adjetivo que en cualquier parte del planeta se les hubiese endilgado no fuese precisamente ese. Nuestra connivencia con la muerte produce esos patéticos disparates.

El resto de los indicadores de la ciudad, por ejemplo, desempleo, exportaciones, incremento de la cobertura de servicios públicos, desempeño del puerto, etcétera, son muchos más estimulantes y prometedores. El día que la globalización sea un hecho y no una entelequia para aumentar las importaciones suntuarias, restarle competitividad a la industria y otorgar indulto a las divisas del narcotráfico, Barranquilla será otra vez, como desde ya se insinúa, la segunda o primera ciudad del país. Así lo imponen sus ventajas comparativas.

El café hizo la industrialización en otro lado, lejos de los puertos y la sindéresis de las rutas aéreas transcontinentales. El narcotráfico reforzó esa cultura mediterránea. Ambos alentaron un tipo de desarrollo, de situación cambiaria, de domicilio de las inversiones, de dirigencia política. Más de medio siglo de historia no podría explicarse sin el café. El tráfico de estupefacientes permitió que no advirtiéramos que el tiempo del café había terminado. Y que no lo habíamos remplazado...

Pero el narcotráfico también es el pasado, no importa que continúe haciéndonos doler la cabeza. Lo que quiero decir es que el mesocontrato clandestino (ni tanto) que la sociedad y la economía suscribieron con él ya está fracturado.

Pues bien, Barranquilla presiente esos nuevos tiempos. Su intuición escogió al padre Hoyos contra las sospechas y advertencias de su dirigencia tradicional. Fue su manera de cambiar el rumbo.

En los últimos meses, el alcalde Hoyos, con más entusiasmo y efectividad que recursos, ha logrado algo que parecía imposible: la recuperación de su centro histórico. De la inmundicia de las aguas estancadas, de la pobreza más denigrante, han ido resurgiendo caños que fluyen, avenidas, palmeras, mercados públicos.

Miles y miles de vendedores ambulantes fueron reubicados en higiénicos, iluminados y decorosos mercados, donde las amas de casa del norte han regresado a comprar y sin que se haya presentado un solo conflicto con aquellos. Lo que eso significa en términos de restauración de neurálgicas zonas urbanas, tráfico de vehículos, salubridad pública, concertación entre la autoridad y los ciudadanos, mejoramiento de calidad de vida y recuperación de la confianza pública en el Estado y su Alcalde, es incalculable.

Lo mismo ha sucedido ya en la canalización de otros arroyos de muerte, en malla vial, en agua y alcantarillado. En medio de la más grande recesión del siglo, Barranquilla parece no inquietarse, como si por milagro, y por Hoyos, hubiese reencontrado su rumbo perdido.

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