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TUTELA Y EDUCACIÓN

TUTELA Y EDUCACIÓN

Uno de los problemas más difíciles que afronta el mundo moderno es aquel de cómo educar a la juventud. Como nunca, se plantea el dilema de si debe emplearse mano dura o mano suave en las relaciones de directivos y profesores con los alumnos. En el pasado, un poco lejano ya, era común aplicar aquello de letra con sangre entra , o sea la imposición de castigos corporales para obligar a los jóvenes a estudiar. Hoy no. En algunas instituciones, previo el permiso de los padres o tutores, se puede castigar levemente a los educandos indisciplinados. Los expertos sicólogos, tal vez en un exceso explicable, porque casi todos son padres, prohibieron este sistema que, para ser justos, a muchos sirvió y creó generaciones que comprobaron en la madurez que el aforismo citado no era del todo malo. En el presente hemos visto cómo varios alumnos, sancionados por sus profesores o las directivas de los colegios, apelan a la tutela. Hacen valer su condición de seres humanos amparados en la ley, y así

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
29 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

De igual manera, el perder una o dos materias era antes suficiente para cancelar la matrícula del alumno rajado . Hoy no. La tutela obliga a que se le haga el examen de rehabilitación y pueda así continuar los correspondientes estudios. En este caso existe un principio de justicia, porque perder una materia es grave, mas no definitivo para quitarle el cupo al estudiante, lo cual crea problemas económicos a la familia. Esto tiene de negativo que desestimula un poco el deseo de superación, aunque sea por temor. La juventud tiende más a divertirse que a consagrarse a una labor a veces aburrida como es la de repasar textos, elaborar trabajos y cumplir con las tareas fijadas diariamente.

En los casos que citamos y hay otros más que por el momento no recordamos se muestra cómo los regímenes disciplinarios de los colegios no se van a poder cumplir con la firmeza que caracterizaba a los centros educacionales. Se vuelve a plantear el asunto de cómo poder realizar el difícil trabajo del estudio y la disciplina sin que se merme la indispensable autoridad de quienes están encargados de ejecutar una labor de por sí complicada con jóvenes rebeldes y poco afectos a ser dirigidos por sus mayores.

Hoy más que nunca se enfrenta a una niñez y a una juventud carentes de sólidos principios, bien sea porque su hogar no funciona bien o porque los medios de comunicación, de todos los estilos, las incitan a un ambiente donde se sienten libérrimas, deseosas de aventuras colindantes con la droga, el alcohol y el sexo. Cierto es que en el pasado los jóvenes se portaban en forma más o menos similar, pero sujetos a un régimen familiar a veces demasiado rígido; la religión imponía su disciplina, que comenzaba por la obligación de ir a misa todos los domingos. Y lo que era más importante, los niños leían. A veces caían en publicaciones de cierto color pornográfico u obsceno. Por ejemplo, Las flores del mal, libro de Baudelaire, erótico pero eminentemente intelectual. Se trataba de casos contados. Lo importante era su obligación de ilustrarse, porque no había nada más qué hacer. Por todo esto vale la pena profundizar sobre cuál debe ser la norma para enfrentar a una juventud peligrosamente encaminada por senderos nada saludables.

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