UN GRAN SEÑOR

Los días nos sorprenden con la muerte de amigos y personas vinculadas a nosotros social y familiarmente. Esta vez duele hondamente registrar la desaparición de Eduardo Nieto Calderón, a quien en algunos círculos se conocía de manera afectuosa como Totó , apelativo muy común entre los suyos.

18 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Se va Eduardo y deja un recuerdo de esos que pocos colombianos consiguen. Gran empresario, excelente miembro de familia y, por si fuera poco, caballero intachable. Estuvo vinculado por largo tiempo como directivo del Banco Popular, donde desempeñó una brillante labor. Hizo de este una empresa en la que no solo se trataban las cosas de dinero, sino también de cultura. Impulsó museos y bibliotecas y todas las ramas que parecen alejadas del tema bancario.

Al evocar su nombre, con el triste motivo de su partida, tenemos que recordar también a sus padres, el gran Luis Eduardo Nieto Caballero (Lenc) y la inolvidable Marujita Calderón. Con ellos formó Eduardo un trío, entre quienes circulaba la pasión por Colombia y por su partido liberal. Los distinguió el valor personal y la entereza con que enfrentaron momentos muy difíciles para el país y el conglomerado político que siempre ha señalado a los Calderón.

Se lo llevó una dolorosa enfermedad, que él soportó con la entereza de un ser que alcanzó una vida fructífera y que, con carácter y honestidad, libró batallas victoriosas. Puede afirmarse que sacó de las cenizas al Banco Popular para retirarse de su comando, dejándolo como una de las más poderosas entidades de su ramo. Repetimos que no solo se destacó en el manejo bancario sino en la vasta gama de empresas que beneficiaron la cultura de Colombia.

Los suyos, tan estrechamente vinculados a EL TIEMPO, saben que nos duele la muerte de una persona de tan extraordinarias condiciones humanas. A todos les enviamos un abrazo sincero, que lo significamos en la expresión de solidaridad y pesar a Lucy Nieto, compañera en esta casa y hermana de Eduardo. Al despedirlo, sabemos que él, con Lenc y Marujita, estará reunido en el más allá observando a la Colombia de sus entrañas, sufriendo con sus pesares y gozando con sus cosas buenas. Descanse en paz, Eduardo.

El cine sigue siendo un gran foro de espectáculos, a veces difíciles de olvidar. Esta vez vimos otra película de Carlos Saura, el director español que ya con Flamenco nos había dejado una gran huella. Esta vez volvió a tocar un tema musical tan cercano al mundo hispanoamericano como es el tango. Presenta su historia sacándolo de ese concepto un poco lobo y le da una personalidad no fácil de concebir.

Con Tango, Saura logra una gran película. En su música incluye la inolvidable Cumparsita, que acompaña al cineasta hasta cuando se encienden las luces con el fin del espectáculo. Películas como Tango hay que verlas y gozarlas y, sin poder dominar su difícil baile, entender la profundidad que este aire tiene y la destreza que se necesita para interpretarlo. Todo ello lo muestra el director hispano con la maestría que consiguió en Flamenco, que ojalá se pueda percibir en nuevas obras suyas.

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