ROSARIO DE PERLAS

Ojo, queridos telecomunicadores: por favor no nos sigan informando que la matanza se perpetuó ayer a tal hora y en determinado lugar. La única verdad es que la matanza se perpetró. Ahora bien: si quieren mayores detalles sobre la diferencia entre los verbos perpetuar y perpetrar, sigan este consejo y nunca se arrepentirán: reconcíliense con el diccionario; con ese abnegado y silencioso amigo que todos, y en especial ustedes, necesitamos con tanta urgencia a todas horas, que tan valiosas enseñanzas nos brinda, que de tantas embarradas nos libra, y que tan injustamente abandonado se halla en los tiempos que corren. * * * * *

19 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Vaya, vaya con el anglocentrismo tan recalcitrante que estamos percibiendo en este fin de siglo y de milenio. Resulta que los ingleses ya decidieron quién es el hombre del milenio, y no contentos con ello, consagraron también el segundo y el tercero en jerarquía. Y por una curiosa coincidencia, ocurrió que todos ellos fueron súbditos de su Graciosa Majestad Británica en diversas épocas.

El ungido con el primer lugar fue William Shakespeare; el segundo fue Isaac Newton, y el tercero, Charles Darwin. Casi sobra advertir que nadie, por gran mentecato que fuese, osaría desconocer los merecimientos egregios de estos tres genios del arte dramático y de la ciencia. Pero vamos por partes. En primer término, es una sandez mayúscula hablar del hombre del milenio. Es claro que, tratándose de un período tan largo como es el que abarca mil años, se impone en este caso una clasificación sectorial que, obviamente, resulta más lógica. Entonces, hablaríamos del escritor del milenio, del científico, del artista, del estadista, del guerrero, del músico, etc.

En tal caso no hay duda de que Shakespeare sería uno de los grandes candidatos para ocupar el trono del escritor del milenio. Pero aquí surge un tremendo interrogante. Ante todo, pienso que habría una casi unanimidad universal en torno a los nombres de Dante y Cervantes como los otros dos candidatos. Y también la aceptación de que hay un aspecto que distingue al español del italiano y el inglés y que a mi juicio bastaría para hacerlo merecedor del cetro y la corona en el campo de las letras.

Es incuestionable que detrás de Dante está su maestro Virgilio, que inclusive lo guió por los andurriales del Infierno, y que detrás de Virgilio está la presencia luminosa de Homero. Ello, desde luego, no merma en lo mínimo la genialidad ni la grandeza de la Divina comedia. Es un hecho innegable. Por otra parte, detrás de Shakespeare están los trágicos griegos, cuyas creaciones en nada desmerecen ante las del hombre de Stratford on Avon.

Parece que Shakespeare no los conoció. Pero ahí están. En cambio, Cervantes es el inventor solitario, soberano y genial de la novela, y como si ello fuera poco, autor de la más admirable de cuantas se han escrito. Detrás de él no hay nadie y después de él nadie lo ha igualado. De ahí su derecho a ocupar el trono de las letras en el milenio. Ya se me acaba el espacio. Sería absurdo desconocer a Newton y a Darwin. Pero es que vamos a olvidarnos de un solo golpe de Copérnico, Galileo y Einstein?

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