LA MENDICIDAD SE VISTE DE COLORES EN CIUDAD DE MÉXICO

LA MENDICIDAD SE VISTE DE COLORES EN CIUDAD DE MÉXICO

Todos los días, en una barriada marginal de Ciudad de México, Raúl Merlos despierta a Sonia, su hija de 10 años, a las cinco de la mañana para que se bañe, se vista y desayune. A las seis en punto mientras miles de niños en la ciudad se dirigen a sus escuelas, Sonia aborda con su padre un camión (bus) que los lleva hasta el centro de la ciudad.

11 de enero 1999 , 12:00 a.m.

Una vez en su esquina habitual, Raúl pinta el rostro de Sonia con una base blanca y resalta sus ojos con maquillaje negro. En los alegres cachetes le dibuja pecas y los labios los delinea con rojo chillón. En seguida Sonia se pone unos pantalones que le quedan 5 ó 6 tallas grandes. Raúl infla dos globos de aire y los coloca bajo el pantalón de Sonia a la altura de las nalgas. En cuanto ella está lista, Raúl se aplica a si mismo pintura y maquillaje.

A las siete de la mañana los dos están listos para iniciar el trabajo del día. Tan pronto el semáforo cambia a rojo, se abalanzan a la calle he inician un frenético baile con la hija parada en los hombros del padre. 15 segundos después Raúl desmonta a Sonia y juntos caminan entre los carros, que se encuentran detenidos, recibiendo las monedas que los conductores quieran darles. Poco después se da luz verde y se paran en el separador a esperar la siguiente tanda. Al respecto Raúl dice: Es un trabajo muy cansado. Como bailamos a cada cambio del semáforo para las once de la mañana no podemos más y nos vamos a comer (almorzar) y a descansar. A las cuatro de la tarde empezamos otra vez en una esquina diferente .

Hasta finales del año ante pasado Raúl trabajaba en un tiangis (comercio callejero) vendiendo zapatos. Al producirse la crisis de la economía mexicana las ventas se desplomaron y se vio en la necesidad de buscar una alternativa para sostener a su familia. Un amigo le sugirió payasear en los semáforos, aunque hacerlo no fue una decisión fácil: Yo siempre trabaje en el comercio callejero y ganaba suficiente lana (dinero) para sostener a mi esposa y mis hijos. Con lo de la crisis el negocio se puso malo y me tocaba hacer algo para comer. Eso de payasear en los semáforos me daba vergenza pero la necesidad pudo más. Hoy en día no me importa. Lo que me da coraje (rabia) es que Sonia no puede ir a la escuela por estar trabajando en la calle .

El caso de Sonia no es único. En el Distrito Federal, de los niños entre 5 y 14 años, un promedio del 10 por ciento no asiste a la escuela. Aunque la cifra podría aumentar, ya que está basada en el número de menores matriculados en los centros de educación, por lo que no toma en cuenta aquellos niños que a pesar de matricularse al inicio del año escolar, abandonan repentinamente sus estudios en el transcurso del mismo.

Los espectáculos en los semáforos como una forma de rebusque se han hecho comunes. Aparte de los payasos se pueden encontrar: traga fuegos, malabaristas, magos, contorsionistas y bailarines. Esto no es de extrañar si se toma en cuenta que las cifras previas a la crisis indicaban 80.000 desempleados en Ciudad de México. Esta cifra es muy superior hoy en día.

Un artista de semáforo gana entre 30 y 40 nuevos pesos diarios lo que representa más del doble del salario mínimo. En contraste el operador de un tiangis o de un agáchate sólo logra entre 10 y 15 nuevos pesos.

Algo notable al transitar por las calles y avenidas de la capital mexicana es el gran número de artistas de semáforo en comparación a la reducida cantidad de mendigos. Si, le piden al conductor dinero pero por lo menos le ofrecen una corta distracción a la rutina del tráfico lo que puede ser preferible a la mendicidad. Sobre todo si se toma en cuenta que el estado de la economía del país garantiza la existencia de una gran cantidad de desempleados que de alguna forma tienen que sobrevivir. Una situación que se torna más desalentadora debido a las pocas probabilidades de que dicha situación cambie en un corto plazo.

Es el caso de Enrique Sánchez, quien trabajaba en una industria de alimentos como conductor. A principios de este año perdió su trabajo cuando la fabrica cerró. Ahora se dedica a hacer desaparecer un pequeño conejo blanco en los semáforos de las grandes calles y avenidas de la ciudad.

En la calle estoy ganando más de lo que ganaba en la fábrica. El problema es que me toca cambiar el espectáculo cada mes. La gente que transita por esta avenida es la misma todos los días y se cansan de ver lo mismo. Por eso me compré un libro de magia y siempre estoy preparando nuevos trucos para hacer , afirma Enrique.

No existe un dato oficial acerca del numero de artistas ambulantes en los semáforos de Ciudad de México. En el recorrido de 8 kilómetros de una avenida mediana se puede constatar una docena de espectáculos, aunque es seguro que esta cifra aumentará en la medida en que persista la crisis económica.

Así mientras los niños de su edad hacen por la tarde sus tareas, Sonia se dedica en el patiecito de su casa a practicar nuevas monerías con su papá porque su público es exigente y si logra arrancarle una sonrisa aumentará la posibilidad de obtener una moneda que le permita comer a su familia.

PIE DE FOTO NIÑOS desde los cinco años acompañan a sus padres por las calles de Ciudad de México, tratando de arrancarle a los conductores una moneda con su sonrisa y su alegría.

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