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ESTOS, NO SON HOMBRES

ESTOS, NO SON HOMBRES

Que se violen hoy día en Colombia los derechos humanos de los pobres, de los negros, de secuestrados, presos y detenidos, es cosa cierta, triste y vengonzosa. Llevamos tantos siglos de lucha por tomar conciencia y reconocer en el plano social la igualdad de derechos de todo ser humano, por encima de diferencias accidentales, que no alteran ni disminuyen un punto de dignidad humana, diferencias tales como la edad, el sexo, el color de la piel, los bienes de fortuna, de apellido o poder, que no puede uno menos de llorar al ver a tantos hermanos nuestros disminuidos como hombres y tratados como bestias.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
28 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Así sucedió cuando aún cubrían los horizontes de la humanidad las tinieblas del paganismo o de filosofías clasistas que no veían más allá del color de la piel. Aún se oyen los ecos del quinto centenario del Descubrimiento de América y nos parece oportuno amplificar el grito, poderoso y simbólico, que hirió las conciencias de los conquistadores de entonces y que debe seguir golpeando los oídos de los opresores de nuestro tiempo. Me refiero al grito de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos, lanzado por Fray Antón de Montesino. Recordémoslo para que sacuda los corazones adormecidos y las conciencias empedernidas de los encomenderos de finales del siglo XX.

Europa empieza a volcarse sobre la recién descubierta América con una sed insaciable de oro. Brilla un día soleado, el 21 de diciembre de 1511, en la ciudad de Santo Domingo. El pequeño grupo de padres dominicos, un año apenas después de haber desembarcado en la isla, no puede soportar las escenas diarias de injusticias y horrores cometidos de buena fe contra los indígenas, hasta entonces dueños de sus tierras y de su cultura, convertidos ahora en esclavos, al servicio de la ambición conquistadora.

La comunidad dominicana se encuentra ante un arduo dilema: ser capellanes de los encomenderos y conquistadores, o bien, defensores de los indios oprimidos e indefensos. Optaron por esta alternativa. La comunidad entera redacta y firma el texto del sermón, correspondiente al cuarto domingo de Adviento, cuyo Evangelio presenta la figura austera, libre y liberadora de San Juan Bautista, voz que clama en el desierto. En la Iglesia, primer templo cristiano en el Nuevo Mundo, se encuentra el Almirante Diego Colón, hijo de Cristóbal, y toda la población española de la ciudad. El texto, transmitido por Fray Bartolomé de las Casas, joven aún, allí presente, decía así: ...Me he subido a este púlpito yo que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla. La cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y espantable y peligrosa que jamás no pensásteis oír. Esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y tan horrible servidumbre aquestos indios? Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras, mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido en sus enfermedades y se os mueren, y por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, no son hombres? No tienen almas racionales? No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? Esto, no entendéis? Esto, no sentís? Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto que en este estado no es podréis salvar más que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo .

Mayor elocuencia no era posible. Era el eco de la voz de Cristo que salía en la defensa de sus hijos, los indios, atormentados y envilecidos, por seres, si se quiere, menos dignos que ellos.

El gigantesco monumento a Montesino, regalo del gobierno de México a la República Dominicana, por su altura, su ubicación, la fiereza de su rostro, la elocuencia centenaria de su grito, un grito airado y condenatorio, se yergue sobre la entrada misma de América para despejar la ceguera e imprecar y maldecir la sed de oro de los verdugos de todos los tiempos.

Todos somos iguales. Todos gozamos de los mismos derechos.

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