RECUERDOS DE TIERRA CALIENTE SABORES Y OLORES DE CALAMOIMA

RECUERDOS DE TIERRA CALIENTE SABORES Y OLORES DE CALAMOIMA

Mi infancia está poblada de olores y sabores de tierra caliente, de la campiña calamoima, en donde despertaba con el aroma sublime del café arábica, que mi abuela preparaba a eso de las cuatro de la mañana, para entonar el hogar. Porque el café era la vuelta de manivela que entusiasmaba la familia a comenzar la brega diaria. No se concebía un despertar sin este aroma que hacía abrir la inteligencia, que impulsaba a hombres, mujeres y niños a saltar de la cama o de la hamaca y comenzar el correteo de la vida diaria. Describir ese olor que no es dulce, ni amargo, ni salobre, ni agrio, sino más bien aterciopelado, me daba brega. Ahora, repensándolo, creo que es una fragancia que compagina muy bien lo terrero con lo corpóreo, porque llega a lo profundo del espíritu. Algo así como una ambrosía, que luego llega a lo profundo del espíritu. Algo así como una ambrosía, que luego resbalaba por el paladar en los delirios mañaneros. Esos sorbos de café fresco al alba me sabían a gloria, era como e

21 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Este mismo café que había invadido las tierras calamoimas, hacia los años treinta, me penetraba con su aroma dulzón y sensual, por el mes de marzo, cuando el cafetal de la finca de El Juncal estaba en florescencia y la pequeña plantación se cubría con un velo blanco, bordado con florecitas estrelladas, despidiendo aroma de jazminero.

Corazón morado No menos arrobadora era la fragancia de los lirios de mayo, que en el solar de la casa paterna pegados al totumo y al guanábano despedían mensajes de ternura, amor y ensoñación. Yo no atinaba a desprender la emoción que me embargaba viendo los ramilletes de catleya nuestra flor nacional esa orquídea de pétalos lilas de raso y corazón morado. Me parecía que esas flores delicadas y sexuales me miraban desde el corazón, con ese pequeño pene sedoso emergiendo de sus entrañas. Creía que esa orquídea tenía mensaje; hablaba, trasmitía su fragancia embrujadora; expelía feromonas que invitaban a admirarla y amarla hasta quedar prisionera de su encanto.

Pero es que la tierra caliente huele a muchas cosas: después de un fuerte aguacero, los vahos que suben de las entrañas reconfortan. El aroma que despide el corral en donde trajinan las vacas sabe a monte. El boquerón, en donde el camino se estrecha, mirando correr la quebrada saltarina y abanicándola con árboles silvestres florecidos, exhala perfumes que se entrecruzan y alivian el espíritu. Los hilán-hilán, que comienzan a soltar su perfume a las seis de la tarde esparciendo sus fragancias de esencias para meter entre frasquitos con etiquetas Dior, Saint-Laurent, Balenciaga y llevarlo a uno, a pensar en los jardines orientales de donde nos llegó este perfume calentano que fascina, con su sensualidad latente.

Las flores calentanas colombianas son tan embrujadoras, que me incitaban a comérmelas. Y muchas veces lo hice. Era devoradora de pétalos de rosa, de orquídea, de parásitas colgadas a los caminos o en los árboles campesinos. Además, sus formas misteriosas me convidaban a hablar con ellas. Largas pláticas tuve en la infancia con estas flores que aún me fascinan y que cultivo en el comedor de mi casa de Bogotá.

No podría deslindar del todo los olores de los sabores, pues me parece que el apetito entra por la nariz. Mi avidez por las frutas tropicales es tal que primero las huelo y luego las devoro. Esos sabores calamoimas iban desde la acidez de una culupa que me hacía la boca agua, el perfume persistente de las guayabas blancas y rosadas que se daban silvestres en los potreros, hasta la degustación sensual de los olleos aterciopelados blancos de las guamas, pasando por la carne olorosa de los mangos, la suavidad de los copos de los mangostinos o la fragancia disimulada de los bananos pecosos.

Las frutas del trópico han sido mi delirio y en este clima calamoima, que justo tiene la temperatura cafetera de 18 grados, se daban con su sabor acentuado. Para entonces no se conocían los pesticidas ni los abonos. La tierra era joven y conservaba toda su fuerza. Más de una indigestión de mi infancia se la debo a la glotonería por comer frutas sin medida.

Quedan pendientes otros olores y otros sabores, que van juntos: el del pan recién horneado. Los sábados, Calamoima se inundaba de tales aromas que la invitaban a una a probar el pan recién sacado del horno. Este aroma lo llevo anclado en mis papilas, pues en ambas casas, tanto en la materna como en la paterna en donde me acogieron en mi infancia, había pequeñas industrias familiares de panadería. La manía de probar el pan recién horneado es una de las delicias para mi paladar: hay un placer especial en triturar la piel tostada. A tal punto que voy dejando la miga del corazón del pan, pues mi debilidad es la coraza.

Sancocho calentano Y entre los platos de la tierra, quizá por el que más antojo tenía en Calamoima era por el sancocho, una especie de pot aut feu, con carne de res y de cerdo, a veces con trozos de borugo (un puerco salvaje de carne deliciosa), pedazos de plátano verde, yuca y mazorca, cocido en olla de barro y adobado con hojas de cilantro y guascas. Lo teñían con achiote y lo servían en cazuelas de barro, acompañado con tajadas de aguacate pescuezón traído del poblado vecino de Mariquita. Cuando la abuela revolvía esas legumbres con las carnes, hirviendo, salía de la cocina un olor a naturaleza viva que lo invitaba a una a esperar con ansiedad que todo estuviera blandito, para comenzar el ceremonial de la comida, que los hombres fuertes y la piadosa Isabel complementaban con ají chivato. Me parecía que ese picante les escocía hasta más allá de las entrañas. Pero ellos aseguraban que era el toque ideal para hacer más gustoso el sancocho calentano.

Y entre los postres, quizá el que más recuerda mi paladar es la jalea de guayaba, que comenzaba a oler desde que hervía en la paila de cobre. Despedía aromas entrelazados de dulce y seco y volvía la boca un pantano. Lo servíamos resbaloso, acompañado de un trozo de quesillo campesino.

Esos olores y esos sabores calamoimas siguen guardados en mis sentidos. Me los topo de la noche a la mañana, suspendidos en el aire, en cualquier esquina de Bogotá, de París o de Miami, de Ibagué o en un recodo del Amazonas y me recuerdan historias dormidas que a través de esa guía biológica y emocional que es la nariz, me impulsan a escribir.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.