VIDAS PARALELOS .ARIZMENDI Y SANTOFIMIO.

VIDAS PARALELOS .ARIZMENDI Y SANTOFIMIO.

Entre Darío Arizmendi y Alberto Santofimio Botero parecía no existir relación alguna, pero bastó que el segundo saliera de prisión para que el primero le diera la más eficaz de las tribunas. Interminables minutos en el micrófono, con el silencio de Arizmendi, lanzaron de nuevo a Santofímio a la plaza pública socorrido por un padrino que no preguntaba sino que le ayudaba a seguir el hilo del discurso. No era entrevista debieron de pensar los oyentes de Caracol, despertados por la retórica del político que regresó del frío, pues no es otra cosa la cárcel: el gélido limbo donde se purgan las culpas.

21 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Santofimio peroraba sin ser interrumpido. Arizmendi, alelado con el discurso, parecía un copartidario aplaudiendo a los pies de la tribuna. Porque, Santofimio regresaba con sus mejores galas de tribuno: ese verbo parece ir arrastrando al pensamiento, ese pensamiento que parece haberse vuelto un libreto aprendido. El político de plaza pública, memorioso y ahora convertido en Robin Hood, venía a decirnos lo que siempre dijo, pero ahora herido por la traición de su partido, ese liberalismo en el que fue precoz promesa malograda por malas compañías.

Arizmendi no decía nada. El viejo y curtido cacique del Tolima no le daba tiempo para las preguntas. Arizmendi consciente de que no hacía una entrevista, permitía que Santofimio acabara su larguísimo discurso. El periodismo se convertía así en el publirreportaje de un político arrepentido de sus culpas, renacido de sus propias cenizas. La complicidad entre entrevistador y político se sellaba de una manera sibilina. Nunca supimos si Arizmendi era simple médium de Santofimio o si Caracol se había propuesto ofrecerle al político un nuevo espacio para que echara los cohetes verbales en su resurrección de tribuno.

Arizmendi, que venía del periodismo escrito, formado en la Universidad de Navarra, donde se forman los cuadros del Opus Dei, había llegado a la radio y a la televisión para ponerse el membrete de la empresa que le impuso la obligación de ser algo parecido al perrito de la RCA Victor. Introdujo en el periodismo radial el asentimiento antes que la crítica, la complacencia por encima de la duda. Su paso por El Mundo de Medellín empezó a ser olvidado, como será pronto olvidado el paso de Santofimio por una prisión de lujo.

Qué ha acabado por unir a estos personajes de la vida pública? El encuentro providencial de dos arrepentidos: Arizmendi, por haber hecho un día un estupendo periódico de provincia; Santofimio, por haber andado en malas compañías. Los ha unido la frondosa verbosidad y la riqueza habida de maneras distintas: en el uno, del periodismo empresarial; en el otro, de los dividendos de la alta política. Un secreto, subterráneo hilo los ha unido y uno no sabría decir si Arizmendi se alista para ser publicista de las nuevas campañas de Santofimio o si este va a volver a un programa de televisión ofrecido por la empresa que se complacía por tener a un senador de la República en su nómina de periodistas.

Muchas veces se rumoreó que Arizmendi tenía sus días contados, que su empresa quería un periodista menos acomodaticio. Muchas veces se rumoreó, también, que la vida política del tolimense asistía al ocaso después de haber vivido tropiezos, resurrecciones y recaídas. Las sospechas, que a veces son rumores fundamentados, vuelven a abrirse, pero nadie o casi nadie va a seguir creyendo a un político que respira por la herida que le abrió su propia felonía, ni en un periodista que aplaude o abuchea cuando su empresa se lo pide. Sería un milagro saber que Santomifio recupera su electorado perdido, otrora ganado por la maquinaria clientelista del Tolima, como milagro sería saber que Arizmendi recobra la credibilidad mil veces puesta en entredicho. En las incertidumbres se unen. Se han unido: de allí el microfonazo que el primero le regaló al segundo.

El columnista aventura que en ambos personajes se da una especie de dilapidación de sus capitales, políticos y periodísticos. El liberalismo carbonario de Santofimio hizo alianzas non sanctas con la intención de permanecer en la alta política. El liberalismo tibio de Arizmendi acabó por sucumbir a la tentación del publicista, a la obediencia de los poderes que lo llevaron a la cumbre. Dos hombres sentados al borde del abismo, están hechos parta contarse quedamente sus cuitas.

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