LA CALLE DE LOS MAJITOS

LA CALLE DE LOS MAJITOS

Mientras en el Medio Oriente israelíes y sus vecinos árabes intentan acabar con las palabras enemigos irreconciliables , en una calle de Bogotá ellos viven en paz desde hace décadas. Sirios, palestinos, hebreos y jordanos, los mismos que tienen una larga y dolorosa historia de conflicto, conviven sin problema. Y no fue necesario una cumbre como la que se realizó en Washington cuando Yasser Arafat, líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y Yitzhak Rabin, primer ministro de Israel, se dieron la mano.

27 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

Los unió el exilio, la soledad y sus almacenes de telas y paños. Para vivir en Colombia sin los recuerdos y enfrentamientos del Medio Oriente sólo se necesitó, dicen ellos, acatar las leyes del islamismo, que advierten que solo existe guerra frente al ejército y que aún en la guerra se debe conservar la virtud, la ley y la justicia .

Con esos principios, emanados del Corán, y ante una guerra que los perseguía, muchos habitantes del Medio Oriente salieron exiliados hacia Colombia para probar suerte y organizar un nuevo hogar en un lugar del que nada sabían. Así, poco a poco, convirtieron la carrera novena entre calles 11 y 12 en el centro de Bogotá en la zona de los majitos .

Allí fueron llegando palestinos, sirios, libaneses e iraníes, entre otros, para dedicarse a levantar a los hijos y trabajar en el comercio de ropa y telas nacionales porque son mejores . Allí mismo construyeron en 1979 su mezquita para orar cinco veces al día por cinco minutos como lo dice el Corán y reunirse todos los viernes con el fin de alabar a Alá.

Muchos llegaron a Colombia solos, abrieron un primer almacén o empezaron como vendedores ambulantes, recogieron algún dinero y regresaron al país de origen... pero solo por un tiempo: mientras convencían al amor de vivir con ellos en el lejano país de Latinoamérica.

Ahmad Mahmud Yasser, un palestino de 50 años que hace 34 está en Bogotá, dejó su tierra y escogió Colombia porque... la encontré en el mapa, yo sé más de Bolívar y de la historia del país que quienes viven acá . Y desde que tomó esa decisión nunca se ha arrepentido.

Hoy tiene seis hijos y un puesto ambulante en el centro de la ciudad porque hace unos meses decidió vender su almacén El Sol para sentirse más libre . De los 34 años que lleva en Colombia, solo en dos ocasiones ha viajado a visitar a sus padres y familiares, pero no ha intentado quedarse. Aquí uno es libre .

El y Ahmad Khail Muhammed, un sirio de 33 años edad y tres de vivir en Colombia, no tienen ningún problema en hablar del problema que sus dos pueblos tienen en el Medio Oriente. Son amigos, comparten vivencias en la cuadra de los majitos y de vez en cuando un momento en la mezquita.

Muhammed está dedicado a trabajar como profesor de literatura inglesa en la Universidad Javeriana, de traducciones y de ayudarle a su primo Kamel Alwanide también sirio en su almacén de telas.

Ghazi Mustafá, palestino, también comparte con ellos las experiencias y los recuerdos de 23 años de vida en la carrera novena, desde aquel día en que su padre lo trajo. Tengo dos hijos y una esposa porque nosotros somos muy fieles, eso del harem de mujeres son cuentos de las Mil y una noches .

El también tiene un almacén de telas y paños llamado Mustafá porque ellos prefieren vender esos productos y nacionales, aunque cuando viajan al Medio Oriente traen pañoletas y bufandas, las que les gusta a los jóvenes.

Ellos son solo algunos de los cinco mil musulmanes que hay en Colombia y de los cinco mil que habitan en Bogotá desde hace décadas, 30 ó 40 años, según Julián Arturo Zapata, secretario de la comunidad islámica.

Todos se comunican en el lenguaje árabe y tienen ese acento que los hace extranjeros pero muy colombianos, incluso comemos a la colombiana, yuca, arracacha y plátano , dice Yasser.

Sin embargo, de vez en cuando van a restaurantes árabes y compran en Venezuela y Estados Unidos los ingredientes que necesitan para preparar en casa su propia alimentación. A veces, claro, la extrañan, de la misma forma como añoran su tierra y piensan en volver algún día, cuando el acuerdo firmado en Washington sea por fin una realidad.

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