EL CINE SE VOLVIÓ UNA FIESTA

EL CINE SE VOLVIÓ UNA FIESTA

No corran, no corran, con cuidado, por favor , gritaban infructuosamente las profesoras en los pasillos mientras los niños avanzaban incontrolables sin prestar atención, para coger puesto en primera fila.

22 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Estaban entrando a cine, algunos por primera vez en su vida.

Venían de las escuelas y los colegios públicos de Cartagena y de varios de sus corregimientos, como La Boquilla, Bayunca, Pasacaballos y Puntacanoa.

Estos niños no durmieron anoche esperando venir a cine , dijo Norma Pardo, profesora de la Escuela Rural Mixta de Puntacanoa.

Según esta profesora la invitación para que los muchachos asistieran a cine se convierte en el mejor incentivo, porque son muy juiciosos y curiosos, siempre están preguntando cosas .

Puntacanoa está a 21 kilómetros de Cartagena (la mitad de ellos en una carretera destapada y llena de huecos), donde a duras penas entra señal de televisión.

A los que no sabían cómo era el cine y menos aún quién es Leonardo Di Caprio o Sandra Bullock, la emoción de la primera vez los tenía con los ojos brillando de ansiedad.

Otros, que solo habían visto películas comerciales, aprovecharon el recreo de ir a cine de concurso en vez de asistir a clases.

Las únicas veces que las 1.506 sillas del auditorio Getsemaní del Centro de Convenciones estuvieron ocupadas fue a la hora de las películas infantiles, que compitieron en el Segundo Festival de Cine para Niños.

Un jurado integrado por tres adultos y por 30 alumnos cartageneros de quinto y sexto grado, escogidos por ser los más pilos de su clase, decidió cuál película sería la ganadora.

Durante la semana se proyectaron Babe, un cerdito en la ciudad, Muchacho Solitario (con los cantantes Servando y Florentino), Dibú y Valentina, entre otras.

Los que asistieron a Valentina (el pasado viernes) conocieron la historia de amor de dos niños que no superan los 12 años (Pepe y Valentina), vivida en medio de la España de 1911, en un pueblo del Pirineo Aragonés.

Una clase de historia Fue una sui géneris clase de historia en medio de la diversión, en la que Anthony Quinn hacía el papel de un tierno sacerdote.

Antes de la función, a los niños les encendieron aún más el ánimo con payasos y magos, les dijeron que había que permanecer en silencio durante la proyección y que al final salieran ordenadamente.

Al final, cumplieron con una salida ordenada, pero lo del silencio durante la película fue el mejor chiste de la mañana.

Pedir que más de 1.000 niños no se contagiaran de sentimientos y los expresaran emocionadamente gritando, chiflando y aplaudiendo era casi que absurdo.

En cada escena de paisajes sublimes, cuando salía una mujer bonita o cuando se agarraban las manos los novios, no había un momento de sosiego, la algarabía era total.

Algunos otros, los más grandes, se desentendieron de la película y organizaron sus tertulias y guachafitas en medio de las bancas.

Las más ocupadas fueron las profesoras, que debieron acompañar a los más pequeños al baño y estar pendientes de que ningún alumno se fuera a perder.

Al final algunas no querían saber nada de cine ni de festival, fue un día demasiado ajetreado.

Después de la película, en el parqueadero del Centro de Convenciones, llegó el recreo de verdad, cuando les repartieron a los niños malta, galletas, helados y globos.

Lizeth y Jessica, estudiantes del colegio San Lucas, fueron de las que más disfrutaron, tanto, que salieron diciendo que iban ser actrices.

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