CONVENCIÓN ANTIMINAS, DEL PAPEL A LA PRÁCTICA

CONVENCIÓN ANTIMINAS, DEL PAPEL A LA PRÁCTICA

Pese a no contar con el apoyo de los principales productores, la Convención Internacional contra las minas antipersonales entra en vigor hoy en gran parte del mundo, luego de haber sido ratificada, en tiempo récord, por 65 países. (VER MAPA INFOGRAFIA: LAS MINAS ANTIPERSONALES)

01 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Este tratado, que prohíbe la fabricación de minas quiebrapatas y obliga a los firmantes a la destrucción de las almacenadas, se ha convertido en ley obligatoria más rápidamente que ningún otro convenio internacional en la historia reciente.

Esto demuestra, según organizaciones como Human Rights Watch, el enorme consenso que existe en el mundo a favor de la eliminación de este armamento que produce enormes daños a las poblaciones civiles muchos años después de finalizado un conflicto.

El convenio empezará a ser implementado en los países firmantes, dentro de los que paradójicamente no se encuentran Estados Unidos, Rusia, y China, principales fabricantes de la mortal arma.

Hasta ahora, un total de 132 países han firmado ya la Convención sobre la Prohibición del Uso, Almacenamiento, Producción y Transferencia de Minas Antipersonales y sobre su Destrucción, nombre oficial con el que se conoce este tratado.

De esos países, lo han ratificado 65, como Ucrania, que lo hizo la semana pasada y que tiene almacenados más de diez millones de minas, casi tantas como Estados Unidos.

Todos los miembros de la OTAN, con excepción de E.U. y Turquía, han firmado ya el tratado pero no lo han hecho así, sin embargo, otras potencias como China, India, Pakistán o Rusia, ni tampoco muchos de los países de Oriente Medio.

Ante la firme oposición del Pentágono, el presidente de E.U., Bill Clinton, decidió no firmar el tratado pero prometió que su país podría hacerlo en el año 2006, siempre que los expertos militares encuentren alternativas viables para su defensa.

Otro país que también ha sido ampliamente criticado es Angola, nación firmante pero que no lo ha ratificado a pesar de las decenas de víctimas civiles que se producen cada año.

Los estados participantes en el Convenio se comprometen a no usar, desarrollar, producir, almacenar o transferir nunca minas antipersonales, y a destruir o asegurar la destrucción de las que tienen almacenadas en un plazo de cuatro años.

También asumen la responsabilidad de eliminar en un plazo de diez años las minas ya sembradas.

El Papa Juan Pablo II dijo ayer que la convención antiminas marca un triunfo de la cultura de la vida sobre la cultura de la muerte e instó a todos los países a firmarla sin demora.

El tratado en Colombia La Convención contra las minas antipersonales ya fue ratificada por el Congreso colombiano que en diciembre pasado la pasó a sanción presidencial.

Según la oficina jurídica del Palacio de Nariño, el presidente Andrés Pastrana estará convirtiendo en ley la lucha contra las quiebrapatas a más tardar el miércoles de esta semana.

La legislación contempla un plazo de cuatro años para terminar con el almacenamiento de este tipo de armas y un plazo de 10 años para destruirlas.

De acuerdo con el ponente del proyecto para Colombia, el senador Manuel Guillermo Infante, si se logra cumplir con todos los puntos de la Convención, el país estará libre de minas antipersonales en un plazo máximo de 20 años.

En octubre del año pasado ya el ejército colombiano se había comprometido a desactivar las 20 mil minas que tiene instaladas en el territorio nacional protegiendo sus guarniciones y los sistemas de comunicación del país. Esos sistemas de protección podrían ser reemplazadas por otros mecanismos como el alambrado eléctrico.

La guerrilla del Eln por su parte ha manifestado su intención de no sembrar minas antipersonales en sitios de riesgo para la población civil, especialmente para los niños.

La erradicación de todos estos artefactos explosivos le costaría al Estado cerca de 37 millones de dólares. Cinco millones costaría desmontar las instaladas por el Estado y más de 32 millones las que ha sembrado la subversión.

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