SARMIENTO, EL PROFETA

SARMIENTO, EL PROFETA

No puede decirse que el Gobierno tenga la responsabilidad de que la economía esté en la morgue. Apenas tiene la culpa de reincidir en un modelo económico creado y mantenido por los dos gobiernos que le antecedieron.

01 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

En Colombia no hay ciencia económica. O la que hay es esencialmente copista y mimética. Nada, o casi nada de lo que aquí se dice se escribe o se hace, escapa a un proceso de importación que, en la medida en que no recibe aduana ni inventarios fronterizos, es técnicamente un contrabando ideológico.

Hay excepciones. Marco Palacio, por ejemplo, cuyos libros suponen una revisión a fondo de los elementos cruciales de nuestro subdesarrollo y dependencia. Recomiendo su muy lúcido y último libro Parábola del liberalismo, indispensable para escapar del mar de babas de los copistas. Otra excepción es Eduardo Sarmiento Palacio, convertido en los últimos años en una especie de profeta de los desastres que tan rigurosamente se nos han cumplido después.

Semejantes profetas no son bien recibidos por aquello de que el autor del tango llamaba La murga . Uno se debe reír cuando ella se ríe. O al revés. Aún más si no reírse, si mostrarse grave, crítico y escéptico, da pie a los halcones de la posmodernidad a reputar a esos profetas piadosamente de jurásicos.

Apertura indiscriminada, franjas cambiarias, obsesión por migajas de inflación, altas tasas de interés, desempleo como mal necesario , desajustes crecientes del ingreso y la propiedad, a su vez mirados como datos marginales; asesinato pertinaz del sector primario, etcétera, son pilares de un modelo en el cual insistimos hasta el suicidio, no obstante los indicadores económicos y sociales de todo el subcontinente durante dos décadas.

Pues bien, Eduardo Sarmiento Palacio, desde sus anaranjadas columnas del domingo, sus ensayos y sus libros, viene advirtiéndonos, casi hasta el cansancio, pero sin mayores escuchas, lo que nos haría el modelo. Ya nos lo hizo, sin que se lo hayamos reconocido y, lo que es peor, sus críticos continúan buscando el ahogado en las aguas de arriba, en gesto de ingrávida estupidez. Qué dice ese profeta a quien han estigmatizado con evidente desdén los paladines del modelo que hizo aguas? No hay ninguna razón de teoría económica para suponer que el mercado conduce a crecimientos mayores.

La apertura comercial y la liberación financiera significan mejorías efímeras. Bajo la vigencia del modelo resultaron en todo el Continente tasas de crecimiento a la mitad de las históricas.

Se incrementan las importaciones sin contrapartida en las exportaciones. Las supuestas ventajas comparativas se nos dan para productos sin mercado o sobreofertados.

Las deficiencias competitivas externas se resuelven con deterioro del salario real.

El modelo redujo la progresividad fiscal y debilitó los impuestos al patrimonio y a la renta, al acabar indiscriminadamente con los aranceles y promover una estructura fiscal dependiente del valor agregado, el cual, a su vez, golpea a los más pobres.

La liberación cambiaria encareció las tasas de interés. También resultaron altas porque el modelo fracasó con el ahorro y promueve el consumo.

No hay, según se ve, sorpresa alguna en lo que pasa. Si sumo dos y dos tendré cuatro, no importa la retórica que utilice. Y como la emergencia también está en la morgue, las cosas están color de hormiga. Hay que darse la pela, reconsiderar el modelo hasta donde la globalidad lo permite y escuchar a los profetas. Porque esa clase de sordera puede esta vez resultar demasiado peligrosa.

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