TRISTE CAMPANAZO

Con verdadero pesar pero, sobre todo, con enorme preocupación por lo que pueda ocurrir con otras entidades en situación de peligro, registramos la decisión de cierre del Hospital Infantil Universitario Lorencita Villegas de Santos, una institución benemérita que, en 59 años de vida, se ganó el reconocimiento de los colombianos, en particular de aquellos que nada tienen.

02 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

La crisis crónica de los hospitales, agravada en este caso por circunstancias de orden financiero, administrativo y laboral, hizo inevitable este desenlace. Que nos golpea de manera muy sensible por estar ligada la creación del Hospital Infantil a uno de los sueños de Lorencita Villegas de Santos. Un sueño que, infortunadamente, ella no pudo ver cumplido en vida pero que se hizo realidad, en muy buena parte, gracias a su generosidad.

Durante casi seis décadas, en los pabellones del Hospital fueron atendidos cientos de miles de madres y niños de escasos recursos. La sola generosidad de su máxima benefactora, sin embargo, no fue suficiente para cubrir los altos costos de mantener la institución abierta. Vino una crisis detrás de otra. El Hospital nunca fue ajeno a la que siempre ha caracterizado al sector de la salud, y a la difícil situación se sumaron, además de los problemas institucionales, la indiferencia estatal y las altas cargas extralegales derivadas de convenciones colectivas que además imposibilitaron cualquier reestructuración interna. Ese oscuro panorama se agravó con el retraso de los pagos del Seguro Social y otros clientes, el esquema de tarifas deficitarias del sistema de salud, la compleja e inequitativa contratación del ISS y el fracaso, en 1998, del sistema de libre adscripción. El Infantil no podía vivir, entonces, únicamente de su prestigio y seriedad, ni podía poner en riesgo la salud y vida de sus pacientes.

Las cifras económicas del Hospital anticipaban una catástrofe financiera. El déficit acumulado, a finales del año pasado, era cercano a los 39 mil millones de pesos. Las deudas con los proveedores ascendían a 5.800 millones, además de los 4.500 millones que se le debían al ISS y de los 3.500 millones a su personal por concepto de nómina y pagos atrasados.

La decisión de cerrar el Hospital fue tomada en un acto de responsabilidad con los pacientes, a quienes la institución no estaba en condiciones de continuar ofreciendo un servicio de calidad por no contar con los insumos médicos suficientes ni con las tecnologías que demandan los tiempos actuales, además de carecer de los medios para hacer frente a sus obligaciones financieras.

Su situación no es única en el país. Abundan los centros hospitalarios que enfrentan coyunturas igualmente críticas ante la imposibilidad de atender sus crecientes costos. El Estado, que por muchos años ha visto suplir su obligación constitucional de dar salud a la comunidad por instituciones como el Lorencita, deberá evaluar con sumo cuidado el campanazo de tan deplorable decisión.

La desaparición de la entidad, aunque dejará un nostálgico recuerdo por los invaluables servicios prestados, no implica que queden desprovistas de atención las madres y los niños de escasos recursos. El sistema de salud de la ciudad está en capacidad de absorber la demanda.

El cierre del Lorencita será una dolorosa pero ejemplarizante lección para muchas instituciones que atraviesan por una crisis similar o peor que la suya. Su desaparición no puede significar el abandono de las gentes a las cuales servía. Seguramente, surgirán otras iniciativas que permitan continuar ayudando a los niños más necesitados, sin los vicios que fueron extinguiendo poco a poco esta maravillosa obra social.

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