QUIERO LA PAZ

En días pasados me regalaron la banderita de Quiero la Paz , la cual lucía con orgullo. A los pocos días alguien cercano a mí cuya opinión merece todo mi respeto, al observar aquel símbolo se refirió a ella en un tono que me pareció despectivo.

20 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Inmediatamente lo interrogue al respecto pues no podía entender que alguien osara referirse en tal forma a algo que yo consideraba muy importante por su significado.

En forma muy ecuánime respondió que no creía que la paz se alcanzara con símbolos sino con hechos concretos, que en un país con tantos problemas económicos, desigualdades e injusticia social, la paz no se conseguía con banderitas. Aunque tuve que aceptar que tenía toda la razón continúe portando mi bandera pues seguía considerando que era una forma de manifestar mi inconformidad con los violentos y mostrar al mundo que también añoro la paz, al igual que miles de colombianos.

Desde hace ya varios días guardé la bandera. Ya no la ostento con el orgullo con que lo hice inicialmente y por el contrario, casi la escondo avergonzada. Y no porque mis sentimientos hacia la paz hayan cambiado, mi interés por este tema continúa intacto y mis deseos por aportar un granito de arena a que rescatemos el país de los violentos siguen siendo prioritarios. Sólo sucedió algo que me hizo reflexionar sobre las sabias palabras de mi amigo. Una noche debí acudir a urgencias de una prestigiosa clínica de esta ciudad con el objeto de solicitar atención para mi madre. Ella afortunadamente fue atendida en forma oportuna y eficaz, pero debí observar una escena que me dejó consternada.

Había allí una señora que requería atención médica para su hija a quien debían aplicar una inyección de penicilina, por lo tanto se le debía efectuar previamente la prueba de tolerancia. Infortunadamente la madre de la paciente no contaba con los recursos económicos para adquirir la prueba que vale la ínfima suma de $2.300.oo y por tal motivo su hija no podría ser tratada.

Si esto fuera un caso aislado tendría menor relevancia frente al tema de la paz; sin embargo sé perfectamente que es algo de común ocurrencia en los centros hospitalarios. De nada valen la consagración de los llamados derechos fundamentales en nuestra Constitución Política, frente a la indolencia e insolidaridad de quienes prestan este tipo de servicios.

Y lo peor es que no es sólo el tema de la salud. Basta una mirada a nuestro entorno y encontraremos al laborioso campesino que luego de trabajar sol a sol para recoger su cosecha se encuentra frente a todas las dificultades posibles para poder venderla.

Este es el mejor caldo de cultivo para la violencia. Las personas que se sienten atropelladas, olvidadas por unos gobernantes que ellas mismas eligieron, con un total desconocimiento de sus derechos, sin acceso a un empleo que les permita unas condiciones de vida dignas, no pueden generar sino resentimiento y violencia. Y mientras todo eso sucede, nosotros ingenuamente pretendemos hacer la paz con banderas?

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