RESPUESTA A LOS PECADOS DE LA IGLESIA

RESPUESTA A LOS PECADOS DE LA IGLESIA

Señor Director: Con un saludo atento y mis mejores deseos, quiero referirme al artículo de las redactoras de EL TIEMPO Olga Lucía lozano y Juanita León, aparecido en la edición No. 30.806 del domingo 28 de febrero, con el título Los pecados de la Iglesia .

05 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Comprendo que un artículo como este no pretende ser profundo, sino que trata de llamar la atención sobre un tema; en este caso, el de la invitación valiente y permanente de la Iglesia a hacer un examen de conciencia, reconocer los propios pecados y prepararse así convenientemente a los retos del nuevo milenio. Las periodistas, seguramente con buena intención, han querido hacer eco al llamamiento del Santo Padre Juan Pablo II, en su reciente Bula de Convocación del Gran Jubileo del año 2000 de purificación de la memoria , y han querido intentar una aproximación a la realidad nacional.

Pero, por otra parte, algunas de las opiniones que se anotan en el artículo no corresponden a la verdad histórica o presentan una visión incompleta o son abiertamente opuestas a la doctrina de la Iglesia.

Para ofrecer a los lectores una información más objetiva, les ruego el favor de hacer publicar el siguiente comentario: 1. Aunque se presentaron durante el largo período de la Conquista y la Colonia episodios de desconocimiento de los valores culturales durante el proceso de evangelización de los indígenas, hechos por los cuales la Iglesia debe pedir perdón y que muchas veces denunció oportunamente, también es cierto que fue la Iglesia la valiente defensora de los indios. Por eso Juan Pablo II en su Mensaje a los indígenas , el 13 de octubre de 1992, afirma: Qué otro motivo sino la predicación de los ideales evangélicos movió a tantos misioneros a denunciar los atropellos cometidos contra los indios en la época de la Conquista? Ahí están para demostrarlo la acción apostólica y los escritos de Bartolomé de Las Casas, Fray Antonio de Montesinos, Vasco de Quiroga, Juan del Valle obispo que fue de Popayán, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega y de tantos otros hombres y mujeres que dedicaron generosamente su vida a los nativos a los que el documento de Puebla llama intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la Paz (No. 8) .

2. Respecto de la esclavitud, no es cierto que la Iglesia haya guardado silencio, ya Pío II, Papa entre 1458 y 1464, antes del descubrimiento de América, calificó la trata de negros como crimen enorme , y Juan Pablo II la ha denunciado en repetidas ocasiones como vergonzoso comercio (discurso en la isla de Gorea, en el Senegal, el 21 de febrero de 1992) y gravísima injusticia ( Mensaje a los afroamericanos , el 13 de octubre de 1992). En la purificación de la memoria histórica, en este punto, las palabras del Santo Padre son categóricas: Cómo olvidar los enormes sufrimientos infligidos a la población deportada del continente africano, despreciando los derechos humanos más elementales? Cómo olvidar las vidas humanas aniquiladas por la esclavitud? Hay que confesar con toda verdad y humildad este pecado del hombre contra el hombre . El exigir ahora excomuniones es caer en un anacronismo y no entender que los hechos históricos no pueden ser juzgados con los criterios de hoy.

En cuanto a la pretendida discriminación de la mujer no se puede olvidar que fue la Iglesia la que se preocupó primero por su formación académica, cuando la sociedad era totalmente machista. Ejemplos como el de Santa Angela de Mérici, fundadora de las Ursulinas en el siglo XV, o en Colombia, el de doña Clemencia Caycedo, fundadora de La Enseñanza, en el siglo XVIII, así lo demuestran; esto no significa que la Iglesia no deba seguir avanzando en el legítimo feminismo, como lo ha hecho Juan Pablo II en su Carta Apostólica sobre la Dignidad de la Mujer y los documentos de Puebla y de Santo Domingo. No se puede mezclar la defensa de la mujer con la defensa del aborto. La Iglesia ayer, hoy y mañana, fiel al Evangelio, condena el aborto procurado, el Concilio Vaticano II lo define como crimen nefando (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, No. 51), y el Santo Padre Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium Vitae, No. 58, afirma: Es la eliminación deliberada y directa de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar: jamás podrá ser considerado un agresor y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que consstituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno... La Iglesia NUNCA SE ARREPENTIRA por defender la vida del niño en gestación, al oponerse al aborto.

4. La Iglesia ha sido permanentemente defensora de las reformas sociales a la luz de su Doctrina Social. Basta recordar, en el caso de la Compañía de Jesús en Colombia, las figuras de los pioneros del sindicalismo de inspiración cristiana y del cooperativismo: padres Campoamor, Vicente Andrade Valderrama y Francisco Mejía y tantos otros; así como la labor del Secretariado Nacional de Pastoral Social y de Caritas Colombiana.

5. Las múltiples instituciones de laicos que pertenecen y participan en la vida y misión de la Iglesia nos muestran, como lo testimonia el Sínodo Arquidiocesano, la presencia y compromiso de los laicos con su Iglesia.

6. No podemos juzgar la acción de la Iglesia Jerárquica de otras épocas con los criterios de hoy; al purificar la memoria, debemos con humildad y con perseverancia, al anunciar el Evangelio, procurar que haya unidad entre la fe que se profesa y la vida en el seno de la familia y de la sociedad. Es inexacto afirmar que en la década de los 80 la Iglesia guardó silencio frente a las violaciones de los derechos humanos. Posiblemente faltó una mayor difusión y publicidad de las acciones realizadas y de las orientaciones dadas por la Jerarquía Eclesiástica.

7. Ciertamente todos y cada uno de los bautizados que vivimos en Colombia debemos examinar nuestra responsabilidad frente a la violencia en el país. El Santo Padre nos invita, en la Bula de Convocación del Gran Jubileo de la Redención, a que todos hagamos el examen de conciencia; mediante él cada persona se pone ante la verdad de su propia vida, descubiendo así la distancia que separa sus acciones del ideal que Cristo mos propone (cfr.11).

Pedro Rubiano Sáenz Arzobispo de Bogotá

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