NELSON ROMERO O EL PODER DE LA PALABRA

NELSON ROMERO O EL PODER DE LA PALABRA

El pasado jueves 14 de octubre fue de gloria para las letras tolimenses. Ese día el poeta de Ataco Nelson Romero Guzmán recibió en Medellín, el premio como ganador del XIV Concurso Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, por su libro El mensajero de la luz .

20 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Este galardón, además de ser uno de los más importantes del país, viene a confirmar la vocación, el trabajo y la disciplina de un joven talento tolimense que ha encontrado en los versos, una forma de encarar los desafíos y derrotar las inseguridades de la vida.

Nelson, licenciado en Filosofía y Letras , catedrático de la Universidad Cooperativa, docente de un colegio de básica y ganador de varios premios nacionales de poesía, es un hombre extremadamente sencillo, con una timidez que oscila entre retraimiento y el nerviosismo, sin embargo, cuando se trata de hablar de poesía desaparecen sus vacilaciones y una voz enérgica recava cada concepto con envidiable precisión.

Nació en Ataco en 1962 y recorrió sus calles empolvadas escuchando de sus mayores el orgullo que experimentaban por el poeta que en el pasado le había dado el renombre de villorio. Martín Pomala fue una obsesión y más que eso, fue el padre literario que le abrió los ojos para que penetrara en los dominios del verso y pudiera expresar sus propias percepciones de la vida.

Aquel adolescente que alternaba sus estudios con rústicos oficios del campo , como recolector de café, boga, pescador y buscador de oro, un día a sus 18 años, pudo leerse Sangre y otros poemas y desde entonces los inscribió en su memoria como una especie de contraseña para el olvido y como la clave definitiva de su vocación de poeta.

En ese pueblo perdido en los recodos del Saldaña, leía todo lo que llegaba a sus manos. Los domingos se daba un gran banquete con el Magazín de El Espectador y allí comprendió estupefacto que la poesía no era solamente esos versos formales que mencionaban las preceptivas literarias con sus rimas, métricas y acentos, sino también aquellos diálogos intensos que hablaban de la vida íntima de los hombres, así entró por los caminos de la poesía contemporánea y se dedicó a contarnos sus angustias, su dolor, sus íntimas reflexiones metafísicas y sus obsesiones religiosas, en unos versos libres que no se dejan encasillar en las formalidades clásicas.

Fue expulsado del colegio de Ataco cuando estaba cursando su sexto bachillerato, por acumulación de faltas , dice sonriendo y cuenta como le fueron sumando las actitudes introvertidas, las salidas de la clase de química para leer poesía en la biblioteca, las posiciones irreverentes, el disfrute prohibido de las patillas de la huerta del colegio, hasta que se les rebosó la copa con el incendio que provocó al quemar un pasto seco en la zona verde que casi vuelve cenizas el claustro.

Termina su bachillerato en un colegio de la capital. Ya lleva en su maleta un libro de poemas, cuatro de ellos han sido publicados en El Espectador. En Bogotá comienza tímidamente a relacionarse con escritores, artistas y dos años después publica su primer libro Días sonámbulos . El poeta Juan Manuel Roca hace la presentación del mismo en la Casa Silva y tiene elogiosos comentarios.

La lucha por la sobrevivencia lo lleva a realizar distintas actividades. Con su hermano monta un supermercado, pero unos meses después fracasan, la mayoría de los clientes se quejan de que al llegar a preguntar por un producto, él, concentrado en la lectura de un libro o escribiendo un poema, ni siquiera los mira y les responde a todos no hay .

Será después vendedor de licores, funcionario de una inspección de policía y un día cualquiera le dicen que en Purificación hay un juez que necesita un citador , pero que es requisito indispensable ser poeta.

Una mañana Nelson llega a Purificación y se encuentra con el juez penal Luis Eduardo Gutiérrez, luego de una pocas preguntas, éste le solicita que le muestre el libro que escribió, pero Nelson lo ha dejado en Bogotá, sin embargo le puedo recitar unos , le dice para evitarle sospechas. Luego de escucharle dos poemas, se queda mirándolo fijamente y con una gran sonrisa, agrega queda nombrado . Desde ese momento Nelson afirma que encontró un hermano espiritual con quien ha compartido su pasión por los versos, esa búsqueda incesante de nuevas formas y lecturas, lo mismo que un crítico implacable de su trabajo, pues Luis Eduardo es su principal lector, el mismo que es capaz de echarle todo un libro de poemas al cesto de la basura y aconsejarle que escoja otra temática. Sin embargo, Nelson cree que gracias a ello ha podido avanzar en su proceso creador.

Su paso por la rama judicial estuvo matizada por distintas sensaciones. En los primeros meses, sobre todo en Purificación, tuvo la posibilidad de leer bastante por el poco trabajo, pero cuando se traslado a Ibagué, la labor excesiva convirtió a los juzgados en laberintos angustiosos y como si se tratara de Joseph K, se sintió atrapado en un mundo sórdido que no pudo soportar y del que tuvo que retirarse para dedicarse luego a la docencia.

El libro con el cual obtuvo el premio tiene como eje temático la vida y la obra de Vincent Van Goh, un pintor holandés del siglo pasado, cuya atormentada existencia estuvo marcada por el dolor, pero también por una visión lúcida del arte.

En estos poemas, Van Goh es evocado por la voz del poeta o se toma la palabra y él mismo expresa sus inquietudes, es un hermoso diálogo donde las imágenes visuales se confunden con la sonoridad de las palabras y la luz ilumina todo el poema para derrotar la sobriedad del escenario.

Precisamente Nelson define el libro como un intento por aprehender la luz, el color y la palabra para fusionarlos en un nuevo género que pudiera llamarse un poema cuadrado .

Cuatro años le llevó a Nelson escribir este libro, cuatro años pensando que la vida apasionante de Van Goh se parece a la de Martín Pomala, guardadas las proporciones, pero tal vez con la certeza íntima que esas dos existencias son los rostros que se reflejan en el espejo del arte, donde él acude todos los días a contemplar sus propias angustias, dolores y timideces.

Para un homenaje Pintar la locura de los girasoles Y hacer que iluminen la obscuridad del hombre.

Esa es la grandeza.

Lo demás se subasta fácil como telas de olán.

Pero nada más cercano a la gloria Que un girasol que está muerto Y nos alumbra.

Señales de un autorretrato Que algo suceda en la parte oculta de la tela Un crimen por ejemplo, y en la escena unos ojos al revés y una oreja vendada.

Todo ocurrido como en un día sin fecha.

Sólo así nos regalas la confianza de que la culpa no es del cuchillo que mutila, si no de la mano que trazó, de un crimen, la gloria.

(Poemas inéditos del libro Mensajero de la luz ganador del Premio Nal. de Poesía U. de Antioquia).

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