EL RECUERDO DE LA 67

EL RECUERDO DE LA 67

Sería imposible hablar de Eduardo Santos sin recordar la casa de la calle 67. Allí albergó su soledad en sus últimos años, pero sin alejarse de la vida pública. Por deseos suyos, no quiso que la casa permaneciera después de su muerte, pero aquellos colombianos importantes o sencillos que la visitaron no podrán olvidarla. Lejos de ser un palacio, constituía más que todo un museo, donde había un lugar al que solo los privilegiados podían entrar: su biblioteca.

25 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Tenía una memoria prodigiosa para solicitar una obra y sabía con exactitud el sitio donde esta se hallaba. Le decía a su fiel acompañante, Carlos Quintero: Tráigame el libro (y daba el nombre) que está en el tercer estante, al lado derecho... .

Allí, mirando desde la ventana lo que era el viejo Chapinero, evocaba recuerdos, daba lecciones históricas y sacaba a relucir un humor bogotano pícaro, lleno de anécdotas, que lo hacían sonreír con la ironía característica de su personalidad.

No olvidó jamás que Bogotá era una ciudad propicia a la lluvia y convivía con ella. Le encantaba asomarse a las ventanas para ver llover. Allí, en un domingo lluvioso, le recité en francés la poesía de Verlaine que dice: Il pleure dans mon coeur come il pleut sur la ville. ( Llora en mi corazón como llueve en la ciudad. ) El doctor Santos me miró sorprendido y con algo de ironía dijo: Tú conoces a Verlaine, y en francés? . Ese día comenzó la amistad más que familiar que nos ligó hasta su muerte.

Fallecida Lorencita, le quedaron dos fieles compañeras, sus sirvientas que ahora se llaman empleadas de servicio doméstico , a quienes con Lorencita llevó a Europa y quienes aprendieron sobre cocina elegante. Pero les pedían que no les cambiaran sus platos, casi siempre consistentes en una sopa de verduras y legumbres, recetas escasas de carne y pletóricas de vitaminas producto de la tierra. Al doctor Santos le encantaba comer pericos con mazorca.

Austero hasta el colmo, sacaba en ocasiones especiales una maravillosa vajilla y un cristal elaborado especialmente para él y su esposa durante los años de su Presidencia. Y sorprendía en las comidas oficiales por el lujo de las viandas, deliciosamente preparadas, hermosamente presentadas y siempre acompañadas de unos vinos que conservaba en una cava. Pero solo tomaba una copa. Algunos de los asistentes que lo conocíamos nos apresurábamos a terminar las botellas, antes de que él ordenara que las retiraran.

No le gustaba la sobremesa. Solo parecía anhelar que las comidas se terminaran pronto para conversar con un pequeño grupo de amigos por los salones, y, con su impaciencia, poco ocultable, los enfilaba muy discretamente hacia los jardines para que de allí salieran hacia la calle.

Generoso hasta el máximo, se veía en los alrededores de la 67 , como llamábamos la casa, atendiendo una cola de ciudadanos a los que ayudaba mensualmente.

Su pasión por la República Española la expresó cuando terminó la guerra civil y concedió pasaporte a todos los españoles que lo solicitaron. Trajo a muchos a Colombia. Gracias a ello, una generación privilegiada en cultura y en civismo llegó a nuestro país. Muchos se quedaron y una gran parte viajó a México, pero él no olvidó jamás a la República. Decía que la mató el que los políticos fueran, más que políticos, intelectuales. Como él reunía las dos condiciones, podía tratar el tema a conciencia.

Pero volvamos sobre la 67 . Al ordenar la demolición de su casa parecía desear que no se hablara más de ella en el futuro. Lamentablemente, sus instrucciones las tuvimos que cumplir. Inolvidable aquella esquina. Fue un modelo de elegancia, austeridad y carencia de lujo. Pero inolvidable la presencia de Eduardo Santos con Lorencita. Después de su viudez, el cuarto de ella permaneció sin tocar, todo igual, como si ella estuviera presente. Que en verdad lo estaba. Inclusive las peinillas y cepillos con los que arreglaba su hermoso cabello permanecían en sus puestos. Era un recinto tan privado que escasas personas lo conocimos.

Volvemos los ojos allí y cuando pasamos por ese sitio, donde hoy se levanta un moderno edificio, vemos el espíritu santista pasearse. Y no dudamos de denigrar del deseo que expresó públicamente de que la derribaran cuando él falleciera. Pero sobreviven la presencia y los recuerdos de una personalidad que, pasado mañana, cumple 25 años de desaparecido.

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