QUINTERO, PEREGRINO DEL MUNDO

QUINTERO, PEREGRINO DEL MUNDO

Un día a sus 17 años, Antonio Quintero se cansó de vagar con su parche en el parque Simón Bolívar, de fumarse su yerbita y de hablar tanta mierda .

27 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Para entonces, 1966, Antonio tenía muy presente esa sensación de libertad que desde niño lo había llevado a mirar por horas interminables los mapas del atlas que le habían pedido en su colegio de la IV Brigada.

Desde los diez años tenía la convicción absoluta que su misión no sería nacer, crecer y multiplicarse, sino andar errante por caminos que muchos ni siquiera se imaginan.

Así que no fue sino juntar el hambre con las ganas el día en que el azar lo puso al lado de un alemán, un suizo y de Peter, el holandés, en una tienda cualquiera del centro de Ibagué. Tres trashumantes que no hablaban ni papa de inglés , y que se habían perdido buscando a una amiga ibaguereña.

Serena la mirada Antonio se hizo amigo de Peter, lo alojó dos meses en su casa del barrio Malabar, y le enseñó sus primeras palabras de español. Al poco tiempo empacó en un morral tres pantalones y dos camisas y se fue con el holandés serena la mirada firme la voz .

El primer viaje no estuvo mal. De la mano de Peter inició una correría que aún hoy a sus 40 años, no ha terminado. Primero fue un año y medio conociendo Suramérica, cuando echar dedo y dormir en donde cayera la noche era normal. Lo vivido en Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Brasil apuntaló en su espíritu a la libertad y la soledad como sendos apostolados.

Tras ese lapso volvió a ver a sus padres Antonio y Ana Eugenia sólo para contarles que su siguiente destino sería Holanda, más exactamente Amsterdam. Los más de mil dólares que le prestó Peter le sirvieron para seguir a las Bahamas y saltar de allí a Noorderdweekstraat, uno de los sectores de Amsterdam. Allá empezó lavando platos en un restaurante italiano. Era duro pero yo quería seguir viajando .

Apenas tres meses después Antonio ya tenía para pagar la deuda y comprar los tiquetes de avión a algún lugar del mundo. Con su escaso inglés y su balbuceo del holandés Antonio se fue al Africa. Esta vez completamente solo, como lo haría el resto de su vida. Suráfrica, Kenya, Zimbabwe...

Confiar en ti Nada de complicaciones, simplemente me largo. Tienes es que ponerte la idea de que todo va a salir bien. Confiar en ti mismo. Yo nunca me preocupé por la comida o la ropa , dice Antonio con su hablar pausado y el dejo de extranjero que lo ha permeado tras 23 años de conversar con amigos alemanes, italianos, holandeses y portugueses...

Antonio volvió siempre a Amsterdam, el eterno punto de partida de sus incesantes aventuras que registraría una y otra vez con su cámara Minolta. Europa fue su siguiente objetivo.

Entonces tenía 26 años y había un tiquete llamado el Inter Rail. Con él viajé por 200 dólares a Francia, París, Alemania, España, Italia y otros países, hasta Marruecos y Turquía.. .

Entonces el mundo sí sería para Antonio un pañuelo. En un nuevo viaje llegaría a Nueva Zelanda, Australia, Japón y los países asiáticos... Y después Estados Unidos, Centro América... Literalmente, más medio mundo.

Mi causa A pesar de haber viajado tanto nunca llegué satisfecho. Hace dos años creí que perdía la fiebre de viajar y me sentía frustrado. Quería otra cosa. Entonces volví a abrir el atlas a ver qué faltaba. Dos días después leí un tema en el periódico que retomaba la expedición al ártico del inglés John Franklin, a mitad del siglo pasado. El y los más de 100 hombres que lo acompañaron al Polo Norte, desaparecieron. Me dije allá es .

Pidió dinero prestado y se fue en su primer viaje desde Amsterdam hasta Spistsbergens, una zona al norte de Noruega donde la temperatura normal es de 54 grados bajo cero. Cuando pisé tierra dije esto es lo que buscaba! .

Fascinado vuelve a Amsterdam, se endeuda hasta el cuello y reinicia el viaje de su vida. De Groenlandia sigue para el norte de Canadá, junto al Círculo Polar Artico, por la ruta donde más de un siglo atrás había desaparecido la expedición de Franklin. Llega a Resolute Bay, un pequeño caserío rodeado de blanco y de frío por todas partes en el que lo acogieron los indígenas Inuit, conocidos aquí como esquimales.

Hielo azul Desde Resolute Bay salen las expediciones para el polo norte. Entonces quise conocer los campamentos y las cuevas subterráneas que había polo adentro, a unos cinco días en trineos jalados por hermosos perros Huskie. Ver trabajar a esos perros, conocer las cuevas subterráneas y hallar esos paisajes, han sido las impresiones más grandes de mi vida.

El primer días fue fascinante. Dos horas después pensé que estaba soñando. El hielo se volvió azul en un tono que ni en las películas había visto. Mientras tanto esos perros volaban siempre atentos al ataque de algún oso polar. En algún momento escuche entre la neblina ecos como de unos alaridos. Pero el guía no me quiso llevar hacia el lugar de donde provenían esos ruidos.

Así que al otro día me fui sólo a pesar de todos los riesgos de caminar sobre el hielo. Después de unos cinco kilómetros divisé una especie de colonia de perros de los empleados para llevar los trineos.

Mirada infinita Cuando por fin llegué lo que vi fue desolador. Había unos cincuenta animales. Estaban pegados a cortas cadenas con muchos restos de animales podridos alrededor. Me miraron con una infinita cara de extrañeza. El hielo a su alrededor estaba amarillo por sus propios excrementos y orines, que era con lo que muchas veces se alimentaban porque casi nunca les echan comida. Estaban heridos y sucios, mientras sus crías morían al quedar sobre el hielo.

Uno de esos perros clavó su profunda mirada en mí y es como si se hubiera adueñado de mi alma. Duré semanas percibiendo sus ojos intensos y aún hoy tengo clavada su presencia en mi mente. Cuando vi el estado de los perros prometí que daría a conocer esta injusticia. Porque todos ellos estaban siendo abandonados después de reemplazarlos con trineos de motor, cuándo esos perros fueron cruciales para la conquista del polo y no merecían ese fin .

Una vez en Amsterdam y con las fotos en sus manos, Antonio denunció en la prensa y la televisión de Holanda, Noruega y Dinamarca lo que había visto. Rápidamente la noticia se difundió y se volvió un escándalo internacional. El gobierno canadiense llamó la atención a las autoridades de Nunavut, hecho que le generó el rechazo de esa población.

Actualmente Antonio volvió a Ibagué a visitar a su familia. Una escala en su misión de ir a varios países para denunciar la situación de los perros del ártico que en ese y otros lugares del polo están siendo desechados cruelmente.

El dolor y la desgracia de esos animales habitan en mí y no descansaré hasta hacer algo por ellos , dice.

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