TRIANA, EL PINTOR

TRIANA, EL PINTOR

En San Bernardo, el pueblito frío de campesino de escupitajos azules que se creían habitantes del cielo y hasta guardaespaldas de Dios, vivió la infancia el hijo del tendero que luego viajó a la ciudad de la música.

27 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Cuando el azul de los partidos traqueteaba al rojo, o el rojo tropelero traqueteó a los azules y el hombre se extinguía y en el llanto las viudas y los huérfanos, descubrieron al negro en sus vestidos, los Trianas se fugaron del San Bernardo, buscando verde esperanzado, para aromar la vida. Jorge Elías, que había escuchado cantar al comprapan o padecido la melancolía de los tres pies , quiso ser músico y cantar tonadas nuevas y escogió la flauta para calentar garganta. Luego como los buscadores de identidades, se encontró con los colores de la planicie calentana y vio volar las garzas en bandadas, las lavanderas de quebradas y ríos y hasta los mohanes imaginarios de la oralidad y la leyenda, entonces quiso pintar la fantasía. Se embelesó con Rembrant, Gauguia y Vicent Van Goh, y se descubrió por dentro frente a los frescos de Siqueiros, Tamayo, Rivera, y Orozco y ya con don Francisco de Goya habitando en su alma se hizo pintor. ya tenía las gaviotas del océano a donde Alvaro Mutis lo envió a descifrarlos. Se recorrió el Saldaña, el viejo Yuma, el Magdalena y hasta el Guacayo o río de las tumbas buscando los colores para el lienzo. En la llanura espesa, el toro de lidia y el potro salvaje le mostraron el color de su sangre, la guacamaya su policrom alegre, más radiante que el arco iris que tiene tristeza en sus colores fríos. Ahí en la tierra caliente, donde en las tardes, el sol de los venados es como fogata de los dioses en fiesta, encontró otro rojo, el de la ciruela madura con lo que apropió del trópico y la piel encantadora y brillante de los mangos sin brechas. Ahí donde el cielo mezcla todos los azules y el verano tiñe de oro el horizonte y las gamas de verdes se las entregó el paisaje en exclusiva teniendo por taller ese llano caliente de las palmas destiladoras de vinos y una montaña inmensa con un indio que duerme en el filo del tiempo cerca y otra con avechucos. Montó su caballete y atrapó los colores y las lavanderas, guitarreras, cuesqueras o leñadoras, fueron apareciendo de su cubilete mágico, donde guardó el descubrimiento para trasladarlos a las telas de la inmortalidad.

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