RAZONES Y MOTIVOS

RAZONES Y MOTIVOS

Así se llama un capítulo del libro El valor de educar que escribió Fernando Savater en 1997: la disciplina de la libertad. Me gusta el carácter paradójico de la expresión, ya que una idea tan compleja y problemática como la libertad humana tal vez no pueda ser enunciada sin acudir a sus aparentes contradicciones.

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Los educadores tenemos frecuentes discusiones sobre el concepto de libertad y sobre su papel y aplicación en las prácticas educativas. Educar en y para la libertad, parece ser la consigna que más aflora en esas discusiones, en las que el lenguaje de las nuevas pedagogías del libre desarrollo de la personalidad producen un rápido consenso. La reflexión de Savater nos alerta contra los extremismos en este punto.

A veces hablamos de la libertad con palabras tan profundas y absolutas como abstractas y tal vez huecas. Otras veces nos referimos a ella sólo como una ilusión y cedemos al determinismo que nos condena a ser objetos y productos de las circunstancias. Cuando se trata de educar, es preciso tener claro lo dañino de estos dos extremos. La libertad absoluta nunca lo es, y su enunciado casi siempre esconde cosas que la contradicen. Por otro lado, la negación de la libertad en aras de un determinismo presuntamente realista, nos impediría pensar al hombre como sujeto y acabaría con la idea de la autonomía, como fin último de una educación pensada para el desarrollo humano.

Richard Rorty, filósofo norteamericano, tercia en la discusión en un conocido artículo llamado Educación sin dogma. Allí Rorty sostiene que la finalidad de la educación en sus primeros niveles es lograr que el estudiante asuma la cultura e interiorice los valores y normas de la sociedad. Sólo en la educación superior, dice Rorty, la tarea educativa adquiere otro énfasis: el de la individualización. Según él, para llegar a ser un individuo libre y autónomo, que pueda aportar desde su libertad a los cambios que la sociedad requiere, es preciso primero haber recibido y haber aceptado el legado de las tradiciones que ofrecen las generaciones precedentes.

Toda enseñanza que quiera orientarse auténticamente hacia la libertad, se inicia con una cierta coacción y con una buena dosis de disciplina. Nadie aprende nada de otro si no le confiere primero una cierta autoridad. Savater cita inteligentemente a Hegel cuando decía Ser libre no es nada, devenir libre lo es todo. La libertad no es el punto de partida de la educación, sino su punto de llegada. El aprendizaje siempre requiere de un esfuerzo, de un rigor, de un trabajo, de una disciplina que a veces es contraria a los deseos naturales del niño en las primeras etapas de su formación. Sin embargo una educación humanista logrará que a fin de cuentas el individuo se identifique consigo mismo, a causa de una educación que no solo le permitió desarrollar potencialidades particulares sino que le enseñó a pensar en una perspectiva universal y a valorar lo social, asumiendo responsablemente su pertenencia a una comunidad.

Nadie aprende a mandarse a sí mismo, es decir a ser autónomo, si primero no aprende a obedecer a otros. Lo grave de todo, es que la rebeldía prematura contra los mayores y las normas sociales, no es producto de los mismos niños, sino de los adultos y los educadores cuando no asumen la responsabilidad de formar en la disciplina y para la libertad. La familia y la escuela tienen que superar un cierto temor, una cierta conciencia culposa, que les impide combinar sabiamente la libertad como propósito, con la disciplina como medio necesario para conseguirla.

Es obvio que no podemos apoyar, por anacrónica, toda propuesta de autoritarismo en la escuela. Es obvio que no queremos estandarizar las conductas de manera violenta. Es obvio que la madurez intelectual que se espera de un estudiante se construye con buenas dosis de irreverencia y de disidencia razonada, como también dice Savater. Pero lo que no es obvio es la aceptación irreflexiva de la moda de la sobreprotección ingenua, en la que a veces caen las familias y la escuela por no tener precisamente el valor de educar. La sobreprotección ingenua es improductiva y fácil. La disciplina de la libertad es más exigente. Ahí tenemos las opciones.

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