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LIBERALISMO O SOCIALISMO

LIBERALISMO O SOCIALISMO

Texto de la ponencia que presentan, en el Congreso Ideológico del liberalismo que hoy se reúne en Bogotá, el sector aperturista del partido en contraposición a la tendencia social demócrata. Quienes presentamos este documento a consideración del Congreso Ideológico del Liberalismo Colombiano, creemos expresar, dentro del partido, la corriente de pensamiento liberal que hoy aparece, en el mundo, como la mejor alternativa de desarrollo frente al colapso de los modelos estatistas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Nuestra divergencia con la corriente social demócrata del partido, no es de objetivos sino de estrategias para lograrlos. Todos los liberales, en realidad, nos identificamos en la búsqueda de una vía más rápida hacia el desarrollo, en la lucha contra la pobreza, las desigualdades y los privilegios y en la conquista de niveles que garanticen una mayor equidad social.

Queremos exponer ante ustedes dónde estaría la divergencia de medios para alcanzar estas aspiraciones.

La estrategia que desde hace varias décadas se nos ha propuesto y se ha aplicado en Colombia y en el resto de la América Latina, representa un modelo agotado. Reaparece en este foro, vestida de propuesta de avanzada, pero, con perdón de sus ponentes, es un modelo agotado. No es una opinión nuestra, sino simplemente la comprobación de una realidad.

Dicho fracaso, a nuestro modo de ver, se debe esencialmente al hecho de que ese modelo partió de presupuestos teóricos equivocados. Más que una política fue la expresión de una ideología.

El primero de estos postulados atribuyó la pobreza de este Continente, y en general del mal llamado Tercer Mundo, a una dependencia de nuestra economía frente al mundo desarrollado. Es decir, a un orden económico mundial, capitalista, que nos condenaría a un perpetuo estado de desarrolo dependiente, haciendo de los países pobres simples proveedores de materias primas y de otros productos de bajo procesamiento, a tiempo que los países ricos se reservaban el privilegio de exportarnos productos manufacturados costosos y refinados.

Además de esta desigualdad en los llamados términos de intercambio, nuestra pobreza se debería también, según esas interpretaciones teóricas, a una mala distribución de la riqueza en el orden interno. Ella se concentraría en pocas manos dejando pauperizadas a las grandes masas de la población. Sobre esta base, se estableció la doctrina de que solo pueden resolverse los problemas económicos y sociales mediante políticas autoritariamente redistributivas, conseguidas a través de leyes tributarias y laborales, y no mediante el trabajo sostenido, la acumulación, la reinversión de ahorros, el desarrollo de la mediana y pequeña industria y el incremento de las actividades comerciales con el resto del mundo.

Y como corolario de estas concepciones ideológicas, se consideró también que la vivienda, la educación y la salud, más que objetivos de desarrollo, eran derechos que empezaban a ser resueltos cuando quedaran debidamente consagrados en una Constitución.

Estas ideas dominaron durante décadas el escenario latinoamericano y aún hoy circulan con éxito entre nosotros, especialmente en los sectores intelectuales, universitarios y políticos. Ellas dieron lugar a dos propuestas que hicieron carrera en el Continente.

Una, la del economista Raúl Prebish, recomendada por la Cepal y acogida por Colombia y casi todos los restantes países latinoamericanos, instauró el modelo de desarrollo hacia adentro y la política de sustitución de importaciones. Este modelo, que confiere al Estado un papel dirigista de la economía, estableció barreras aduaneras, licencias previas de importación y exportación, control de cambios, subsidios, mercados cautivos y un rígido y copioso reglamentarismo.

El otro modelo, inspirado en la misma teoría de la dependencia, la llevó hasta sus últimas consecuencias, de manera mucho más radical. Ha sido la de Castro y los movimientos guerrilleros latinoamericanos, que buscan destruir el orden económico capitalista mediante la revolución, la eliminación de la propiedad privada y de la inversión extranjera, y una integración al bloque soviético o socialista, cuando éste existía.

Sobra demostrar a ustedes que esta última experiencia ha sido catastrófica y que tras el colapso del comunismo, se encuentra en su fase terminal.

El modelo de desarrollo hacia adentro admite un juicio más dual y ponderado. Si bien, en su primera etapa, permitió el despegue de nuestra industria, el desarrolo de capas medias y obreras y tasas aceptables de crecimiento, ha desembocado en un sistema a mitad de camino entre el mercantilismo y la economía de mercado que muestra síntomas de crisis y agotamiento. Dicho modelo ha envueto a la sociedad civil en una maraña de trabas, trámites y reglamentaciones; ha creado inflación burocrática, disparado el gasto público y las tributaciones excesivas; nos ha dado malos y costosos servicios públicos; ha prohijado la corrupción y el clientelismo; ha erigido monopolios estatales, industriales y sindicales, empobreciendo las clases populares y haciendo más injustas las desigualdades de la sociedad colombiana.

A la sombra de este modelo, han aparecido cuatro clases de privilegiados que lo defienden: los empresarios sobreprotegidos, la burocracia, los políticos clientelistas y las cúpulas sindicales de las empresas del Estado.

Continentalmente, su balance ha sido muy negativo. Buscando un desarrollo hacia adentro, ampliando la frontera del sector público a través de nacionalizaciones, satanizando la inversión extranjera y estableciendo una redistribución autoritaria de la riqueza por medio de leyes y decretos. Perón arruinó a la Argentina. Quedó a la zaga un país que en 1913 tenía un ingreso per cápita igual al de Suiza. La misma experiencia llevó a Chile a una grave crisis política, arruinó al Perú y mantiene al Brasil bajo el peso de una inflación delirante.

En Colombia, por culpa de este modelo, se ha desarrollado un sector público ineficiente, contaminado de corrupción y clientelismo, que permitió la quiebra y virtual desaparición de los Ferrocarriles; la ruina de Puertos de Colombia y del Instituto de Crédito Territorial; el grave déficit de los Seguros Sociales, de Cajanal, de la Caja Agraria, de los servicios de salud, de la mayoría de las empresas municipales. Es el modelo al cual debemos, por ineficiencia, clientelismo y corrupción, el racionamiento eléctrico y muy probablemente, en breve lapso, el de agua.

Dejar intactos los monopolios de Estado que avanzan hacia la ruina, mantener el reglamentarismo y la tramitomanía que generan corrupción, insistir en formas del desarrollo hacia adentro como en este mismo Congreso se nos propone, puede ser, señores liberales, una propuesta de avanzada? Qué cambio puede representar ella para un país que busca una nueva salida? Nuestra corriente denuncia tales propuestas como simple sobrevivencia de unas supersticiones ideológicas que ya hicieron su carrera y fueron derrotadas por la evolución universal. Nosotros, conscientes de que las ideologías han entrado en crisis porque la historia y el desarrollo del mundo no obedecen a libretos teóricos, nos inspiramos en las realidades de este fin de siglo.

La apertura, por ejemplo, es una realidad a la vez universal, contemporánea, pragmática e irreversible. Esquivando la política de autarquía y de sustitución de importaciones, buscando en su lugar un crecimiento motivado por la exportación, integrándose con decisión a los mercados y capitales extranjeros, los llamados dragones asiáticos Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, hace treinta años más pobres que nosotros, entraron ya en el club de países desarrollados.

De ahí que nosotros propongamos proseguir y acentuar la actual política del gobierno de desarrollo hacia afuera basándonos en el dinamismo del sector exportador; incentivar la inversión extanjera vinculando el país al capital y la tecnología de las empresas multinacionales; respetar y fortalecer el mercado y la iniciativa privada como motor del desarrollo; sustituir los monopolios estatales, industriales y sindicales mediante políticas que garanticen la libre competencia, las privatizaciones de empresas o servicios públicos ineficientes y la real libertad de trabajo. Creemos también que el sector agropecuario debe ser objeto de un tratamiento especial, que lo proteja de productos subsidiados de otras proveniencias.

No proponemos una reducción del Estado, sino su redimensionamiento para fortalecerlo allí donde está su misión y exonerarlo de funciones que desempeña mal. Colombia es un país que necesita en ciertas áreas más Estado, y en otras menos. Para nosotros, sus funciones esenciales deben ser la defensa de la soberanía nacional, el orden público, la administración de justicia y desde luego el desarrollo de una política social orientada a favorecer a las categorías más pobres y desprotegidas de la población.

Pero es necesario retirar al Estado de funciones o actividades empresariales y productivas que realiza mejor, con más eficacia y menor costo, el sector privado. A fin de cumplir mejor su función esencial como defensor de la soberanía, dispensador de justicia y protector de la sociedad civil, debe dejar de ser el Estado banquero, el Estado industrial y el Estado comerciante. Su retiro de actividades en las cuales su gestión parece costosa o deficitaria, proveería recursos aplicables al frente social. En el plano económico, su papel debería orientarse hacia la promoción de la competencia y la defensa de los mecanismos del mercado y no hacia la preservación de los monopolios, de la burocracia y la hiperregulación asfixiante que ahoga la iniciativa privada en un mar de trabas y requisitos de cuestionable utilidad. Debe permitir la participación del sector privado en sectores como la electricidad y las comunicaciones, la salud, el manejo de fondos de pensiones y en la prestación de otros servicios esenciales por vía de delegación o contratación.

Tal es, en forma muy general, nuestra línea de pensamiento. Muchos de ustedes, estamos seguros, tienen de esta corriente una versión caricatural, distorsionada. Se ha dicho, por ejemplo, que el liberalismo, llamado a veces peyorativamente neoliberalismo, buscando solo parámetros de rentabilidad, propugna, en detrimento de los pobres, un capitalismo salvaje. No es cierto. Salvaje es el capitalismo que hemos tenido: el que nos inflige malos servicios y altas tarifas; el que nos ha dejado sin luz por incompetencia; el del Guavio y las barcazas; el que saquea los servicios de salud y nos obliga a colas y trámites penosos; el que se roba el dinero de las pensiones; el que establece mordidas, contratos fraudulentos y corrupción. Sí, ese es el capitalismo salvaje. El que nos ha dado el modelo tradicional.

Se dice que nos desentendemos del problema social. No es cierto. El que ha desatendido ese frente es el modelo tradicional, que ha dejado al 38 por ciento de la población colombiana bajo la línea de la pobreza absoluta. El gigantismo, la centralización administrativa, la complejidad organizacional de las entidades del sector social, explica por qué se ha generado allí, precisamente, una corrupción alarmante. Proponemos una política que ponga énfasis en el sector más pobre, descentralizando los servicios y utilizando la privatización para ampliar su cobertura y mayor eficiencia. Creemos que la venta de empresas estatales costosas e inoperantes liberaría recursos aplicables a una nueva política social. El desarrollo económico, más que las retóricas invocaciones a la justicia social y la deuda social, es el factor clave para eliminar el desempleo, la miseria y la desprotección.

Se dice que nos oponemos sistemáticamente a toda intervención del Estado. No es cierto. Creemos que el Estado debe intervenir no para limitar el mercado o sustituir como entidad productiva al sector privado, sino para vigilar las reglas del juego, evitar abusos y monopolios y facilitar nuestra integración a los mercados internacionales.

Se dice que buscamos privatizarlo todo. No es cierto. La privatización es para nosotros un medio y no un fin, que debe realizarse allí donde el Estado es costoso o ineficiente.

Se dice, en fin, que representamos a la derecha o a la neoderecha. No es cierto. Los términos de izquierda o derecha, nacidos en la Revolución Francesa, han cambiado de sentido hoy en día. El estalinismo, visto hace treinta años como expresión de ultraizquierda, hoy representa a los conservadores de Rusia; y los partidarios del mercado han pasado de reaccionarios a renovadores. Para nosotros, y para el mundo entero, los modelos estatistas no son ya la vanguardia sino la retaguardia; y renovadores somos nosotros que proponemos el único modelo el único, óiganlo bien que ha sacado a los países de su pobreza.

No somos todavía el sector dominante en el establecimiento político de nuestro partido, pero creemos haber ganado un espacio considerable en el país nacional, que en las encuestas de opinión se manifiesta mayoritariamente partidario de transferir al sector privado el manejo de empresas y servicios. Oigamos bien estas expresiones y voluntades de la sociedad civil, si no queremos que nuestro partido, como le ocurrió al Apra del Perú y como puede estar ocurriéndole a Acción Democrática de Venezuela, se divorcie de la opinión y de la nueva sociedad. Nada sería más grave que perder la batalla electoral a la presidencia, solo por identificarnos con propuestas que nos encierran en viejos esquemas y modelos. Todos queremos un país libre de miseria, de violencia, de injusticias, de desigualdades, de clientelismos y de corrupción. Apartemos prejuicios ideológicos, para encontrar juntos el camino que le permita a Colombia acceder hacia la modernidad y el desarrollo.

Hernán Echavarría Olózaga, Fernando Botero Zea, Plinio Apuleyo Mendoza, José Manuel Arias Carrizosa, Tito Livio Caldas, Gustavo Vasco Muñoz, Carlos Upegui Zapata, Marco Fidel Rocha, Ernesto Lucena Quevedo, Christian Toro, Sonia Martínez, Beatriz González, Diana Duque Gómez, Alejandro Santos Rubino, Andrés Cubides Díaz, Alfredo Motta Vanegas, Andrés Felipe González (siguen más firmas).

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