UN OSCAR CON SABOR INGLÉS

UN OSCAR CON SABOR INGLÉS

Si Steven Spielberg fue aclamado como el mejor director de Hollywood, por votación de los 5.500 miembros de la Academia, Shakespeare apasionado y Elizabeth reafirmaron la incuestionable calidad europea y universal del cine británico. La primera, dirigida por el no muy conocido John Madden (La señora Brown), al ser designada mejor película y acumular siete estatuillas, se constituye sin duda alguna en la gran triunfadora durante la ceremonia de gala del domingo pasado. Miramax Films, presidida por Harvey Weinstein, se perfila como la compañía de producción más influyente de la actualidad cinematográfica; el dramaturgo Tom Stoppard (Rosencratz y Guildenstein han desaparecido) recobra vigencia literaria gracias a sus chispeantes diálogos; y la joven Gwyneth Paltrow, nacida en el País de Gales, impone su talento conjuntamente con una graciosa figura al lado de las estrellas del momento. Shakespeare in love ha logrado que una comedia romántica de época sea vista como una libre ilustració

26 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

De la mano del virtuoso guionista Tom Stoppard, en colaboración con Marc Norman, surge una deliciosa recreación de costumbres y comportamientos escénicos que puede resultar anacrónica aunque no por eso quitarle méritos al proyecto finamente elaborado. Tratándose de un excelente escritor nacido en la antigua Checoslovaquia, súbdito de su majestad Isabel II desde hace varios años, Stoppard continúa con la tradición burlesca y absurda asumida por un Samuel Beckett o un Harold Pinter. Desde La inglesa romántica (adaptada en imágenes por Joseph Losey), pasando por Brazil (Monty Python) y Desesperación (Fassbinder), el también galardonado intelectual se complace en construir giros idiomáticos y perfiles sutiles o ambigedades morales que exigen de sus actores lúcidas representaciones.

Con una dirección fotográfica que recoge la gama cromática del período barroco, y espléndidos diseños de producción capacitados para rendirles tributos a los mejores escenógrafos de las tablas londinenses, se nos brinda una depurada pieza que resulta grata a la vista y permite revisar los sentimientos primordiales del tal mentado drama. Sin restarle méritos a la tragicomedia italiana de Roberto Benigni (La vida es bella), ni pretender competir con el drama humano del brasileño Murillo Sales (Estación central), esta es una de las películas del año a escala mundial

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