SI LA PAZ NO LLEGA

SI LA PAZ NO LLEGA

La prepotencia que evidencian las Farc en esta larga e incierta antesala de lo que podría ser un proceso de paz negociada hace pensar que para sus jerarcas la victoria está al alcance de la mano. Los éxitos tácticos de Puerres, Las Delicias, Patascoy y El Caguán los han colmado de soberbia. Piensan que el Gobierno seguirá inclinándose ante sus demandas por desorbitadas que sean, que las Fuerzas Armadas están derrotadas y que ellos poseen todos los ases.

26 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Contribuyen al triunfalismo desafiante la profunda crisis del Estado, con su gigantesco déficit fiscal; la corrupción rampante, que no cede; el estancamiento del aparato productivo, en fin, la suma de calamidades de todo orden a las cuales vienen a sumarse el desastre telúrico del Quindío y el calamitoso fenómeno invernal que destruye cosechas, incrementa las migraciones campesinas y devora cuantos recursos podrían destinarse a recuperar la economía, en deplorable estancamiento. Un Estado en semejante debilidad, suponen, terminará por doblegarse.

Pese a todo lo anterior y a lo que falta por descubrir dentro del cuadro deprimente de la realidad colombiana, no debería la subversión despreciar la capacidad de lucha de la nación si la paz no se hace. A partir del revés que siguió a la toma de Mitú por la guerrilla, no pueden desconocer sus cabecillas la dimensión de los golpes recibidos en Miraflores, Arauca y ahora el Urabá antioqueño. El Ejército, que imaginaron postrado y en grave desmoralización, ha resurgido con sorprendente rapidez y pone de manifiesto su capacidad histórica para superar las crisis que a lo largo del siglo han desafiado su fortaleza institucional.

A un Ejército como el nuestro los reveses ni lo intimidan ni lo empequeñecen. Por el contrario, en todas las épocas desde la reconquista española, que arrasó con las débiles fuerzas de la Primera República, siempre ha sabido engrandecerse ante la adversidad. Derrotas y percances amilanan a ejércitos mediocres, pero agigantan a los que poseen esa cifra intangible de valores anímicos que configuran su fibra interior.

Por otra parte, el Ejército, que lleva sobre sus espaldas la carga más pesada del combate en la guerra irregular, no está solo. La Fuerza Aérea ha desempeñado papel trascendental en los éxitos recientes, y se pone de manifiesto una cada día más vigorosa integración de esfuerzos, que incluye la no menos valiosa participación de la Armada en interdicción del narcotráfico principal fuente de financiación de la guerrilla y en operaciones fluviales. Así pues, la victoria revolucionaria no está ni mucho menos a la vuelta de la esquina, máxime si a todo lo anterior se agregan los éxitos que Policía y Ejército vienen obteniendo en la captura de personal clave de la insurgencia.

Por otra parte, los dramáticos errores que la guerrilla infatuada y prepotente ha cometido frente a la comunidad internacional, con secuestros y asesinatos de extranjeros, y a la opinión pública colombiana con estos y otros delitos atroces, le sustraen elementos sustanciales a su gestión revolucionaria, en tanto las Fuerzas Armadas recuperan credibilidad, respeto y consideraciones dentro y fuera del país. Materia nada despreciable en el tipo de confrontación que se libra.

Ante estas realidades incuestionables, la subversión debería reconsiderar su actitud y entrar franca y honestamente por el camino de la paz que la nación ansía y las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y hasta las Ong que le habían sido más que favorables reclaman. Se puede engañar a todo el mundo algunas veces, pero no todas las veces. Si sus jerarcas pensaron hallarse al borde de la victoria, los últimos desarrollos deberían abrirles los ojos. El camino por recorrer es largo y culebrero, con muchas sorpresas en sus vueltas. Preferible entrar en razón hoy que esperar circunstancias menos propicias más adelante, ahorrando al pueblo colombiano mucha sangre y sufrimientos.

También el Estado debe abrir los ojos a esas mismas realidades. No encogerse ni sentirse acomplejado por el aparente poder guerrillero. Claro que habrá que esperar golpes de la subversión y serán tan brutales o más que los ya sufridos. Eso ocurre en todas las guerras. Pero mientras la capacidad de respuesta siga en pie y la colaboración internacional continúe fortaleciendo la legitimidad democrática, no tenemos por qué sentirnos menos que la insurgencia. Lo trascendental ahora es poner en pie a la nación. Revisar las conductas equivocadas, rectificar valerosamente. Proseguir la gestión internacional en busca de respaldo político y militar, para que, si la paz no se logra negociando, se consiga imponiendo.

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