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MAS VIDA QUE ARTE

MAS VIDA QUE ARTE

La asistencia desbordante del público a la XXXIII edición del Festival de Cartagena, demuestra cómo la pasión por el cine es una experiencia viva. Aquí se pusieron los mejores argumentos para echar por tierra los augurios pesimistas acerca de su futuro. Película, tras película, multiplicando sus expectativas, el festival resultó ser verdaderamente revelador: convocatoria. En esta edición las películas latinoamericanas llegaron al corazón del público, arrancaron grandes aplausos, confrontaron los diferentes estilos y confirmaron el vigor de las nuevas tendencias en el contexto de sus preocupaciones específicas. Y es, que este cine con su capacidad de profundizar y dar expresión al hombre contemporáneo, relata vívidamente la historia, presente y pasada del continente, con sus grandes tensiones y sus agudos conflictos. Frente al vacío temático del cine que se produce en Hollywood y en Europa, la producción latinoamericana enseña un sustrato de verdad histórica y crítica. Y es que se tr

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
28 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Con la variedad de sus historias narradas, busca abarcar y comprender los signos fundamentales de su devenir; he ahí su gran diferencia. Los temas y argumentos parecen estar comprometidos con una búsqueda común de identidad. Aquí se dan, como en ninguna otra expresión, las grandes continuidades de su cultura. (Y esto es algo que el público está aprendiendo a valorar, más allá de la satisfacción superflua que ofrece el cine de evasión). Y así se ha convertido, en un catalizador de las fuerzas sociales que conforman sus fenómenos vitales.

De qué otra manera podría entenderse un hecho solidario que este festival puso en evidencia? La gran mayoría de las películas presentadas poseen un sustrato común. Si no es el tema específico del exilio, es el viaje, la huída, los desplazamientos, en una palabra la desterritorialización. Las películas argentinas El viaje de Fernando Solanas, El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela, Un lugar en el mundo de Adolfo Aristaraín; las cubanas Mascaro y Vidas paralelas; la chilena La frontera de Ricardo Larraín; la peruana La vida es una sola de Marianne Eyde y también la exitosa película mexicana, de Alfonso Arau, Como agua para chocolate, cada una a su manera, pone en escena ese movimiento de desarraigo, de búsqueda incesante, de desplazamiento, tantas veces forzoso, que es como una indagación que impone al relato funciones múltiples de significación. Búsqueda de una identidad y de una imagen propia, que implica un proceso de formación (Un lugar en el mundo), en la medida en que el viaje avanza y las rupturas se van encadenando en el proceso mismo de la búsqueda (El viaje, Vidas paralelas), o en la configuración forzosa de nuevas identidades (Fin de round, Perfume de gardenia).

Pero más que imágenes de una representación subjetiva, las películas latinoamericanas estructuran una verdadera representación de las formas de relación nómada entre el hombre y su mundo.

(Mascaro, La frontera); y también del hombre y su cultura, en donde siempre es posible la identificación de los efectos de significación simbólica (El lado oscuro del corazón, Como agua para chocolate). Y cómo podrían perder vigencia los mitos de la tierra y la tragedia del despotismo? Sobre este terreno operan también los desplazamientos: el fin de comunidades enteras disueltas por la fuerza de las armas. (La vida es una sola). Fallo con desacuerdo El desacuerdo del público con la decisión de jurado, tiene tanto de ancho como de largo. Se sabe que los principales festivales de cine (Cannes, Berlín, Venecia) ya es tradición la mutua incomprensión entre público y jurado. Y es que un jurado, más que expresar lo que quiere el público, está allí como instancia más distanciada, más cauta y reflexiva. El jurado considera, más allá de la inmediatez del gusto peculiar de un momento, otros valores cuyo discernimiento y evaluación están por encima de la simpatía que una película puede despertar. Esto sucedió en el fallo del XXXIII Festival. Se premió, no la película más acabada o de mejor factura; más bien se señaló un cine cuyo horizonte abarca y comprende con indudable poesía, imaginación y credibilidad, la creación exuberante y la significación profunda de la realidad mezclada con la fantasía, en un relato que se va a integrar a una magnífica visión de la historia del continente. En pocas palabras: un cine que está más cerca al amor a la vida, que al amor al arte.

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