EDUARDO SANTOS

Al conmemorarse los 25 años de la muerte del doctor Eduardo Santos, recordamos su figura como la de aquellos colombianos importantes que han desaparecido y que tánta falta le hacen al país. Alcanzó el alto cargo de Presidente de la República y el pueblo colombiano recuerda su mandato como uno de los mejores legados a la historia de la patria. Pero dejó algo más: el estilo santista, la manera moderada de ser y actuar.

27 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

De Eduardo Santos puede decirse que enseñó un estilo de oficiar la política. Al elogiar su moderación, afirmamos que serlo no es fácil. Sobre todo de la manera como él, con energía, tomaba decisiones fundamentales y trazaba rumbos claros, valientes y audaces, no solo para el destino nacional sino para el Partido Liberal. Su vida fue un ejemplo: trabajador incansable, no esquivó responsabilidad alguna. Liberal a conciencia y por temperamento, le dolía todo aquello que podiera herir al partido.

Quienes vivieron su época saben con qué valor supo ceder aunque le doliera en lo más íntimo para poner a salvo el futuro del liberalismo y el bienestar de la patria. Y quienes lo recuerdan hoy saben de la bondad de su corazón y de la generosidad con la que repartía sus bienes materiales, porque los intelectuales los entregó al servicio del país y del periodismo.

Eduardo Santos formó parte de una generación privilegiada. Cada día se ve con mayor nítidez su grandeza al haber formado parte de ella, siempre en primera fila. Hasta los últimos años de su vida pensó en el país y en el partido. Fue un grande hombre. Nos duele su ausencia. Nos dejó huérfanos de su pensamiento, pero no de su guía. EL TIEMPO, su obra máxima, ha procurado seguir los pasos de quien con Alfonso Villegas Restrepo fundara la empresa periodística que todos reconocen como la más importante del país.

Volvemos los ojos al pasado y lo vemos con su figura tranquila, intercediendo, actuando, mediando. Siempre con autoridad y mando. Sabemos que hombres como él no son comunes. Su figura rebasó el ámbito nacional. Y muchas veces daba la sensación de ser más respetado y comprendido en países extranjeros que en su propia patria. Fue valorado como un ser de cultura excepcional; como un jefe político inmejorable de América. Los elogios que a su persona hacían los mandatarios de otras naciones llenarían páginas de un libro que él nunca quiso publicar. Como tampoco escribió sus memorias, lo cual siempre postergaba, pensando en cuánto podría herir si él contara las realidades y acontecimientos que conmovieron al mundo político colombiano.

* * * * * Dentro del campo familiar sufrió golpes muy díficiles que amenazaron con poner fin a su vida pública. La muerte de su hija Clarita le causó hondo y sensible agobio. Sin embargo el amor y comprensión de su incomparable esposa, doña Lorencita Villegas de Santos, le ayudaron a sobrellevar el dolor que hasta el último día de su vida no dejó de atormentarlo.

Después de la muerte de Lorencita, Eduardo Santos se encerró en su casa de la calle 67, la que convirtió en centro de importantísimas reuniones. Lorencita estaba presente; sus retratos y los de Clarita adornaban las paredes del recinto. Uno de él y su esposa, cuando asumió la Presidencia de la República, tenía un lugar especial. Poco amigo de la vida social, se encerraba en la vastísima biblioteca que donó al Museo Nacional para leer y escuchar música clásica. Estricto y severo en su vida privada, sólo asistía a las reuniones oficiales en su categoría de ex presidente y recibía en el salón principal de su residencia a los personajes nacionales e internacionales.

Tal vez de las facetas más destacadas de su vida fueron su intelectualidad, la visión política y el sentido de austeridad y honestidad que rigieron todos sus actos. No es fácil reemplazar a un personaje de tal categoría. Los años pasan y pasan para acrecentar su recuerdo y su figura y obligar a aquellos que tanto lo denigraron y que hoy gustan hablar de él con cierto tono irónico, a sentir una sensación de arrepentimiento. Porque las opiniones contrarias a Eduardo Santos se han venido sepultando con el paso de los días, mientras sus virtudes aumentan y crecen como las sombras cuando el sol declina.

No podemos olvidar las palabras de Alfonso López Pumarejo, cuando Eduardo Santos fue a visitarlo en su lecho de enfermo. Casi agonizante López pronunció esta frase: Qué grandes cosas hubiéramos construido para Colombia si usted y yo no nos hubiéramos dividido .

Inspirarse en todos estos detalles de la personalidad santista es tener fe en el país, en sus hombres, en el futuro de Colombia. Porque estamos seguros de que desde el más allá continúa ejerciendo presión fundamental para que los colombianos mantengan un fresco aliento de esperanza. Todo lo bueno de Colombia puede basarse en los principios que él no abandonó ni aun cuando entendía que estaba pronto el fin de su vida.

Sus familiares evocamos su memoria con gratitud y respeto. Interiormente tratamos de seguir su ejemplo, de recordar las sabias lecciones que en recintos privados dictaba y la elocuencia maravillosa de sus discursos políticos o de estilo literario e histórico. Su figura y su ejemplo estarán siempre presentes. Ese es tal vez el mejor homenaje que le rendimos sus herederos y quienes colaboraron y colaboran en este periódico.

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