JUAN PABLO II Y PINOCHET

JUAN PABLO II Y PINOCHET

Entre Karol Woytila y Augusto Pinochet no hay en apariencia paralelismo alguno. La majestad del primero es de siglos, desde que Pedro construyó su Iglesia; la majestad del segundo, que pudiera ser también de siglos, fue un accidente de la traición y del crimen masivamente selectivo. Fue el instante de Judas. Coinciden en la edad, pero esto no basta para unirlos: el uno es Papa, el otro es criminal buscando la absolución de los lores, ya que en su país lo exoneraron de culpa.

28 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

Woytila llegó de Polonia para ocupar la más alta silla de Roma; Pinochet llegó de Santiago para residir en una cárcel de lujo británica. El uno espera la santidad y el seguro trono en la Gloria; el otro, como le cantara Neruda al General Mola, el mulo, estará en los infiernos echando candela por la boca y por el ... .

Pero basta un solo encuentro de dos personas en la vida para que se empiece a creer que nacieron para vivir unidos. Uno o dos encuentros: el primero, en las calles de Santiago donde Juan Pablo II llegó a bendecir al dictador que los muertos y deudos de los muertos maldecían. El otro, en el perdón que el Pontífice pide para el anticomunista en apuros.

Y aquí se da el encuentro fortuito. El general que no tuvo piedad para los vivos que mandaba a matar y a torturar recibe el piadoso perdón de un Papa que desde joven conoció el peso de las dictaduras comunistas. El encuentro se da entonces en dos maneras de ser anticomunista en una época en la que el comunismo casi ha desaparecido. Pinochet hizo su guerra de exterminio; Woytila, desde la Cracovia donde se hizo políglota, político, diplomático y pontificalmente astuto, supo de la injusticia que se cometía contra los anticomunistas.

En el joven Woytila no cabe más que la fe en una religión que lo condujo al trono de Roma. En Pinochet cabían todas las mentiras, todas las traiciones, todas las vulgaridades de un generalote que hablaba como roto y actuaba como Hitler. Así que el Hitler que dormía en el corazón del golpista, se volvía, en la clemencia de Woytila, un Stalin a quien habrá que concederle el perdón.

Desde causas opuestas, desde corazones irreconciliables, desde la santidad del uno y la maldad del otro, un instante de la Historia los une. Quien no pudo ser generoso con sus enemigos, pues los veía en todas partes, recibe la generosidad del otro, que no ha dejado de hablar de convivencia entre los humanos. Pero la generosidad de Roma olvida los cadáveres del exterminio, olvida a los deudos, olvida a quienes perdonarían si, al menos, se hiciera justicia. Pero la justicia está en manos de los lores y no en manos de la Iglesia de Roma, que la puede pedir para el cielo y no para los criminales de este mundo.

El encuentro de un alma que imaginamos buena con un alma que encontramos perversa y demoníaca, no es más que un encuentro político. Pío XII ocultaba y perdonaba las atrocidades de Hitler porque el Fhrer era no solo el exterminador de judíos y gitanos sino el exterminador de rojos comunistas Por qué perdona Woytila, si el comunismo ha casi desaparecido? Perdona, quizá, por asuntos de alta política. O porque la complicidad entre contemporáneos es un misterio de la vida. Están despidiéndose del mundo, pero el pañuelo de la despedida que agita el Papa no es el pañuelo ensangrentado que agita desde Londres Augusto El Cínico.

Así sea por un solo instante, hay vidas que se vuelven paralelas, aunque en el caso de Pinochet y Woytila es un paralelismo absurdo. Si el infierno se hizo para los pecadores, que a los infiernos se vaya el general Augusto. Que no llegue con el visado del perdón que le extendió un Papa vivo. Que llegue con las credenciales de la historia, medio muerto, medio vivo, así lo absuelvan los lores de Britannia. Así se les muera de un infarto para resolver por siempre un asunto de Estado.

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