BATALLA PERDIDA

Recordamos hoy la batalla que en nombre de la ecología se libra desde hace varios años para evitar que las palmas de cera fueran destrozadas en la Semana Santa con el fin de que no se tomaran como una contribución religiosa a esta época, lo que, de todas maneras, constituye un irreparable daño ecológico.

29 de marzo 1999 , 12:00 a. m.

La defensa de las bellas palmas tuvo éxito en un comienzo y aspirábamos a que fueran reemplazadas por objetos fabricados con materiales sintéticos. Pero lo que se vio el Domingo de Ramos demuestra que es, por ahora, una batalla perdida. Basta recorrer a Bogotá para observar la profusión de ellas. Volvimos a caer en el mismo pecado. Si los colombianos abandonáramos hábitos como este, podríamos salvar las hermosas y centenarias palmas.

Sin embargo, se debe hacer un esfuerzo decisivo para defender el hermoso árbol, símbolo tropical, al que, sin misericordia ni conciencia, le cortan cada año el más verde cogollo. Y estamos seguros de que la Iglesia podría contribuir en gran parte. Eso no significa disminuir un acto tradicional y significativo de la Semana Mayor. Pero sí estaríamos prestándole un gran beneficio a la naturaleza.

No es fácil luchar contra las tradiciones milenarias, pero hay que crear conciencia para evitar el mal que se está causando. Por ello, todo intento es útil, con la colaboración de todos: la Iglesia, el Ministerio del Medio Ambiente, los ciudadanos civiles y militares, la propia legislatura.

Decíamos que había que celebrar la Semana Santa con espíritu nuevo. Dentro de ese renovado espíritu está el de remplazar la palma verde de cera.

A la pipa le concedimos un espacio. Otro elemento fundamental en la vida, como es la piyama, merece ser destacado.

Nadie que la use puede negar el placer que es vestirse con ella después de un fatigante día. Es permitir que la sangre fluya ampliamente por las venas y encontrar un descanso material irremplazable. Colocarse la piyama fresca y limpia es darle a la materialidad del cuerpo un espacio sosegado. Inclusive, el espíritu se relaja, la mente se renueva cuando se despoja uno del vestido diario, quizá pesado y ceñido, y se lo sustituye por ese elemento conciliador del sueño y tranquilizador de la conciencia. La piyama no solo hay que usarla, sino gozarla y, por ello, elogiarla.

Fumar una pipa enfundado en una piyama es tranquilizar el cuerpo y el espíritu y permitir que la llegada del sueño sea más fácil.

Sabemos que estos son temas triviales, pero en ciertos momentos pueden alcanzar la importancia que lleva en sí el analizar una crisis política o económica. Pensemos, por ejemplo, cuántas angustias o fatigas se han superado o aliviado cuando usamos una suave piyama. Y por eso recomendamos que, al terminar el día, nos enfundemos en ella y tratemos de alejar la mente de las cuestiones trascendentales. Así, la noche será un verdadero respiro y un reposo para que el próximo día sea, a lo mejor, más productivo.

Cuidemos, pues, la piyama como un elemento fundamental de la vida. Sueño sin piyama es sueño incompleto. Sueño con piyama es placentero, es un relajante para aquellos que día a día ven ponerse el sol y terminan extenuados, hasta que entran en la cama y dejan atrás problemas para gozarse la liviana vestimenta o disfrutar de los placeres nocturnos con ella.

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