IRAK Y PARTIA

Cuando el Emperador Augusto sofocó finalmente los últimos rezagos de la guerra civil que siguió al asesinato de Julio César, y extendió su mirada hacia los confines de Roma, probablemente pensó, como ahora algunos, que la historia había terminado. Toda Europa, hasta la profundidad de los bosques germánicos; toda Africa; toda Grecia y toda el Asia menor estaban a sus pies, o eran sus firmes aliados. Menos Partia.

12 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Partia era realmente una restauración de la antigua monarquía persa que había sido destruida siglos antes por Alejandro Magno. (Partia era una forma de decir Persia). Allí la cultura griega había penetrado bajo los sucesores de Alejandro, pero nunca había echado fuertes raíces. Era un mundo totalmente ajeno a la Roma de entonces.

En su progresiva expansión, a finales del régimen republicano que concluyó con Augusto, Roma había penetrado hondamente en el mundo oriental, y había hecho de Siria una provincia suya; pero allí en frente estaba Partia, que es lo que forman hoy los territorios de Irak y de Irán, más o menos. El choque entonces fue inevitable. Creyendo que nada había ya imposible para el empuje de sus triunfantes legiones, Roma atacó a Partia sin que mediase provocación alguna, pero sufrió una derrota catastrófica. Los partos se apoderaron incluso de las águilas y de los pendones del ejército romano, algo que para Roma fue motivo de infinita vergenza.

Quince años más tarde, Roma intentó de nuevo apoderarse de Partia, y logró algunas victorias, pero las águilas siguieron en poder de los partos. Empezó entonces a configurarse una situación de statu quo, y toda la diplomacia de los romanos y los partos se centró sobre el reino de Armenia, que era un Estado Tapón, entre las dos potencias. Tan pronto Armenia caía en manos de Roma, que imponía allí sus gobiernos títeres, como en las de los partos, que colocaban los suyos.

Este fue el gran problema que Augusto tuvo que resolver al asumir el imperio. Por la mano de su hijastro y yerno, Tiberio, logró finalmente poner un gobierno más o menos estable en Armenia; pero Augusto tenía muchos problemas internos en su propio país. Había, sobre todo, que reconstruir a la vieja Roma, destruida por la corrupción y las guerras civiles; y los gastos de aquella guerra lejana le iban a impedir sus propósitos restauradores.

Por su lado, Partia tampoco estaba ya en ánimos de seguir combatiendo. De modo que cuando Augusto insinuó su disposición a firmar un tratado de paz, los partos le cogieron la palabra y devolvieron los pendones y las águilas capturadas 33 años antes. El honor del imperio quedó satisfecho, y la paz romana, presidida por la prudencia de Augusto, ordenó en adelante la marcha del mundo, durante casi un siglo.

La historia no se repite; pero se parece.

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