CHIVAS, UNA TRADICIÓN SOBRE RUEDAS

CHIVAS, UNA TRADICIÓN SOBRE RUEDAS

Cuando empezó a subir la cuesta, el agua se evaporó y el carro se agotó, quedando suspendido en un peligroso equilibrio. Agua, el carro necesita agua , dijo el conductor.

29 de marzo 1999 , 12:00 a.m.

Las respuestas de los pasajeros, entre sorprendidos y jocosos, no se hicieron esperar. Ah! y es que a estos también les da sed? Por dónde toma el agua el camión? Por qué mejor no le dan mazamorra con leche . Ellos fueron las primeras personas que, hacia finales de 1923, abandonaron las mulas y decidieron trasladarse en carro desde Rionegro hasta El Carmen de Viboral, en el oriente antioqueño.

Pero ellos no fueron los únicos sorprendidos. El día que los carmelitanos supieron que los hermanos Antonio y Manuel José Montoya habían comprado un camión para montar carga y pasajeros, para ganar dinero, el pueblo fue una fiesta. Era el carro de las ilusiones de El Carmen de Viboral.

Se trataba de un Stud Baker que había costado 500 pesos de contado. José Castro, un viejo labrador de madera que sabía algo de mecánica, armó por 300 pesos la carrocería y con aceite de vinaza puro cocido, barniz copal y ciena roja, la pintó y bautizó Ayacucho .

El mismo José Castro era quien conducía esa tarde el camión varado en la cuesta. En el pueblo ya lo esperaban con la banda. No fue sino echarle el agua y Ayacucho subió la falda y siguió rodando por los caminos terraplenados por los habitantes para que el camión pudiera desplazarse.

Pablo Emilio Alvarez tenía cuatro años cuando ese primer carro entró triunfal a su pueblo. Aún siente en su cabeza el sonido antiguo del claxon que los campesinos comparaban con el balido de una chiva. De ahí el nombre dado a estos carros que forman parte de la historia del transporte y el desarrollo del país.

Hoy Pablo Emilio tiene 80 años. Cuando tenía 14 se hizo ayudante de carros o fogonero y recuerda que el Ayacucho duró 12 años trasegando por las carreteras de barro amarillo.

Pero llegaron otros. Aún hoy estos carros de escalera, chivas o berlinas, siguen transportando campesinos y carga por los caminos veredales.

Fue por eso que para rescatar y dignificar la tradición, así como por su riqueza pictórica, la Corporación Amor a Rionegro y la alcaldía de esa localidad organizaron el pasado fin de semana el primer Festival Nacional de Chivas y Carros de Escalera.

En el certamen participaron unas 80 chivas que en fila india alcanzaron unos 4 kilómetros y recorrieron 46 kilómetros por las principales vías del oriente antioqueño. Grupos artísticos, trovadores, chirimías, bandas, comparsas y muestras de costumbres de cada región amenizaron el pintoresco recorrido.

Pintores de chivas Además del reconocimiento al desarrollo del transporte en el país, las chivas demostraron que son una expresión artística rodante.

En las figuras geométricas, los paisajes y nombres con que adornan los vehículos está reflejada la cultura, el sentimiento religioso y el sentido del humor del país.

De los 76 años que tiene, Arnulfo Villa lleva 35 pintando chivas. Cuando se inició en el oficio, los carros prestaban servicio a los barrios de la ciudad y la decoración era escasa. Unas cuantas líneas, rayas y un aviso.

Pero después, difícil precisar en qué momento, todo fue una invención. Una libertad para crear y jugar con los colores.

La pintura gambeta geométrica es pura inspiración, nada de moldes. Eso lo llevamos como adentro, al igual que buscamos los contrastes de los colores , dice.

Húber Martínez, conocido como El Pingino , es a sus 29 años el más joven de los pintores que sigue con la tradición. A la destreza para pintar figuras geométricas suma la habilidad para dibujar paisajes a gusto del cliente y con base en muestras.

Estos artesanos trabajan con brocha para las superficies largas, pincel, compás y reglas para la decoración. Pintar un carro puede demorarse unos 20 días y cuesta en promedio 500.000 pesos.

Los nombres y frases lapidarias o refranes de las chivas no son menos llamativos que su colorido. Picaflor , Canario , Gorgojo , Bismark , El corcel negro , El niño de las monjas , El bacán , El parcero , Cosita buena , Sin amor también se vive , y otros más, no son raros en los vehículos.

El festival también sirvió para escuchar las historias y anécdotas de gente como don Pablo Emilio, que aprovechó la reunión para recordar sus años de fogonero en las chivas antioqueñas.

Sin embargo, muchos de los carros no llegaron a la cita porque no pudieron dejar de transportar a campesinos y productos desde las veredas, envueltos en polvaredas amarillas.

LEYENDA UNOS CUATRO KILOMETROS en fila india alcanzaron las 80 chivas y carros de escalera que participaron en el festival organizado en Rionegro.

Julio Cesar Herrera / EL TIEMPO

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