LA POLICÍA Y EL TORERO

LA POLICÍA Y EL TORERO

Colombia está conmocionada por los últimos acontecimientos que han tenido ocurrencia. Cada día y cada hora que pasa va haciéndose más notoria la sensación popular de inseguridad que vivimos los hombres de bien por el índice alarmante de los delitos. Ayer no más, cuando aún se avizoraba el año nuevo, se cubrió de luto nuestra sociedad, sorprendida y alarmada por el dolor y sacudida por el tremendo asesinado de quienes velan por sus sueños y protegen sus vidas, sus honras y sus bienes a manos de ese bandidaje que nos viene azotando tan cruel y cobardemente.

12 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Se trata de la muerte infame de unos modestos hombres de la Policía Nacional que no han hecho otra cosa que contribuir extraordinariamente con su martirio, voluntad, estoicismo y valor a la paz de Colombia con su cuota de sangre no superada por ninguna otra institución. Esto es imposible negarlo.

Y es así como al ver fríamente lo heroica de la misión del Policía en su lucha contra el crimen, donde realiza generosamente toda suerte de faenas y sacrificios, se me ha ocurrido, si el amable lector me lo permite, hacer de ella un símil con lo que le acontece a un torero en su encuentro en el redondel frente a una fiera de lidia.

Uno y otro, el modesto policía colombiano y el orgulloso diestro parecen signados a empeñarse en ardorosas y sangrientas batallas en donde a veces va incluido el precio de su propia vida. El primero en procura del restablecimiento de la normalidad y el bienestar de una sociedad que no se compadece con ese sacrificio, y el segundo en riesgos y suertes ante un animal peligroso para saciar de felicidad a un público histérico que quiere la muerte del cornudo.

Ambos cumplen su cometido en un ruedo y durante un tiempo, con la diferencia de que el del torero es más pequeño y por lo general solo arriesga su existencia en días feriados y en pocas horas, mientras que a nuestro policía lo vemos permanentemente, abocado al peligro todos los días, aun sin su traje de luces que es su uniforme, durante las 24 horas y en un rodondel que cubre toda la geografía nacional.

Pero mientras el matador de toros recibe, además de los aplausos, unos extraordinarios emolumentos que por lo general lo convierten en una persona justamente adinerada, nuestro guardián de la vida, honra y bienes de los asociados no deja de ser una especie de asalariado mal remunerado y acosado por muchas necesidades personales, familiares a pesar de que, como hemos visto, tanto el uno como el otro arriesgan en sus respectivas profesiones su propia existencia.

Por este sencillísimo y elemental examen y a sabiendas de que es un principio universal de la justicia y del derecho que el salario de una persona sea proporcional al peligro y al riesgo que lo ronda diariamente, es por lo que a través de estas acogedoras páginas de EL TIEMPO solicito del alto Gobierno que dentro del plan de aumento de sueldos se le de al hombre-policía lo que se merece, sin comparación ni equivalencia alguna con otros organismos del Estado.

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