ORACIÓN POR LA TARDE

ORACIÓN POR LA TARDE

Las tardes de lluvia son una sola tarde que uno vive en diferentes momentos de su existencia. Esta tarde de hoy es la misma aunque tú, lector, quizá no lo creas- que miraste caer con sus gotas azules cuando apenas sabías lo que era la lluvia.

03 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

La tarde es una sola, eterna, imperturbable; sólo tus ojos han cambiado la forma de mirar. Tus ojos que, lentamente, se fueron llenando de sueños y cicatrices. Así que, cuando miras, no sabes que frente a ti está la misma tarde que te vio mirar con sus ojos de lluvia cuando eras un niño. La misma tarde que ha visto pasar tus pequeñas historias, tus ínfimas tragedias y tu inquebrantable vocación para ser feliz, a pesar de la lluvia, a pesar de la tarde.

Una tarde de lluvia, como un tratado de filosofía, habla sobre el tiempo y el espacio, sobre la nada y el absoluto, pero en lugar de conceptos se vale de los árboles para explicar la naturaleza misma de lo inexplicable, la dimensión del misterio.

Una tarde de lluvia, como un poema, habla sobre el amor y la soledad, sobre la nostalgia y la melancolía, cuyos versos se escriben en las volubles páginas de las nubes, donde tan pronto llueve como irrumpe un arco iris espléndido. Una tarde de lluvia, como un cuadro infinito, se complace en turbar la costumbre de la mirada con asombrosas tonalidades que más parecen heridas abriéndose en el lienzo del cielo.

La presencia hostigante del sol hace que uno añore las tardes de lluvia. Que sienta su estética abrumadora, pero a la vez íntima, apoderarse de los espacios más secretos de la ciudad, encerrándola en urnas de agua que se desplazan como en cámara lenta por un profuso bosque de estados de ánimo, que son el alma de la ciudad, su conciencia azul de ser tan solo ella misma. Nada más, nada menos. Un espacio hecho de ayeres y soles perdidos, de casas viejas y nobles ladrillos, más que de edificios y vidrios congelados en un tiempo vacío. Un ámbito en el que los afectos ocupan, desde siempre, un lugar tan vasto que sería imposible designarlo con un nombre preciso. Un hechizo, una magia, que en las tardes de lluvia le arranca los velos a la ciudad y la muestra tal como es y como ha sido.

Las tardes de lluvia son ventanas de tiempo, donde hay seres solitarios asomados, viendo pasar los funerales de su memoria. Todo lo saben las tardes de lluvia, todo lo recuerdan. El placer de los cuerpos, el dolor de las almas: los exactos itinerarios que han seguido las ilusiones perdidas.

Registran también las anécdotas de la casa, de aquella casa blanca con altos techos de madera y patios sucesivos, allí donde todas las historias convergen comenzando, por supuesto, por la historia de esta página.

Una historia que no acaba, que apenas empieza a conjugar los laberínticos verbos de su destino. Una historia que es de todos y al mismo tiempo es única, como las tardes de lluvia.

Cuánto misterio hay en estas cosas, qué indescifrable resulta a veces la ciudad común donde nos (des)encontramos un día tras otro. Para quienes fingen creer que la vida de un ser humano es del tamaño de su estatura, y no del tamaño de lo que ese ser humano alcanza a ver en el mundo, de seguro que no habrá en las tardes de lluvia el menor motivo para las radiaciones íntimas.

Pero hay otros seres, estoy seguro, a quienes conmueven estas naderías que lo son todo. Seres de brisa y silencio, que llevan la ciudad por dentro como se lleva un recuerdo o una esperanza, y han regresado de las falsas certidumbres con la fe inédita del que ya sabe que la vida no es nada de lo que parece ser.

Imagino que esos seres comparten conmigo esas dádivas misteriosas. Y, sin saber quiénes son, les entrego sin más esta columna. Esta tarde de lluvia.

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