POR AQUÍ ANDUVO EL COMANDANTE

POR AQUÍ ANDUVO EL COMANDANTE

La estrategia de Hugo Chávez era atacar la cocina por el flanco izquierdo. Se metía entre las ollas de la cocinera Ruth Niño y la emboscaba con palabras de amistad para sacarle mayor provecho a unos almuerzos bogotanos de 1.200 pesos, porque no tenía plata para más.

08 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

En ese entonces, el hoy presidente de Venezuela estaba prácticamente sin un centavo. Era julio de 1994 y Chávez acababa de llegar a Colombia luego de salir de la cárcel, en donde estuvo retenido casi dos años tras su fallido golpe de estado.

Por eso, Chávez se encontraba bajo la dictadura de su propia austeridad cuando aceptó la propuesta de José Chacón, presidente de la Fundación Simón Rodríguez, que lo invitó a quedarse cinco días en Bogotá en una especie de hospedaje de beneficencia que ha servido de refugio a familias de desplazados.

- Coronel, no tenemos recursos para darle comodidades. Incluso, solo podemos pagarle los pasajes suyos y los de un acompañante - le dijo Chacón a través de una llamada de telefónica que estuvo a punto de quebrar su precario presupuesto .

- Compatriota, no se preocupe que yo acabo de estar metido en la cárcel - le respondió el ex militar golpista, entusiasmado con la idea de hacer más amigos de la filosofía política de Simón Bolívar mediante charlas en universidades y entrevistas con políticos colombianos.

Unos días después, el hombre que prácticamente barrió a sus contendores en las elecciones presidenciales de Venezuela, inició su visita más pobre al país.

Chávez caminó como un desconocido por las calles de Bogotá, conoció los trancones desde los asientos de los taxis y se aprendió los secretos de la lengua en salsa metido en la cocina de Ruth Niño, la mujer que lo alimentó durante su estadía en el hospedaje de las Juventudes Trabajadoras de Colombia (JTC).

A esta casa vieja de la Candelaria llegó acompañado de cuatro amigos, cinco vestidos verde militar, una dotación de camisetas blancas y varios libros de Bolívar. Entró al hospedaje con toda la artillería de su carisma. Incluso, Niño aún no se explica cómo permitía que un desconocido, y extranjero, se le metiera a la cocina a ponerle charla en medio de los almuerzos.

Cumpleaños de poesía Se hizo amigos de todos en este hotel de camarotes comunitarios. En pocos días montó trincheras de lealtad con los aseadores, el administrador y las ayudantes de Niño. No se quejaba de la sencillez de la comida ni del agua fría que puso a prueba ese calor bolivariano del que él tanto hablaba para sintetizar la necesidad de unir las naciones latinoamericanas.

Lo llamaban: comandante y coronel ; y el les decía: compatriotas . Nadie se quedó por fuera de sus filas y por eso lo premiaron con una torta la noche del 28 de julio, cuando cumplió 40 años. En esa ocasión Chávez dio una orden irrefutable: hizo subir al salón de actos a todas las cocineras para que lo escucharán declamar poesías.

Pero también cantaba corridos y canciones llaneras , dice Niño, que ahora guarda como un tesoro las fotos en la que aparece compartiendo unas cervezas con un presidente de América.

Esas fotos adquirieron un valor inusitado. A Niño ya le embolataron una, en tanto que Alberto Echeverry, otro trabajador del hospedaje, decidió guardarlas bajo llave en su casa.

Ambos saben que en su próxima visita, Chávez dormirá en otro sitio. Tal vez en algún Hilton , dice Niño. Pero están seguros de que su amistad puede con cualquier protocolo y por eso ahora se preparan a enviarle cartas al Presidente a la dirección que él les dejó antes de regresar a Venezuela.

Los locos de Boyacá Antes de su viaje de retorno, Chávez dio otra orden indiscutible. Tenemos que ir al Puente de Boyacá , dijo y a los directivos de la Fundación Simón Rodríguez, entre los que se encuentra el actual representante Gustavo Petro, no tuvieron más remedio que buscar un carro prestado para cumplirle este sueño bolivariano.

Por eso, Petro, Chávez y otros amigos terminaron reunidos en el sitio en donde Bolívar culminó su gesta libertadora. Allí el ex coronel comandó un juramento colectivo.

Todos levantaron la mano y prometieron crear un movimiento para revivir la filosofía de la Gran Colombia y unir inicialmente a Panamá, Colombia y Venezuela.

Los turistas que se encontraban en el lugar creyeron que estaban frente a un montón de locos. Sólo un policía de turismo, a punto de jubilarse, respetó la escena en silencio porque hace más de 200 años Bolívar hizo lo mismo en el Monte Sacro, en medio de las miradas curiosas de varios italianos.

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