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EL AZUFRAL NO ES EL EVEREST...

EL AZUFRAL NO ES EL EVEREST...

Y volvimos al Azufral. Siempre nos ha gustado. No importa que sea el más bajo de lo volcanes activos colombianos. No importa que casi se pueda llegar en carro hasta el borde del cráter, recorriendo en campero los 14 kilómetros desde Túquerres. No importa que queden ya muy pocos frailejones, destruidos por la voracidad de ganaderos y papicultores. No importan muchas cosas. Nosotros lo queremos y punto. Tres días antes habíamos completado la travesía desde el Cumbal hasta la Reserva de Planada; el día anterior habíamos llegado hasta los 4.000 metros, en el Chiles, con el ánimo de observar los cóndores que ahora han traído a este nido de volcanes y de picachos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Hoy hemos elegido el Azufral, el nuestro. Ya lo hemos subido más de una decena de veces, con buen tiempo, con lluvia, con viento y... con nuestros pies. Alguna vez lo intentamos desde Túquerres en carro, pero los dioses de la montaña castigaron nuestra comodidad: el vehículo quedó enterrado en el barro.

Partimos de El Espino; allí la carretera se abre y se lanza Nariz del Diablo abajo, en busca del lejano Pacífico nariñense. Hemos pasado por Aldana y por Guachucal, el pueblo más alto de Colombia: un viento helado lo barre a menudo, desbocándose sin resuello a 3.100 metros sobre el nivel del mar. Tomamos el camino del cementerio. Es suave y conduce directamente al Azufral. Me gusta este cementerio; la verdad es que me gustan todos. Nadie me lo está preguntando, pero soy autoridad en cementerios, desde el más célebre del mundo, el Pere Lachaise de París, hasta el más hermoso del orbe, el Staglieno de Génova, pasando por los bellos y minúsculos camposantos de los Alpes... y éste de El Espino, en Nariño (Colombia). La tapia se está desmoronando ahora y al pie de ella crecen flores blancas y amarillas, flores de vida. Al fondo, como telón, se levanta el espaldar final, oriental del Azufral.

Ricardo Orbes, mi compañero, y yo, nos detenemos en cada curva del camino. Nuestro sendero está ahora florecido, y algunas matas más precoces nos ofrecen sus pepas comestibles. Hay olor agreste. A medida que avanzamos vamos ganando en horizontes sobre este hermoso paisaje de Nariño, con el discreto encanto del minifundio. Las parcelas fabrican sobre la tierra el tapiz sicodélico de todas las tonalidades de verde. A un lado se levanta el cerro Colimba, que es un domo volcánico apagado. Y en la misma dirección del Cumbal y más allá del Chiles. En esta mañana despejada alcanzamos a divisar la mole nevada del volcán Cayambe del Ecuador. Hacia el norte vemos la cresta del volcán Galeras, humeante. Desde que salimos de El Espino nos estamos preguntando cómo estará el túnel. Allí el camino se cierra, las paredes suben y al final la vegetación sirve de techo. Nos dio tristeza. Machetes y buscadores de leña están destruyendo rápidamente este santuario formado por bosquecillos de páramo. Los quiches son todavía abundantes y las grandes inflorescencias de orquídeas amarillas aún se ven. Hacia el oriente miramos el celebrado Páramo de Paja Blanca que surte a 19 acueductos veredales de siete municipios de la región. Es una fábrica de agua. Ya en la escena Los pocos frailejones que aún se ven en esta ladera se dejan querer. Parecen resistirse a las quemas y al fenómeno de la potrerización que está acabando con el agua en Colombia. Cuando, casi en la cumbre, el caminito tuerce a la izquierda en el cráter, decidimos seguir ladera arriba.

Se observan los dos picos que señorean la Hoz de Minamá y más lejos se adivinan las selvas bajas del litoral Pacífico. Si es que quedan selvas porque Corponariño, al decir de las gentes serias y honradas, está entregando las selvas a la ambición asesina de los madereros. Y más cerca de nosotros se impone el telón soberbio del Cerro Gualcalá o Dedo de Dios y sus contrafuertes. Empatamos con el camino que viene de Túquerres y seguimos hacia la cumbre del filo hasta los 4.100 metros, siempre mirando la maravilla que llena el cráter del Azufral: la Laguna Verde, no por reflejo sino por los componentes en sulfatos. Es una visión memorable: casi un kilómetro, incluida la última vuelta que no se ve.

Nos sentamos; Ricardo saca el té con limón, su bebida-bandera y allí largo rato sentados miramos cómo el cielo, bastante cubierto ya de nubes, va imprimiendo diversos matices al verde de la laguna.

Descendemos lentamente, cámara en mano, fotografiando las flores del cráter. En el amplio arenal blanco levantamos nuestra carpa. El viento es fuerte, pero la estructura de iglú resiste bien los embates. Ahora el Azufral tiene una novedad: cuatro palomas blancas, que son gaviotas, sobrevuelan. De dónde vinieron? Dónde anidan? De qué se alimentan? Un misterio! Mientras levantamos la carpa revolotean cerca de nosotros, curiosas.

Al lado de la laguna, ubicada a 3.780 metros sobre el nivel del mar, se levanta una colina blanca amarillenta. Es la parte más activa del cráter. Hay allí centenares de agujeros pequeños por los que salen los vapores. Huele a huevo. Cristales brillantes de azufre se ven en estas minúsculas fumarolas. No faltan los nombres escritos en piedras. Esta maldita manía que tienen tantos colombianos de estropear los lugares más hermosos escribiendo nombres y pintando corazones.

La noche fue fría y despejada. Por qué me pareció que era éste el cielo más cargado de estrelllas que he visto en mi vida? Más que en el Orinoco, en el Sahara, en Africa y en la isla Providencia. Sería la emoción? Juro que las estrellas se atropellaban por brillar.

Ricardo tenía ganas de sopa. La preparó o al menos hizo el intento porque tampoco él fue capaz de darle digestiva sepultura. En cambio, el té con limón fue espléndido brindis en esa noche bella del Azufral y cálido remate a esta temporada que nos llevó por todos los volcanes de Nariño.

El descenso fue rápido al día siguiente, pero no menos emotivo. Bajar de las cumbres impone respeto cuando se ha ido a ellas a comulgar con la soledad y a dialogar con el viento. Interlocutor a veces incómodo y que azota, pero nunca defrauda. Terminamos alrededor de una mesa cordial, siendo yo víctima de una invitación: a comer cuy, exquisita delicia del campo nariñense. El Azufral no es el Everest, pero el Everest tampoco es el Azufral. DATOS VITALES Cómo llegar Vía aérea: Bogotá-Pasto $57.990, ida y regreso Vía terrestre: Pasto-Túquerres: $3.000 De Túquerres al cráter, a pie, 14 kilómetros. Dónde dormir En Ipiales, Hotel Mayasquer: hab. sencilla $16.300, doble $21.900

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