EL HOMBRE DE LA CARRERA 73

EL HOMBRE DE LA CARRERA 73

Comenzó a caminar en las vacaciones de fin de semestre de 1979 y no paró hasta 15 años después cuando una trombosis lo forzó a cesar en la huida y retornar a sí mismo.

04 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Tendido en una cama de la Clínica de Occidente tuvo la certeza de que lo más grato que había hecho durante muchos años, había sido caminar. Al principio lo hizo por cercanía: la casa de sus tíos estaba a dos cuadras y media de la suya. Luego, la cotidianidad y repetición de esos tránsitos en búsqueda del paraíso bibliográfico le mostraron una nueva forma de comunicarse evadirse, decía su madre con el mundo que le resultaba tan antipoético.

Caminar le permitía refugiarse en tejados y cornisas, en ventanas y dinteles, en puertas y en umbrales. Por entonces su atavío consistía en pantalones de liencillo o de mezclilla, t-shirt sin estampados, ambos de color natural no solo porque estéticamente le agradaba así, sino porque en una revista tomada una tarde al azar en la hemeroteca de la Universidad Bolivariana, descubrió que la ropa sin aditivos contribuye a la preservación del planeta. No es que fuera un ecologista de miedo. No lo desvelaban muchas posturas ideológicas. Pero a su gusto creciente por caminar le iba bien la existencia de un mundo sin tropiezos. Quizá por ello usaba sandalias de franciscano, cuando no zapatos tenis sencillos, Croydon, como esos que ahora los muchachos llaman pisahuevos.

Cuando comenzó a caminar adquirió, sin querer, la costumbre de ver. Se volvió un observador acucioso de cada detalle, cada cambio, cada transformación. A su mirada de hipermétrope, no obstante, no escapaba nada. Años después, recostado en ese camastro, tuvo conciencia de ser, lo que se dice, un metiche. Virtud que le ha servido para ejercer 12 años de periodismo ya que, tal como un buen día se lo pronosticó su padre recostado en el balcón de su casa en la carrera sexta con calle 88 de Bogotá, con la Filosofía no ha hecho más que padecer insomnio. Se fue grabando los nombres de calles y carreras, de avenidas, droguerías, librerías, cafés. Sabía ubicar con precisión de mapa el punto cero de Maracaibo con Mon y Velarde, Sucre con Maracaibo, La Playa con Giraldo, La Diez con la Avenida del Poblado y, por supuesto, San Juan con la carrera 73.

Apuró el café irlandés de la tarde, raudo se despidió de los afiches deslucidos de Lautrec escuchando al marcharse esa tonadilla que puso de moda a Machado caminante no hay camino, se hace camino al andar y tomó la Avenida Colombia rumbo a la carrera 73. Con la llegada de la noche, un olor de lirio del valle se expandió en el entorno. Entonces, no le bastó a su obsesión de contar de 150 en 150 los pasos estirados sobre la noche lenta, hasta llegar a ese mismo punto, el de su soledad, en el cruce con San Juan.

Sintió su cuerpo de 19 años como una máquina. Respiró profundo ese aire del Valle de Aburrá polinizado por el lila y el amarillo de los guayacanes en flor. Percibió cómo se activaban los músculos de sus piernas: el sartorio, el aductor mediano, el recto interno, el recto anterior, el vasto externo, el vasto interno, el cuádriceps, los glúteos, el crural, los gemelos, el tensor de la fascia lata sí que le gustaban los latinajos que aprendía en clase de Medieval y reconoció el roce de sus huesos, a veces tierno, a veces erótico, como lo eran sus relaciones con las compañeras de universidad: el fémur con la pelvis, la tibia con el peroné, tensado como la cuerda del violín de Carlos Villa durante el último concierto de la Sinfónica en el Teatro Pablo Tobón Uribe.

Al llegar a la esquina de San Juan con la 73 la vio venir ataviada con una chaqueta de verde dril. Ella lo saludó con esa sonrisa cínica y temblorosa que formaban sus delgados labios. La rótula le traqueó mientras el calcáneo, el astrágalo, los metatarsianos y las falanges iniciaban una sinfonía deslucida en las junturas de su estructura ósea de caminante rudimentario. Entonces, la oyó excusarse, como siempre. Mentir, como siempre. Despedirse, como siempre. Y abandonarlo, para siempre.

Inhaló de nuevo con ritmo acompasado manteniendo intervalos constantes con la exhalación. Como lo había aprendido años atrás en sus clases de yoga en la Gran Fraternidad Universal, la del viejo barrio de Prado de donde su mamá lo hizo retirar por miedo al contacto con tanto desarrapado. Y como lo había refrendado en su fugaz tránsito por el gimnasio El Molino de la Avenida Nutibara, cuando quiso meterle formas a su cerebro de ratón de biblioteca.

Sentía su corazón henchido, no ya de amor para qué amor después de tanta soledad sino de sangre. Le era dable intuir en su propio cuerpo los vasos comunicantes de los que hablara Breton. Ah! Si al menos recuperara su ejemplar comprado a crédito en la Librería Continental y olvidado una tarde en el atrio de la iglesia de El Poblado. El bombeo de sangre había aumentado y sentía pasar rápido un caudal rojo y esparcido por el pulmón.

Su piel blanca porque detestaba el sol y tenderse de cara a él le picaba como una agujeta en la carne sentía la vasodilatación y como era un inconstante con los ejercicios y con tantas otras cosas aparentemente nimias cuando emprendía estas largas caminatas para huir de sí mismo y de sus fantasmas y de sus desamores, los brazos y piernas le rascaban de una manera desesperante. Sabía que a través de los poros estaba perdiendo agua y sodio y potasio y quién sabe cuántas otras sustancias nombradas en las aburridoras clases de anatomía del Colegio de San Ignacio y ahora olvidadas por este émulo de los últimos filósofos vivos.

Cuando caminaba repetía una y otra vez sus monólogos, sus disertaciones éticas acerca de la preeminencia del bien o sus lucubraciones estéticas en torno a la validez de lo bello. Eran discursos circulares, muy borgianos. Cíclicos como la estructura del movimiento denominado caminar que, según la historia y aun la teogonía, permitió a ese ser rodante, el andrógino cósmico descrito por Platón, ser hombre. Curioso le resultaba que la sección deportiva de El Colombiano dijera que también son cíclicos los movimientos del ciclismo y la natación. Como los de su pensamiento.

Supo que para el olvido la mejor fórmula sería caminar otra ciudad, atravesar otras calles y otras carreras, construir otra memoria, luego volver, cerrar el círculo y comenzar a ser. Y empezó a dejar de huir. Tomó el viejo Dahiatsu verde manzana que se rehusaba a utilizar como prótesis para su locomoción, empecinado como estaba en ser un caminante de la ciudad y cogió carretera.

A mitad del camino entre la nada y un nuevo mundo, se apeó. Los músculos del cuerpo se empezaron a contraer y él fue feliz por tener carne, sangre y piel. Aumentó el flujo, se dilataron las arterias y su corazón, como un sabio semiólogo, interpretó estos signos, aumentó la frecuencia del bombeo y se sintió agotado pero feliz. Había aprendido a caminar sin escapar. Sentía oxigenada su sangre que pasaba veloz como esos automóviles por la autopista y sudaba goterones cálidos.

Supo que había llegado a un paraíso no perdido porque se sintió tranquilo. Las endorfinas, esas hormonas dichosas, que había secretado durante el recorrido, le permitieron dormir sosegadamente, sin sobresaltos. El autoconocimiento que había emprendido cuando comenzó a caminar le dejó intuir que su corazón andaba sin sentirse sobrecargado, permitiéndoles a sus otros sistemas funcionar.

Ese placer que le producía recorrer a pie calles y carreras le facilitó, por fin, poner los pies sobre la tierra. Y volver a amar. De sobra sabía que a la cordura y a la locura solo los separa un umbral. Límite que él no estaba dispuesto a atravesar. Su corazón, ya alado, tenía pies en tierra. Lo otro sería volar. Y él era caminante, no pájaro.

A medida que hacía acopio de las imágenes que la nueva ciudad le obsequiaba a raudales, comenzó a percibir una mejor ventilación pulmonar. De su casa al diario donde escribía crónicas culturales había una distancia de 33 cuadras que él recorría tarareando saldo a caminar, por la cintura cósmica del sur sin problemas, sin ahogos, con el alma holgada.

Su estructura ósea y también la muscular, no sufrieron muchos cambios con los nuevos rumbos. Al fin de cuentas él no era un atleta de pista, sino un caminante de ciudad. Sintió fortaleza en sus músculos y felicidad en el estiramiento de sus coyunturas. Las caminatas y la recuperación del amor se constituyeron en un entrenamiento para su corazón. Su alma estaba ligera de cargas y su cuerpo de riesgos cardiovasculares. Por eso, mirando caminar a la gente a través de la ventana de la habitación número 401 de la Clínica de Occidente, comenzó la más ardua, excitante y valerosa caminata de su vida: la de la introspección.

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