UN HOMBRE SIN VIDA

UN HOMBRE SIN VIDA

Cierta vez, cuando le obsequiaron una biografía suya, Borges manifestó que era probablemente buena, pero que no le interesaba. Sin embargo, este hombre que vivió para sus libros, y que desechó como inconsecuente cualquier otra vida, ya ha sido objeto de varias biografías, con más que han de venir.

04 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Un autor que se deleitaba haciendo reseñas de libros inexistentes, se ha convertido entonces en protagonista de libros acerca de su monótona existencia -rotulada así a menudo-, como ensayista, editor, poeta y narrador, bibliotecario y, posteriormente, profesor. La paradoja circunda todo lo de Borges escritor y Borges hombre.

Borges: Una Vida, de James Woodall, es la mejor biografía de que se dispone ahora sobre esta influyente figura. Periodista inglés que vive en Berlín, Woodall se sitúa a distancia prudencial, porque no es argentino (ni siquiera latinoamericano) y porque Borges murió hace más de un decenio. Bien investigado, desplegando un conocimiento más que adecuado de la historia argentina, su libro se beneficia por el hecho de que no es un erudito de la literatura latinoamericana: ha sido capaz de explotar el filón sin la tentación de convertir a su personaje en monumento. No está comprometido en disputas acerca del legado literario de Borges (de quien es cronista imparcial), ni participa en las escaramuzas sobre su política, las cuáles, afortunadamente, parecen haberse extinguido. Más importante: ha escogido lo mejor de biografías anteriores, sin fijarse en defectos. Nos proporciona un retrato muy exacto del hombre y un sofisticado panorama de su obra. Una de las virtudes del libro es que no pretende ser borgesiano.

Los hechos de la vida de Borges pueden reducirse al mínimo: nacido en 1899 en Buenos Aires, de una familia culta pero poco adinerada, se educó en Argentina y Europa, para regresar a su ciudad en 1921. Su carrera como escritor comenzó en serio en los 30s, aunque su trabajo sólo se difundió ampliamente en inglés a partir de los 60s. En sus últimos años, dictaba conferencias en todo el mundo, pero donde se sentía más cómodo era en la poco mundana soledad de su biblioteca. Borges pasó la mayor parte de su vida en compañía de su madre viuda, quien le leía a medida que iba encegueciendo. Se casó por primera vez a los 68 años, con una novia de la niñez, y se divorció tres años después. Unas cuantas semanas antes de su muerte, en 1986, se casó con su secretaria y compañera de viajes, que fue su alumna.

El solterón Mi única reserva en cuanto al por lo demás sensato libro de Woodall es la de que no resistió la tentación de hacer hincapié en la sexualidad de Borges. Una gran oeuvre siempre se ve desproporcionada en relación con quien la produjo, quien parece ordinario, en comparación. El crítico tiene que hallar alguna razón para la originalidad, y la más fácil es convertir al autor en desadaptado o iconoclasta. En el caso de Borges, esto último no era opción viable; entonces (como muchos otros antes), Woodall busca la clave en el desafecto de su personaje por la vida. En esto, la distancia lo desvió, haciendo que le aplicara concepciones nórdicas de la sexualidad a un hombre que, en cuanto a buena parte de su madurez, sería para la sociedad hispánica un solterón. Reconocidamente torpe con las mujeres, Borges fue un latinoamericano de su tiempo. Se vio desgarrado entre la adoración por una mujer como Estela Canto, rica uruguaya que llegó a ser una de sus confidentes, y el deseo sexual que pudo (y ocasionalmente logrósatisfacer con otras. En todo esto, Borges fue más ordinario de lo que Woodall reconoce.

Desafortunadamente, su erróneo concepto tiende a interpretar la oposición de Borges a Perón, a quien responsabilizó de bibliotecario, como un barato drama sicosexual, en el cuál el escritor repudió el modelo macho del dirigente porque jamás podría equiparársele. Esto disminuye a Borges, quien se opuso al fascismo por razones filosóficas y hasta estéticas. Woodall resulta más perspicaz cuando asevera que si Borges puede hoy enseñarnos algo... ello es que la imaginación, esa capacidad hacedora del mundo interior, todavía vale la pena de que se le consagre toda una vida.

Es tentador atribuir el estilo literario de Borges -su ambigedad elegante, su desdén por la realidad, su inclinación por la paradoja- a su final ceguera, casi total, y a habérsele concedido los libros y la noche, como dice en uno de sus poemas, ironía que no debe, agregó, devaluarse con lágrimas o reproches. Con similar olímpico desprecio, desdeñó la mayoría de los discursos literarios del siglo; con excepción de cierto coqueteo con la vanguardia en su juventud, hizo caso omiso de los movimientos artísticos.

Descartó la novela porque, a su parecer, se deleita con tipos anormales que a la larga resultan previsibles. Más aún: le disgustaban los libros extensos y proclamaba que hay muchas páginas de Proust que son tan tediosas como la vida misma. Conservador en política, fue repudiado por el marxismo en la teoría y en la práctica. Aborreciendo el sentimentalismo, rechazó la política y la poética de la identidad cultural que durante tantos años predominó en América Latina. En un país como Argentina, tan ansioso de novedades intelectuales y artísticas, las rechazó todas.

Woodall tiene razón cuando habla del control de Borges como escritor. Lo que es más notable en su prosa es la ausencia de vestigios de retórica latina, lo cuál es una hazaña mayor en una lengua romance, pero es un mérito que a menudo se pierde en la traducción al inglés. Es también poco común que, en tanto que económica casi hasta la exageración, su prosa ostente tantos adjetivos; estos comunican el ahora familiar efecto borgesiano, a través de matices sutilmente oximorónicos (dichos agudos de apariencia frívola). Es como si cosas, ideas, palabras, existieran tan sólo para él en sus variaciones, en sus ligeras desviaciones de una esencia hace mucho abandonada o inexistente. Hay mucho humor en Borges, así como cierta extravagancia, como cuando proclama que la novela policíaca es la forma literaria preeminente, o exalta a un escritor menor como Evaristo Carriego, pero desecha a Ortega y Gasset, por su excesivo empleo de metáforas.

Imaginación, su fuerza la más sostenida estrategia de Borges fue la concisión. No escribió novela ni pretendió erigir ninguna doctrina filosófica. En cambio, elaboró sucintos ensayos, que se leen como cuentos breves, y cuentos que se leen como sucintos ensayos. En esto, creó un personal subgénero de ficción. Sus libros (sobre todo Ficciones, Laberintos y El Aleph ) son como ensambladuras de partes diversas que sugieren haber pertenecido alguna vez a un todo, pero a un todo que sólo pudo haber existido como forma de negación.

Borges experimentó nostalgia por las grandes creaciones, como La Divina Comedia, pero creía, no sin cierto toque de melancolía, que tales obras son imposibles en el mundo moderno. Sentía lo mismo en relación con intrincados sistemas filosóficos, que le parecían el resultado de la arrogancia intelectual, cómica o trágicamente condenada al fracaso: simples subproductos de nuestra desviada nostalgia por la utopía.

Entre los maestros del siglo, se equipara a Kafka por su oronda ironía y su resignado nihilismo. La fuerza más positiva de su universo es la imaginación, capaz de sondear el abismo del ser con rápidas pero intensas vislumbres. La revelación y el autoconocimiento llevan su obra, al igual que en la tragedia clásica, a la muerte, como si la realización intelectual fuera tan sólo un parpadeo que se cierra, a la manera de una alucinación, por la inminente extinción del ser. En el relato Dios y la brújula, el detective prueba su teoría justamente cuando el criminal que por fin atrapa, lo mata. Una de sus más originales contribuciones fue su capacidad de comprimir la tragedia en un género menor como es el cuento policíaco.

Woodall escribe elocuentemente sobre la temprana fascinación de Borges por las enciclopedias, lo que motivó en él una dependencia mayor de la información catalogada, que de la información investigada, que le duró toda la vida. Esto provino, no de una preferencia por la superficialidad, sino de la desconfianza en el anhelo de organizar el conocimiento. Le gustaba subrayar, a menudo humorísticamente, lo arbitrario de las clasificaciones, y la enciclopedia es el perfecto emblema de tal escepticismo. Es una ideal metáfora borgesiana, os incidentes de la vida de este autor, escribió cierta vez Borges de Kafka, no proponen otro misterio que el de sus relaciones no examinadas con su obra extraordinaria. Cómodamente podría decirse lo mismo de Borges.

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