HASTA CUÁNDO

A pesar de haber regresado al diario, hace ya dos meses no había vuelto a escribir mi columna por una razón: la rabia. Pero al pasar los días y las semanas y ver que no se calma, y por el contrario aumenta, decidí escribir sobre esa rabia que tengo y que estoy seguro muchos sienten también.

06 de enero 1998 , 12:00 a. m.

La principal rabia que como todo sentimiento tiene ciertos niveles de graduación es contra la clase política, incluyendo su exponente máximo, el Presidente Samper.

Y es una rabia que contiene diversos matices, pues el daño que esta le hace al país ya ni siquiera tiene que ver con su manera de hacerse elegir a través de la ya tradicional clientela sino con el negocio que tienen montado para primero usufructuar el dinero público, robándoselo a borbotones; y segundo, sacarle jugo al dinero privado entregando leyes y concesiones valiosas a los mismos con las mismas.

Para nadie es un secreto que el Congreso y el mismo Presidente tienen sus propias agendas privadas claro, unas más privadas que otras, como las que tienen con los narcos. Y es a ellas más que al interés general a quienes atienden ya de manera franca y descarada.

No de otra manera se puede justificar el hecho de que el mismo ponente de la ley de extradición sea a los pocos días acusado de recibir dinero del narcotráfico y nadie, mucho menos en el mismo Congreso, ponga el grito en el cielo. Ni siquiera siendo prófugo de la justicia, pues hasta ahora no se ha presentado.

O la sarta de leyes aprobadas con beneficio y casi que con nombre propio, en especial aquellas que tienen que ver con los narcos, pero no podemos excluir otras que benefician a los grandes conglomerados económicos del país.

El bien público está hipotecado, eso no es nuevo, antes también, mas no con los excesos de hoy. Y tanto el Congreso como el Presidente lo tienen en venta. Al mejor postor, que casi siempre es o el mejor amigo o el que otorga respaldo económico, político o informativo. En esas andamos. Acaso no es como para tener una piedra del tamaño de la roca de Gibraltar! La otra rabia es contra nuestra famosa clase dirigente empresarial. Que, cautiva del Estado y de quienes manejan sus riendas, entregó su alma y hoy hace parte integral de ese contubernio corrupto que nos tiene donde nos tiene.

Al seguir apoyando a los mismos, lo que los lleva a cometer errores como el de Carlos Holguín Sardi en el Valle, sin distingos ni estrategia acorde con la situación aunque hay esfuerzos aislados por financiar campañas de candidatos honestos y a la espera de una retribución, la clase empresarial está sembrando las semillas de su propia destrucción.

Este país no puede seguir acumulando su riqueza en unas pocas manos. Como ha sucedido en el gobierno de la gente, donde este que hace parte de la agenda privada del Primer Mandatario se redujo a unos pocos amigos cuya inversión en la campaña y durante el gobierno les ha resultado muy rentable. Como para otra piedra más grande que la anterior.

El otro piedronón tiene que ver con los guerreros. Soberbios, dueños de la palabra y de la verdad, de izquierda o de derecha, por igual, creen que nos pueden imponer su minúscula razón. Que esté justificada o no es otra cosa. Pero cuando diez millones de colombianos dan la demostración de paz más grande que ha tenido este país hasta ahora, su sordera ya solo puede calificarse de estupidez.

Hasta cuándo vamos a permitir que esos pequeños grupos, por poderosos que sean, sigan apropiándose del país? Hasta cuándo vamos a seguir mirando, impotentes, cómo se roban los fiscos nacionales, departamentales y locales? Qué tiene que pasar en este país para que despertemos? No podemos esperar que la clase empresarial se dé cuenta de su fracaso y, de pronto, decida cambiar sus prácticas. Va y nos quedamos esperando. Es a los ciudadanos a los que les va a tocar cambiar esas estructuras podridas que hoy nos hacen el tercer país más corrupto del mundo.

Hace poco más de dos meses los colombianos vimos cómo cuando el pueblo participa pueden cambiar las cosas. Se derrotaron grandes cacicazgos de políticos tradicionales, y se habrían podido derrotar más si las registradurías departamentales y locales no estuvieran en manos de los políticos. De ahí que a lo único a lo que le temen los políticos, los empresarios corruptos e incluso los guerreros, es a la participación del ciudadano.

Por qué no despertar en las próximas elecciones de Congreso? Por qué no dejar de apoyar a los mismos y más bien le apostamos a mucha gente buena y nueva que quiere barrer esa cueva de Rolando? Por qué no empezar ya, en vez de esperar, inermes, el milagro del 8 de agosto que no se va a dar? Empecemos ya; que sea el gran propósito nacional del 98. Y saquemos esa piedra que llevamos dentro.

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