SÓLO UN ESPEJISMO

SÓLO UN ESPEJISMO

Los toros de Concha Navarro llevaban nombres pretenciosos, como Bonito y Presumido , aunque no tuvieran nada de qué presumir: ni de presentación (salvo el tercero: pero ese se llamaba Bardo , y cantó la gallina), ni de bravura. Uno, el quinto, no había tenido empacho en que lo bautizaran Magnífico , pero fue un buey, rajado de manso desde que salió al ruedo hasta el arrastre. Como había sido un buey también el cuarto, que se llamaba Sin miedo , pero tenía tanto que al salir huido de los muletazos del torero pegaba una nerviosa coz, por si acaso.

06 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Tuvieron, sin embargo, una virtud, no debida a su casta sino al complicado entramado de los negocios taurinos. Por alguna razón, algo tiene que ver Joselito o su apoderado Martín Arranz con esa ganadería; y a causa de esa relación salió dispuesto a torearlos. Si hubieran sido de cualquier otro dueño, no hubiera perdido con ellos ni un minuto: al segundo muletazo hubiera ido a buscar la espada de verdad para despacharlos sin contemplaciones. Pero en esta ocasión, y pese a ver cómo eran, quiso lucirlos. O por lo menos taparlos . Gracias a lo cual pudimos ver en Cañaveralejo el espectáculo, inusual en cualquier plaza, que es Joselito persiguiendo toros por el ruedo, porfiando por sacarles pases a la fuerza. Y vimos vistosísimos quites de su arte de capotero; al cuarto, uno por navarras; y al primero, otro complicado y largo de frente, por detrás con una revolera, por la espalda entre un lance y el siguiente, cuyo nombre ignoro, pero que se tiene que llamar joselitana .

Y en la reverberación del calor, vimos además un espejismo. El reflejo del inicio de faena al primer toro en las tablas pulidas de al barrera, junto al burladero de matadores: el negro borroso del toro, el rosa luminoso del capote y el oscuro azul de sus reveses, y el rielar corinto y oro de las luces del traje.

Nada más. O bueno, sí: dos espléndidas estocadas. Joselito ha recuperado en Cali su sitio con la espada, y ha vuelto a ser el estoqueador infalible que solía. Lo cual significa que mata a los toros, no con la mano, como intentan hacer muchos, sino con todo el peso del cuerpo: con el brazo y el hombro, con el pecho, con las piernas, con los dedos de los pies. Por lo demás, la tarde entera rezumó ese pesado aburrimiento que transmiten los mansos descastados.

A Manuel Caballero le tocó en suerte el mejor ejemplar de la mansada: el sobrero que reemplazó al segundo de la tarde cuando éste se partió un pitón al topar contra un burladero. Había hecho una salida de manso, pero mostró buen tranco en los lances de capote. Y después, muy bien toreado por Caballero en los medios, tuvo fijeza y calidad. Caballero lo toreó por templados derechazos (por el pitón izquierdo no iba bien), y hasta le hubiera cortado una oreja de haberlo matado bien, a la primera. Pero lo pinchó en hueso.

A Dinastía , en cambio, le tocó el toro de mayor peligro, que era también el más bonito: un castaño oscuro relampagueante. Largo y bien hecho, que llegó a la muleta distraído y gazapeando, sin dejar colocarse al torero. En la segunda tanda de derechazos se coló y lo prendió feamente en un fuerte volteretón que en el primer momento pareció de cornada seria. Pero en un par de minutos reapareció en la arena Dinastía para citar de nuevo la embestida por el pitón del percance, como hacen los valientes. El toro insistió en buscarle el cuerpo, por los dos pitones ahora. Dinastía no pudo hacer más que igualarlo para la estocada, y tirarse a matarlo con todas las ganas de hacerle pagar el susto.

El sexto fue un toro todavía peor que los cinco anteriores.

Terminada la soporífera corrida se anunció que Diego González torearía y mataría el toro del pitón partido. Más toros de Concha Navarro? No, por Dios. La plaza se vació, pero muchos se quedaron a verlo: las peñas, los ganaderos, los monosabios, los acomodadores de camiseta roja, y lo que parecía ser, por su asombroso número, la totalidad de los efectivos de la policía de Cali. Un agente inmóvil en la base de cada columna de la plaza, y de pie en los graderíos un bloque de búsqueda al completo, como para un allanamiento. El picador iba vestido de campo, los banderilleros, de calzona de plata y en mangas de camisa. El joven matador, de traje corto y negro, parecía indefenso en el inmenso ruedo y ante los tendidos vacíos, como un pajarito desplumado. Pero estuvo muy bien con el capote, y consiguió arrancarle al toro tandas de calidad. Mató esta vez sí de una buena estocada.

Y estoy seguro de que ya adivinaron los lectores cómo fue el toro desmochado. Pues sí, como los otros: descastado y manso.

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