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MI GRANO DE ARENA

MI GRANO DE ARENA

Lamenté de veras no estar presente en los actos conmemorativos del cincuentenario de la OEA. Fue este uno de los proyectos acariciados por más largo tiempo dentro de las inquietudes de Alfonso López Pumarejo.

Corría el año de 1936 y debía celebrarse en Buenos Aires la Conferencia Interamericana para la consolidación de la paz. El Presidente de entonces, dentro de su propósito permanente de recuperar la iniciativa colombiana en la política continental, concibió la idea de proponer una reforma radical de la Oficina Panamericana, para transformarla en una Organización de Estados Americanos, semejante a la Liga de las Naciones, surgida de la Primera Guerra Mundial, exactamente como ocurrió con la creación de la ONU, con la diferencia de que el Congreso estadounidense improbó la iniciativa del presidente Wilson, promotor del la Liga, y, en cambio, los presidentes demócratas Roosevelt y Truman consiguieron consolidar la Organización de las Naciones Unidas, cuya sede acabó siendo Nueva York.

Difícil es imaginar, a la luz de hoy, lo que significó para los países latinoamericanos el viraje que Franklin Delano Roosevelt le imprimió a la diplomacia norteamericana bajo el sugestivo nombre de la política del buen vecino . Los antecedentes no eran muy alentadores: nada menos que la intervención militar permanente en México y en Centroamérica, bajo los gobiernos de ambos partidos. El caso de la secesión de Panamá fue el más cínico entre miles de episodios de intervención norteamericana en el continente.

Cuando el secretario de Estado Hull enunció en la Conferencia de Montevideo de 1933 el propósito de modificar la relación entre los Estados Unidos y sus vecinos, López fue el primero en pedir un voto de aplauso a los delegados allí presentes para protocolizar la promesa del secretario de Estado norteamericano.

La nueva política se iba abriendo paso en las cancillerías latinoamericanas y fue así como Colombia osó porque no es otra la palabra proponer, en 1936, una reforma radical de la Unión Panamericana, cuyo secretario era un estadounidense designado por su gobierno y pagado por el tesoro de su patria, y, tras consultar a las repúblicas hermanas previamente, Colombia se hizo presente en la Conferencia para pedir un pacto regional, sustitutivo de declaraciones unilaterales, como la doctrina de Monroe, por una asociación de Estados en pie de igualdad, en la que las partes se pudieran tratar de tú a tú, no obstante las diferencias de poderío económico, demográfico o militar. Esta primera iniciativa, contenida en una carta del presidente López Pumarejo a Roosevelt, en respuesta a la que este había hecho circular entre las cancillerías americanas, tropezó con una gran oposición del grupo que se sentía vocero de los países de Suramérica, es decir, Argentina, Brasil y Chile, cobijados bajo la sigla de El ABC . Solamente la República Dominicana, en plena dictadura de Trujillo, apoyó el proyecto colombiano que, como es obvio, era mirado con cierto desvío en los círculos derechistas norteamericanos. Tal oposición no desalentó al gobierno de Colombia y, por el contrario, envió como delegados para sostener su tesis al canciller Jorge Soto del Corral, al ministro de Gobierno, Alberto Lleras Camargo; al embajador en Washington, Miguel López Parejo; al ex canciller Roberto Urdaneta Arbeláez y al senador José Ignacio Díaz-Granados. Con la excepción del doctor Darío Echandía, era lo más granado de la llamada República Liberal, ya que el conservatismo había decretado la abstención entre sus parciales frente a todo proyecto de iniciativa gubernamental. El haber jugado sus mejores cartas demostraba el interés colombiano en la búsqueda de nuevos términos de relación entre los Estados Unidos y el resto del continente.

Recuerdo un debate en el Congreso, en donde se le increpó al gobierno su descomunal fracaso al no haber contado sino con un solo aliado y haberse hundido su iniciativa sin pena ni gloria. Alberto Lleras respondió diciendo: Esto no es como un partido de fútbol, en el que hay unos que ganan y otros que pierden, según el número de goles. Se trata de un proceso y de un proceso de largo alcance . La mayor conquista de aquella conferencia fue ver consagrado, por primera vez, el principio de la no intervención de un Estado en los asuntos de otros, los primeros elementos de lo que se llamaría más tarde el Derecho Internacional Humanitario. El haberse debatido la conveniencia de hacer reconocer como un sistema regional ante la Liga de las Naciones de Ginebra, al Interamericano, en el caso de que se adoptara la propuesta colombiana, significó un valioso antecedente para la que sería más tarde la Conferencia de Chapultepec.

Vientos de guerra soplaban por el mundo entero. La Liga de las Naciones, por aquellas calendas, empezaba a sufrir insuceso tras insuceso en Europa y en Asia. No había podido poner término a la invasión japonesa de Manchuria ni a la invasión italiana de Etiopía, pero, curiosamente, había tenido dos grandes éxitos en América del Sur: el poner fin a la guerra del Chaco y hallarle una solución al conflicto de Leticia entre Colombia y Perú. Prudentemente, los Estados Unidos comenzaban a prestarle una especial atención a la América Latina, cosa que no se había conocido nunca antes. De la Conferencia de Lima (1938) surgió la iniciativa de formalizar los nuevos términos de relación a que me he venido refiriendo y, dentro de tal espíritu, los delegados promovieron una comisión que debía redactar los nuevos estatutos de lo que, hasta entonces, había sido la oficina de la Unión Panamericana, dependiente de Washington.

Para 1945, tras la victoria aliada y ya bajo la inspiración del ministro de Relaciones Exteriores de la segunda administración de López, Alberto Lleras Camargo, se realizaron los preparativos para obrar en la Conferencia de San Francisco como un solo bloque unificado. El proyecto de recrear una nueva Sociedad de Naciones, con participación universal, iba siendo aceptado como una necesidad para la preservación de la paz. Obviamente, el principal interés latinoamericano era obtener, con el carácter de un pacto regional, un reconocimiento de la futura Organización de Estados Americanos dentro del esquema de la ONU. Ninguna otra región del planeta contaba con una integración regional semejante.

No se publican en Colombia, como se hace en muchos países, al cabo de treinta o más años, las instrucciones emanadas de la Presidencia de la República para ser puestas en ejecución en el curso de una conferencia como la de Chapultepec. Si así fuera, se comprobaría de qué manera el presidente López influyó en forma decisiva para ir dándole cuerpo a su propuesta de 1936.

Corría el año de 1945 y la desafortunada experiencia del Tratado de Versalles de 1918 les había dejado a los vencedores una lección: la de que era necesario un nuevo tratamiento frente a los vencidos, los cuales, si bien es cierto que se verían excluidos de la Organización, como quien dice, puestos en cuarentena, en lugar de exigirles cuantiosas reparaciones en dinero, se les ayudó, más tarde, a reconstruir sus economías para hacerle frente a la inminente rivalidad con el mundo comunista.

En este ambiente de forcejeo se reunió, en 1948, la Conferencia de Bogotá, a la cual tantos historiadores se han referido en artículos recientes, a propósito del asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán y de cumplirse los primeros cincuenta años de la OEA. Pocos meses antes se había elegido como primer director de la Unión Panamericana al ex presidente Alberto Lleras Camargo, cuyo nombre había sido postulado con el apoyo de algunos países hermanos frente al mexicano Pedro de Alba, que estuvo al borde de ser elegido si hubiera conseguido la mayoría calificada que requerían los estatutos de la institución.

El recuento de las tres votaciones, que culminaron en junio de 1947 con la elección de nuestro ex presidente como primer director, puso a prueba el prestigio de que, para entonces, disfrutaba Colombia. En la primera votación el candidato mexicano Pedro de Alba obtuvo, sobre 20 votos, 13 votos contra 7 de Alberto Lleras. En la segunda, estuvieron prácticamente empatados: 10 votos por Lleras Camargo, 9 por De Alba y un voto por el embajador del Brasil, doctor Muñiz. Fue entonces cuando el ex presidente López Pumarejo, miembro a la sazón del Consejo de Seguridad de la ONU, viajó a Washington, a pedirle al gobierno de Roosevelt, a través de David Rockefeller, que inclinara su voto a favor de nuestro candidato, con el objeto de que quedara en manos de un estadista tan eminente como Alberto Lleras Camargo darle vida a la nueva institución. El doctor De Alba, ante la inminencia de su derrota, retiró su nombre de la tercera votación, en la cual Alberto Lleras obtuvo 16 votos, De Alba 3 votos, Muñiz un voto y uno en blanco.

Se gestaba, entre tanto, la redacción de los nuevos estatutos de la Organización de Estados Americanos, con la brillante participación del delegado de Colombia, el eminente jurista doctor Antonio Rocha, documento que, sometido por el canciller colombiano Eduardo Zuleta Angel al estudio de las delegaciones interamericanas, que habían hallado refugio en las aulas del Gimnasio Moderno, dio origen a la organización cuyo cincuentenario se celebró el jueves último.

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