HOTEL SANTA CLARA CARTAGENA DE INDIAS

HOTEL SANTA CLARA CARTAGENA DE INDIAS

Después de 373 años de su primera vida, 240 como convento y 133 de abandono, usos inadecuados, maltrato, deterioro y amenaza de ruina total, fueron necesarios dos años y medio de cuidados intensivos y restauración para que Santa Clara, claustro, convento, orfanato, hospital, cárcel, universidad, taller de bellas artes y oficina deportiva, renaciera a una segunda vida de esplendor a las puertas del año 2000. Esta sería, a zancadas con botas de siete leguas, su escueta cronología que, a lo largo de estas páginas trataré de ampliar en sus momentos más memorables; no todos felices pero siempre cosidos con la historia de Cartagena de Indias, la entrañable ciudad que lo alberga y que hoy se engalana con el como uno de los más prestantes hoteles de la cuenca de nuestro mare nostrum , el Caribe.

12 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Fue en el año de 1607, con Cartagena con 72 años de fundada, cuando la comunidad de las Clarisas, constituida en Asís en 1212 por la noble Clara Portinari a inspiración del santo de La Porciúncula, llegan a Cartagena a coadyuvar con sus rezos y sacrificios en la labor misionera de la Iglesia en las colonias españolas del Nuevo Mundo. Aquí como en Asís, son las limosnas y donativos, entre estos el más significativo el de dos mil quinientos pesos de la dama cartagenera Doña Catalina de Cabrera, los que les permiten, después de 14 años, erigir su claustro, capilla y convento con planos atribuidos a Simón González, autor de otros edificios de la ciudad, e instalarse en el en 1621.

Por aquellos tiempos, todo estaba rigurosamente reglamentado por la Iglesia Católica, sus concilios y las bulas papales sobre la clausura obligatoria de todas las órdenes religiosas femeninas; aún la forma, estructura y dimensiones de sus conventos, norma que puede apreciarse en Cartagena en los claustros de Santa Clara y Santa Teresa e inclusive en los masculinos de San Francisco, La Popa o San Diego.

La forma cuadrada regía las proporciones y organización del conjunto. Los corredores de la planta baja y el piso principal se vinculaban al patio central por arcos de medio punto soportados por austeras columnas. Muros altos y cerrados hacia el exterior ocultaban las celdas, apenas rotos por altas aberturas o, mejor, con tragaluces iluminaban pero impedían la vista. El portalón principal siempre estaba cerrado a las visitas, pocas de ellas autorizadas. El contacto eventual se hacía a través de tornos para conversaciones o paso de objetos. Las monjas oían la santa misa, se confesaban y recibían la comunión a través de rejas y celosías. El convento era todo un tratado de artilugios arquitectónicos para asegurar la invisibilidad y el enclaustramiento; Santa Clara era un modelo clásico del rigor de estas normas en la disposición de portería, sacristía, locutorio, refectorio, enfermería, celdas de profesas y novicias, celdas de castigo y secesión y demás estancias.

Sobrio y austero en su monacal belleza, Santa Clara se hermana arquitectónicamente con muchos conventos de clausura tanto en España como en América, con su pequeña iglesia de una sola nave de planta rectangular, arco toral que define el presbiterio y contrafuertes exteriores. A pocos metros del mar abierto, sufre los embates de marejadas, vendavales y riadas que obligan en la segunda mitad del siglo XVIII a construir el tramo de muralla faltante, a pesar de la cual la mar insiste y debe ser reconstruida varias veces. Nada arredra a las clarisas, ni piratas, ni flotas navales enemigas ni mares de leva a conservar su convento, para el cual sólo a finales de ese siglo cesan las remodelaciones y reparaciones de emergencia.

La vida en el convento transcurre sin mayores acontecimientos ni sobresaltos hasta bien entrado el siglo XIX, cuando en 1861 el General Tomás Cipriano de Mosquera promulga el decreto ley de expropiación de bienes de manos muertas y las clarisas, cobijadas por tan drástica medida, quedan privadas de todos sus bienes muebles e inmuebles, entre ellos, el más importante, su amado convento; son desalojadas, se embarcan para La Habana y nunca vuelve a saberse nada de ellas. Lo que no pueden llevarse es rematado por los funcionarios que ejecutaron la expropiación. Era el triste final de una historia de dos siglos y medio buscado tenazmente por los librepensadores a quienes escandalizaba la clausura, el rigor de la Regla, la improductividad económica y el retraimiento de la vida monástica. No dejaron rastro alguno de la historia del convento y lo condenaron al limbo del olvido. Esto hizo muy ardua la investigación posterior para su restauración y repoblamiento de recuerdos, que debió apoyarse en las ruinas, en la exporación arqueológica y en las descripciones de terceros.

Abandonado, vacío y expuesto a los rigores de la salinidad y el clima tropical, Santa Clara tiene en su segunda y dolorosa etapa nuevas e insólitas funciones; primero como cárcel hasta 1884, cuando se traslada allí el Hospital de La Caridad, atendido por las Hermanas de La Presentación. Deteriorado, el hospital ocupa tramos habitables levantados en el siglo XVIII en los terrenos del antiguo huerto, a tiempo de que, refaccionadas las ruinas del claustro central, se habilitan para albergue de huérfanos manejado por las Hermanas de la Caridad. Poco después, hace su incursión la arquitectura republicana, muy inspirada en el estilo neoclásico francés, en nuevos tramos hospitalarios sobre la calle del Curato, de los cuales se hace cargo en 1929 el arquitecto Gaston Lelarge. A mitad del presente siglo, el hospital levanta un anfiteatro y se añade un tercer piso.

Desalojado como hospital en 1974, Santa Clara sufre otros nueve años de vacancia y mayor deterioro seguidos de otra época de maltrato a expensas de la instalación de dependencias de Medicina Legal, aulas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, talleres de la Escuela de Bellas Artes y, como si fuera poca su penuria, oficinas de la Liga Departamental de Béisbol. Todo estaba invadido de maleza y plagas; campeaban las grietas, los desplomes y los hundimientos. Las cubiertas llenas de huecos y filtraciones, la espadaña del templo maltrecha y sin campanas, era la fiel imagen del total abandono y vergenza para el sereno y entrañable barrio de San Diego, para el casco antiguo amurallado y para toda la ciudad.

A fines de la década de los años 60, las autoridades del Municipio de Cartagena y del Departamento de Bolívar, preocupadas por el deterioro de la arquitectura del casco antiguo amurallado, en especial de ciertos edificios valiosos y muchas construcciones domésticas, plantean la posibilidad de aplicar en la ciudad los postulados que la Unesco, la OEA y los organismos especializados han considerado para la recuperación del patrimonio arquitectónico mediante su restauración y adecuación a nuevos usos, tan dignos como el original. Faltaba aún una década para que estas autoridades se decidieran a sacar a subasta pública esos bienes, proceso que se cumple para Santa Clara a principios del año 90 cuando la firma de arquitectos Arias Serna y Saravia, secundada por un selecto grupo de inversionistas sensibles y visionarios, deciden participar en la puja y adquieren el convento con el firme propósito de sacarlo de su ruina, restaurarlo, introducirle con respeto las mejoras y comodidades de la vida contemporánea y dedicarlo a hotel de gran categoría.

A pesar de que el diagnóstico inicial de los expertos es alarmante, los anima el hecho de que, entre tanta ruina, los rasgos formales y estilísticos de cada época eran plenamente legibles y establecen tres niveles de trabajo: exploración y restauración, adecuación a la nueva función hotelera y realización de obra nueva. Era preciso, habida cuenta de la marcada diferencia entre lo colonial y lo republicano, integrar con destreza las dos épocas para que el conjunto cumpliera con el rigor funcional que un hotel presenta, quizás tan complejo como el de un hospital.

En medio de tanta heterogeneidad cronológica, era indispensable identificar lo esencial de cada intervención y liberar, tanto el convento como el hospital, de todo aquello que no les perteneciera lícitamente, a tiempo que, mediante calas y exploraciones, se descubrían asombrosos rasgos de antiguos muros y, en muchos de ellos, valiosas muestras de pintura mural, cubierta por los años y las sucesivas capas de enlucidos. Y, como norma general, dejar expresa constancia de todo material nuevo, no mimetizarlo con el original y hacerlo fácilmente removible en el futuro cuando así se requiriera.

Con fino y respetuoso humor y como homenaje a la función primitiva de cada estancia, también se manejó la nueva distribución asignándole a cada una funciones relacionadas: restaurante en el refectorio, auditorio en la nave del templo, habitaciones en las celdas, recepción en la portería y cabinas telefónicas en los confesionarios.

Largo y prolijo sería el relato detallado de las proezas tecnológicas que implicaron la reconstrucción, restauración y adecuación, materias de revista especializada que pasamos por alto, sin dejar de rendir tributo a todo el equipo que las realizó, para dejar a nuestros lectores a las puertas de la espléndida inauguración el 15 de octubre de 1994, felizmente coincidente con la Cumbre de los Países No Alineados.

Fidel Castro, Yasser Arafat, el Príncipe Hussein de Jordania se contaron entre los primeros huéspedes ilustres del nuevo hotel que, promovido por la Accor, organización mundial líder en creación de complejos hoteleros y operada por Sofitel, experta en más de 130 países, le imprimieron desde el principio el sello de sobriedad, elegancia y confort que caracteriza la hotelería francesa en el Caribe.

Del respetuoso manejo de las plantas arquitectónicas del antiguo claustro y del hospital republicano, resultaron 134 habitaciones y 28 suites, todas con aire acondicionado y disfrutando alternativamente de la vista del patio, la ciudad antigua o el mar Caribe. Y como servicios complementarios, el gimnasio Santa Clara Spa , la piscina y varias piletas de torbellino. Y para quienes lo privilegian durante la semana como base de actividad empresarial, todas las facilidades secretariales, fax, computadores, fotocopias y correo electrónico.

Un hotel en Cartagena de Indias, en el centro del mar Caribe, no estaría completo sin el atractivo gastronómico. Para el efecto, Santa Clara integra el refinamiento de la cocina francesa, la exuberancia de la culinaria caribeña y la domesticidad de la comida conventual en tres recintos que compiten por su propia identidad como lo son el restaurante El Refectorio , antiguo comedor de las Clarisas especializado en cocina francesa, el San Francisco , dedicado a la culinaria italiana, con capacidad para 50 comensales en el interior y una extensión en la terraza para 40 adicionales y el café El Claustro , brasserie con buffet y servicio a la carta. Y para los más jóvenes de cuerpo y espíritu, el bar El Coro , secularizada su función, para disfrutar del jazz y la música caribeña, decorado a la manera de una antigua bodega colonial.

Con la prestancia de Santa Clara, el antiguo y bien conservado barrio de San Diego que lo acoge ha recobrado su serenidad y todo el casco antiguo ha recuperado una de sus más preciadas joyas. Así lo apreció la Federación Internacional de Profesionales Inmobiliarios, FIABCI, y el jurado de su concurso anual FIABCI 1997, al otorgarle el Primer Premio en la categoría de Mejor Proyecto. El mismo jurado conceptuó que Santa Clara debería representar a Colombia en el certámen internacional de la Federación correspondiente al año de 1998 y, de nuevo, allí obtuvo el máximo galardón, el Prix D Excellence en la categoría de Turismo y Recreación, en dura competencia con 825 proyectos de todo el mundo. Ahora Cartagena de Indias, Patrimonio de la Humanidad, tiene en Santa Clara un nuevo motivo de prestigio que ayudará a mejorar nuestra imagen y estimulará al turismo internacional a regresar al Caribe Colombiano.

Fotografía de ORLANDO SANCHEZ Recuadro de créditos HOTEL SANTA CLARA CARTAGENA DE INDIAS, COLOMBIA Año de 1995 Diseño ARIAS, SERNA Y SARAVIA LTDA.

Arquitectos ALVARO JOSE ARIAS, LUIS FERNANDO SERNA, MARCIA VECCHIATO, GERARDO RODRIGUEZ, ANA MARIA ARROYO, JORGE LUIS BOLAÑOS, MARIANA COMBARIZA, MARIA FERNANDA URIBE.

Restauración Arq. RODOLFO ULLOA VERGARA Asesoría en restauración Arqs. ALFONSO BENEDETTI y VIRGINIA GUERRERO, ing. JORGE ROCHA Asesoría hotelera Arqs. MIGUEL MENDEZ y JOAQUIN UMAÑA Colaboradores PATRICIA DURAN, MARCELA GUZMAN, LILIANA LONDOÑO, LUISA FERNANDA BOTERO Residencia de obra Zona colonial: JULIO RIBON y VICENTE AZUERO Zona republicana: RUBEN MANTILLA y DIANA PUELLO Consultores técnicos Estudio de suelos: Luis Fernando Orozco + Diseño estructural: Proyectos Estructurales, Carlos Alberto Medina + Diseño hidro-sanitario: Plinco S.A. + Diseño eléctrico: Julio César García y Asociados + Diseño de iluminación: Axel Brans + Diseño Aire Acondicionado: Alvaro Tapias y Cia. + Diseño estructuras metálicas: Aceral + Seguridad y control: Antonio García Rozo + Interventoría: Pérez Arciniegas y Cia. Ltda. + Escaleras eléctricas: L.G. Industrial Systems.

Decoración MIGUEL SOTO y ANTONELLA VASQUEZ Construcción ARIAS, SERNA Y SARAVIA LTDA. + ASESORIAS Y CONSTRUCCIONES Promotor: HOTEL SANTA CLARA S.A.

Entidades financieras: FIDUCIARIA COLMENA + INSTITUTO DE FOMENTO INDUSTRIAL IFI + BANCO GANADERO Recuadro créditos libro Libro HOTEL SANTA CLARA CARTAGENA DE INDIAS EDICIONES ALFRED WILD 1997. Santafé de Bogotá. Carrera 1a. 76-A-36 Tel. 313 23 31/ 23- Fax 345 73 98 Dirección editorial: Diego Amaral Ceballos y Mario Jursich Durán Asesoría editorial: Arq. Rodolfo Ulloa Vergara.

Investigación y texto: Mario Jursich Durán y Rymel Eduardo Serrano Fotografía principal: Orlando Sánchez Reproducción fotográfica: Miguel Pinilla Diseño editorial: Diego Amaral y John Naranjo Armada, paginación y producción gráfica: Zona Ltda.

Preprensa: Cargraphics S.A.

Impreso en Colombia por Panamericana ISBN 958- 95327-8-0

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