AMÉRICA LATINA: LAS RAÍCES DE LA CORRUPCIÓN

AMÉRICA LATINA: LAS RAÍCES DE LA CORRUPCIÓN

Carlos Roberto Reina, lúcido y elocuente, inauguró su gobierno como presidente de Honduras con un vibrante discurso en contra de la corrupción. Tres días más tarde Rafael Caldera hizo lo mismo en Venezuela. Unos meses antes Ramiro de León Carpio había llegado a la presidencia de Guatemala por una rocambolesca aunque legítima vía, con la decisión de terminar inmediatamente con las coimas y la deshonestidad tradicionales. En Panamá gana fuerza la candidatura de Rubén Darío Carles con el argumento de que no va a permitir la menor dosis de robo o peculado. Y quien conozca al famoso Chinchorro sabe que habla en serio. De él puede decirse lo que alguna vez se afirmó de cierto político español: podrá meter la pata, pero nunca la mano . Carles es un hombre meticulosamente honrado. Y parece que eso, exactamente, es lo que quieren instalar los panameños en el Palacio de las Garzas. Habrá llegado a la América Latina, como afirmaba, hermosamente, Carlos Roberto Reina, la hora de la revoluc

24 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

Por qué un número elevadísimo de latinoamericanos está siempre dispuesto a apoyar al golpista de turno? Porque si creemos que los políticos son una banda de malhechores fuera del alcance de la ley, con patente de corso para saquear la hacienda pública, qué importa que un general entre con un tanque en la casa de gobierno y usurpe a tiros el poder? Por que los latinoamericanos van a defender con sus vidas las pomposas constituciones redactadas por los parlamentarios, si con frecuencia ministros, legisladores, funcionarios y presidentes violan esas mismas leyes que periódicamente conculcan los militares? El argumento de que eso ocurre en todas partes es una verdad parcial e inútil. Precisamente, las democracias más prósperas y sólidas son aquellas en las que los índices de corrupción son más bajos y en las que esos delitos se persiguen con rigor. En Estados Unidos hay numerosos legisladores, alcaldes y funcionarios condenados a prisión por delitos que van desde la evasión de impuestos hasta la aceptación de sobornos. En Estados Unidos es razonable salir a defender la Constitución, contra cualquiera que pretenda anularla, porque esas leyes de la nación lo mismo sirven para hacer sudar al presidente Clinton por unas oscuras inversiones en bienes raíces, como para expulsar deshonrosamente de la vicepresidencia al inescrupuloso señor Spiro Agnew.

Algo de esto puede decirse de Inglaterra, Holanda, Suiza o los países escandinavos. La corrupción existe, pero es infinitamente menor que la que padecemos en América Latina, y siempre está sujeta a la censura moral de esas sociedades y a la persecución de oficio ante los tribunales. De ahí la estabilidad democrática de estos países: el contrato social funciona adecuadamente. El Estado de Derecho no es una figura retórica sino un hecho comprobable. La ley es igual para todos los ciudadanos.

No obstante, es probable que la corrupción, más que una grave enfermedad de nuestro cuerpo social, también sea el síntoma más evidente de un problema muy profundo: la distancia emocional que separa al bicho latinoamericano de la noción del bien común. Ese mismo ciudadano que protesta airado contra la corrupción, es incapaz de respetar las señales de tránsito, mantener limpias las ciudades o entender que si queremos servicios hay que pagar impuestos.

Esto quiere decir que la propensión a ser corruptos en la esfera del sector público, es algo que forma parte de la naturaleza ética de una inmensa masa de latinoamericanos. Con frecuencia, la persona que se comporta admirablemente en el ámbito familiar, y aún en el de las actividades comerciales privadas, no encuentra ningún freno moral en esquilmar o perjudicar al Estado.

El argentino Alberdi la más lúcida cabeza liberal de nuestro continente ya en el siglo pasado advirtió esta nefasta esquizofrenia y trató de hallarle una explicación racional: los pueblos que descienden de la tradición romana de gobierno decía heredaron la confusión entre bien público y bien privado. El César disponía de los bienes del Estado porque él era el Estado, y era Dios, y era la fuente única del poder y la autoridad. De esa confusa amalgama surge nuestra lamentable percepción. Nosotros nunca hemos sabido lo que pertenece al César y lo que pertenece a Dios.

Triunfará la revolución moral que quieren Reina, Ramiro de León, Carles y tantos otros políticos de nuestros días? Es posible, pero me parece que tener gobiernos honrados es sólo una parte de la cuestión. Si la batalla contra la corrupción no se lleva a todos los ámbitos de la convivencia, si no se explica en las escuelas, si no se les advierte a las personas que se puede ser un pobre corrupto, porque para ello basta no conocer los límites entre los bienes públicos y los privados, tal vez no se logre demasiado. Hay que ir a la raíz del problema. Y parece que es muy honda. (Firmas Press).

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