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PROCELOSOS AÑOS DE GESTACIÓN

PROCELOSOS AÑOS DE GESTACIÓN

Yo sentí que después de esa guerra todo el pasado quedaba destruido, y todo tenía que justificar un nuevo comienzo . (Stefan Zweig)

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
29 de noviembre 1998 , 12:00 a. m.

Si hemos reconocido, durante medio siglo, que el 16 de noviembre de 1948 fue fundada la Universidad de los Andes, es porque disponemos del acta de fundación que se suscribió en esa fecha y que luego sirvió para protocolizar la escritura pública que dio lugar a su nacimiento jurídico; y si recordamos también las incidencias de su apertura de tareas, en marzo o en abril de 1949, es porque conocemos un buen número de testimonios y menciones de quienes asistieron a esa sencilla ceremonia. No tenemos, en cambio, sino algunas alusiones someras que nada nos dicen sobre las circunstancias históricas que vivían Estados Unidos y Colombia durante la segunda mitad de la década de los años cuarenta, dentro de los cuales se cumplió la gestación de la Universidad, y es necesario por lo tanto detenerse, aunque sea brevemente, sobre esos tiempos de posguerra, no para volver a historiar el oscuro aluvión que desató la barbarie totalitaria, sino para entender el sentimiento de la época y sus íntimas relaciones con la germinación de la Universidad.

Aunque la segunda guerra había sido la más destructiva de todas las guerras, fue más extenso y profundo el sismo espiritual de los países combatientes. Parecían pesar todavía en la conciencia de cada ser humano los crímenes contra la infancia, el sacrificio innominable del pueblo judío, las grandes hogueras crepitantes de libros ilustres, la dignidad humana escarnecida, la ciencia herida mortalmente en sus ambiciones morales y deshonrada por la crueldad de sus aplicaciones. El hombre de Occidente, el sobreviviente, sintió que había perdido no sólo la ilusión de una cultura europea sino que se había quebrado su sistema de convicciones y, como ya Zweig lo había dicho, todo justificaba en él un nuevo comienzo. Secretamente ansiaba reconstruir un estado de fe. Como si tuviera una deuda con su edad, como si estuviera comprometido en un vago y colectivo sentimiento de culpa.

Pero, además, no habían cesado las tensiones bélicas. Una vez terminada la guerra, la frontera oriental de Occidente fue progresivamente ocupada por la Unión Soviética. Esto es, todo el este y el sudeste de Europa quedaba sojuzgado por Rusia. Al denunciar Winston Churchill esta situación, advirtió expresamente a las naciones de Occidente que la Unión Soviética había levantado un telón de acero en el centro de Europa, y en el año siguiente, 1947, el presidente Truman declaró que Estados Unidos estaban dispuestos a apoyar a cualquier nación amenazada por el yugo comunista. A partir de estos hechos va a comenzar la larga y dura guerra fría , cuyos primeros campos de batalla fueron las Naciones Unidas. En los años 1946 y 1947 se va a protocolizar el Pacto Atlántico, que institucionaliza la defensa colectiva de Occidente, y dos años más tarde la Unión Soviética hace estallar su primera bomba atómica de experimentación, colocando a las dos potencias mundiales en una situación que va a conocerse como el equilibrio del terror , con la amenaza tácita de un encuentro nuclear que podría poner fin a la aventura del hombre sobre la tierra.

Es entonces, con el telón de fondo de este espacio histórico, cuando surge Mario Laserna, acompañado por un grupo de jóvenes colombianos, como una especie de San Francisco con sus frailes entre las guerras de la Edad Media, no para predicar el ideal de una nueva orden sino la necesidad de fundar una universidad en Colombia, país que una gran parte de sus interlocutores no alcanzaba a ubicar claramente entre la geografía de Sudamérica.

Dos factores Es explicable que Mario Laserna, fundada ya la universidad, pudiera contratar para ella profesores de prestancia internacional, porque durante el conflicto y en años posteriores, significativas personalidades europeas, empujadas por las persecuciones raciales y las terribles consecuencias bélicas, estuvieron dispuestas a emigrar a la América libre. Primeramente, desde luego, a Estados Unidos, en virtud de que durante la guerra se había desplazado el centro de gravedad de Occidente para consolidar la hegemonía mundial de Norteamérica, y después, en alguna medida, a la América hispana. Pero cómo explicar que para una pequeña universidad, incipiente y distante, Mario hubiese logrado constituir un Consejo Consultivo encabezado por Einstein e integrado por muy ilustres profesores y directivos de las grandes universidades norteamericanas? Fue desde luego el primer factor esa aflicción secreta del espíritu, que ya señalamos como característica de la posguerra, y en la cual se sentía una inclinación natural de contribución a la realización de todo proyecto que de alguna manera se ocupara en rescatar los valores perdidos y en restablecer los niveles de la dignidad humana. El proyecto de Mario respondía de tal modo al sentimiento de la época, que atrajo fácilmente a selectos espíritus de su tiempo. Solo así se puede explicar el gran número de nombres representativos, y a veces insignes, que integraron la lista de fundadores y del Consejo Consultivo.

La personalidad de Laserna Dietrich von Hildebrand lo calificó como un joven sudamericano, original y dotado . Lo cierto es que la gente lo encontraba, como era, sencillo y directo. Escueto. Ajeno a las retóricas persuasivas. Lo sentían a la vez profundo y cándido. Tan informal y antiprotocolario como respetuoso de personas y normas. Pero seguramente lo que más atrajo a sus interlocutores, lo mismo en Norteamérica que en Colombia, lo que más le ofreció credibilidad, fue la dirección ética en que se movía. No existía en sus proyectos ningún interés material, de provecho propio. Todo tenía su norte en el bien común, en el interés público, o en apoyar a quien demostrara una aptitud intelectual, o una suma de conocimientos, que pudiera ser útil a la sociedad en que vivía. Este fue finalmente el aval moral que promovió, sin duda, la voluntad de cooperación que encontró en Estados Unidos y en su país, como concurrencia creadora que remontara, a través de la educación, el espectáculo de un mundo que había entenebrecido las mañanas del ser humano.

Pero había en Mario otro atributo que también apreciaron, que ha sido siempre objeto de admiración en Norteamérica: la osadía de quien se compromete en una empresa difícil, y la serenidad y la entereza con que logra salvar sus obstáculos. El reconocimiento de estas calidades también comprendía a los jóvenes más visibles del grupo universitario, que andaba entre los 21 y 22 años, y que habían compartido con Mario, desde sus comienzos, la esperanza de la nueva universidad: Francisco Pizano, José María Chaves, José María de la Torre, Jorge Franco, Roberto Rodríguez Silva, Julio Ortega Samper, Gabriel Salazar y Mauricio Obregón, el mayor, tan memorable en todas las etapas de la Universidad.

Este grupo de jóvenes universitarios que terminaban en Estados Unidos, hacia 1947, sus estudios profesionales, se despedían de su universidad dentro de un cruce histórico de caminos. Por una parte, ensombrecía la vida de Occidente la tensión social y política de la guerra fría y, por otra, se abría una nueva confianza en las potencialidades humanas, y la convicción de que el desarrollo de la democracia, de la economía y de la educación, conduciría al advenimiento de un mundo mejor. Esta confianza en la solidez y perspectivas de un orden próspero, y aun opulento, que alcanzaría gradualmente a los países pobres del mundo, alimentó la esperanza y las políticas de pueblos enteros, y fue afianzada luego en la realidad por un vigoroso crecimiento económico de la órbita industrial de Occidente y por el vertiginoso desarrollo de la ciencia y la tecnología. Desde este mundo, Mario Laserna y los jóvenes colombianos, al comunicarse con su país o al volver a pisar tierra colombiana, penetraban a un ámbito de violencia política.

Colombia, 1947 No obstante la política de unión nacional que había proclamado el gobierno, al cumplirse el primer año de su administración la inquietud y el deterioro del orden público eran mayores que en años anteriores, y sucesos violentos en municipios alejados, así como en ciudades de importancia, se venían convirtiendo en crónica diaria. En Boyacá, en Antioquia, en Santander, se habían presentado hechos de sangre, y en los enfrentamientos del pueblo con la fuerza pública, generalmente suscitados por agitadores profesionales, casi todas las víctimas pertenecían a la población civil.

Entre tanto, en el Congreso se respiraba un aire perturbado de enfrentamientos partidarios. En la primera semana de diciembre, los ciudadanos que acudieron a las barras de la Cámara promovieron constantes desórdenes y los jóvenes tribunos de entonces, que serían luego los grandes oradores del Parlamento, se estrenaban con una virulenta elocuencia. Era de esperar, por lo tanto, como si se tratara de un final anunciado que, a la culminación de un candente debate, los dos parlamentarios que lo adelantaban, en un minuto de suspenso que avergonzó a Colombia, se apuntaron mutuamente con sus revólveres. Como si se tratara de una película de gángsters titulaba la prensa de la época.

Una situación semejante se va a vivir desde los comienzos de 1948. No es el objeto de este libro rememorar todas las incidencias del proceso político de Colombia, sino de describir a largos trazos el sentimiento y el carácter social de estos años, así como señalamos en su momento la situación espiritual de Norteamérica en la posguerra para centrar en un marco histórico el génesis de la Universidad de los Andes. Es en este sentido que es justo relievar un aspecto de la personalidad del máximo líder popular de ese tiempo, Jorge Eliécer Gaitán, sin el cual no se entiende la Colombia de entonces, quien fue a la vez jefe único de su partido, colmó una etapa de la vida de la nación, fue finalmente una víctima de la violencia el 9 de abril de 1948 y ocasionó con su muerte una ruptura histórica.

Este apóstol insomne y apasionado de la justicia social, tal vez ha sido el único caudillo en la historia republicana de Colombia, el líder único de una intransferible adhesión popular. La adhesión y el respeto fanático a la persona del caudillo es un sentimiento de origen árabe que se encuentra en todo el mundo hispánico. Y esta adhesión fanática se basa en que el caudillo expresa, a veces sin saberlo, una subyacencia secreta de la identidad cultural de la nación. Gaitán se confundía con la tradicional fe de Colombia en la paz y la ley. Era, muy ciertamente, un hombre de paz y de leyes. La multitudinaria manifestación por la paz que él convocó fue ahogada por el magnicidio y la devastación del 9 de abril.

Siete meses más tarde, ochenta ilustres colombianos, encabezados por Mario Laserna, quienes después del 9 de abril pensaron como Zweig que todo justificaba un nuevo comienzo, suscribieron el acta de fundación de la institución anhelada. Y así nació la Universidad de los Andes: como un feliz subproducto de la segunda guerra mundial y la violencia política de Colombia.

FOTO: -Marío Laserna, fundador de Los Andes, con Alberto Lleras, rector de la Universidad, en el 52.

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