PARA ENTENDER A LA GUERRILLA

PARA ENTENDER A LA GUERRILLA

Es lamentable, pero nada sacamos con lamentarnos. Con las imprecaciones de siempre contra la intransigencia o la inconsecuencia de la guerrilla. Ni con las habituales denuncias de su doble juego o sus respuestas violentas a los gestos de buena voluntad.

09 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Una Colombia que desea la paz por sobre todo; esos diez millones de ciudadanos que se tomaron el trabajo de consignar este anhelo en las urnas, deben estar desconcertados. Pero tampoco el desconcierto, ni la rabia o indignación que lo acompañan, sirven para mucho.

Mejor reconocer lo que pasa. Dilucidar la fría lógica de este conflicto político-militar. Entender, por ejemplo, lo que la tremenda arremetida de esta semana tiene de ritual, con el que los alzados en armas se hacen sentir en los cambios de gobierno. Basta recordar las plomaceras que recibieron el cambio de Belisario a Barco y de éste a Gaviria.

Claro que esta ofensiva fue especialmente implacable. Porque han crecido. Y particularmente sorprendente. Porque vino tan encima de esos dos signos de reconciliación Maguncia y la reunión Pastrana-Tirofijo que tántas ilusiones despertaron entre mucha gente.

Alfonso Cano se encargó de insinuar que, para las Farc, se trató más de una despedida a Samper (a quien le volvieron a refregar la negativa a despejar los municipios que pidieron las Farc en 1996), que de una declaratoria de guerra al nuevo Gobierno.

Vale la distinción, pero de todos modos se trata de un acto de guerra. Con el claro propósito de reafirmar su poder en el terreno militar. Y este es un mensaje hacia adelante, hacia el Gobierno que llega: aquí estamos, no se le vaya a olvidar, más fuertes que nunca.

* * * * * Ya es hora de que se entienda que la guerrilla esté, sinceramente o no, en plan de paz no piensa dejar de combatir un solo instante (salvo cuando haya formal acuerdo parcial o global de cese de hostilidades, pero esto será otro cuento) y que se trata de combinar la negociación política con el enfrentamiento militar.

En la perspectiva de la guerra prolongada esta táctica le permite acumulación de fuerza estratégica, y, en la de la negociación, cada bombazo, cada golpe a la fuerza pública, cada demostración de su capacidad para desestabilizar el sistema, es considerado como avance político. Puntos que marcan, para llegar con más poder negociador a la mesa del diálogo.

Está claro. Y el país no debe seguir tan desconcertado o perplejo con esta conducta. Responde a una forma de ser, a una tradición de lucha violenta y a un culto inveterado a las armas.

Para un estudioso de la guerrilla colombiana como Eduardo Pizarro Leongómez, en las Farc a las que califica como interlocutor no confiable que miente sistemáticamente , existe un divorcio esquizofrénico entre negociación y paz, y jamás han contemplado seriamente desmovilizarse como grupo armado.

Ahora bien, si sienten que están ganando la guerra, para qué van a apresurar negociaciones. La prepotencia en que anda la guerrilla también explica por qué le ha ido tan bien. Si a la fuerza armada del Estado no le fuera tan mal; si al Ejército no lo vapulearan tan duro y tan de seguido; si las instituciones demostraran mayor capacidad de defensa y de respuesta, no estarían tan crecidos.

Pero la pregunta es si todos estos éxitos militares, estas implacables ofensivas y reiteradas y sangrientas muestras de poder de fuego, no están socavando la credibilidad esencial a cualquier movimiento que hable de poder político.

Pienso en la Colombia de aquí y de ahora, que no aguanta más huérfanos ni más viudas, y que debe mirar con profunda desconfianza y miedo a quienes hablan de paz mientras más hacen la guerra.

Me pregunto si no hay otras tácticas y procedimientos mediante los cuales la subversión armada puede hacer valer su peso político. Si no se les ocurre otra forma de relacionarse con la sociedad civil que no esté subordinada siempre al poder de convicción que otorga el fusil.

La verdad es que no es fácil entenderlos. Cómo entender, por ejemplo, al Eln, que después de convocar a la sociedad civil a Maguncia, en el más importante acto político que haya protagonizado en su historia, hace lo que ha hecho.

Y aunque no se trata de que, de la noche a la mañana, se conviertan en ejemplo de civilidad y buenas maneras, sí podría esperarse alguna muestra, algún gesto, de que todo lo que allí se discutió y acordó es traducible en actitudes en las que el país pueda creer.

Un ejemplo puntual de lo que, en mi condición de periodista, encuentro como totalmente incompatible con una posición política seria y democrática, es la exigencia de que los medios divulguen un texto de los desplazados del sur de Bolívar para liberar al senador Espinoza. Quiere decir esto que si los medios no se pliegan, no lo sueltan? O de golpe lo ejecutan ? Que el Eln acuda a métodos que evocan a Pablo Escobar; que piense que puede chantajear a la prensa de esta manera; que a un movimiento que acaba de convocar a congresistas, obispos, procuradores, presidentes de gremio, a un convento alemán para hablar de un país más amable y justo, no se le ocurran otros mecanismos para publicitar el drama de los desplazados de sus zonas de influencia, es francamente preocupante.

* * * * * No se da cuenta la insurgencia armada de que todas estas conductas no hacen sino reforzar la incredulidad de la gente sobre sus intenciones? Y darles munición y argumentos a los paramilitares? Y volver más contradictorias o si acaso cínicas sus proclamas de que nada tienen de político unos grupos cuya única razón de ser es combatir a la guerrilla? En todo caso, movimientos que se insensibilizan tánto ante el dolor que causan en los inocentes, terminan por no diferenciarse mucho de la injusticia que dicen combatir. Ni de la brutalidad que sus propios excesos generan.

Hay que ser realistas, pues, ante las evidencias de nuestro conflicto interno. Que, tras la última matazón, no ofrece mayores motivos para el optimismo. Habrá que confiar en que Pastrana esté a la altura de las circunstancias. Y que su anunciado liderazgo de la paz produzca mejores resultados que los de los últimos cuatro gobiernos. Mañana será otro día .

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