EN BOGOTÁ LOS ARIZA

EN BOGOTÁ LOS ARIZA

Llegando al borde de la Sabana, la carretera se dobla y desciende. A los diez minutos la luz comienza a apagarse y se ven, agazapados, arco iris entre nieblas. Helechos enormes. Arizas. Trepando la cordillera, en esos caminos que hay que hacer en Colombia superando abismos que alcanzan los tres o cuatro mil metros a que debe pasarse para ir de un valle al otro, de pronto se llega a lo que los italianos llaman, mejor que un mirador un beldevere y se ve al fondo un Ariza. Un Ariza de cámbulos y guayacanes florecidos entre una selva de musgo, guaduales y ríos fugitivos. Horizontes... Arizas, arizas, arizas...

13 de mayo 1991 , 12:00 a.m.

Aquí, en Bogotá, en lo poquísimo que queda al pie de los cerros que fueron de helechos y zarzas moras y líquenes sobre las piedras y arcabucos de arrayanes y mortiños y nidos de uvas camaronas y esmeraldas y tanta maleza que llegaba hasta Belén y Piedra Ancha, montó su casa Gonzalo Ariza. Es un criadero de flores de monte y un mirador para estar viendo cómo son los crepúsculos al caer el sol de los venados sobre la Sabana. Un ariza para uso de los Arizas.

Tanto ha impresionado este Gonzalo Segundo en la ciudad de Gonzalo Jiménez que al entrar la nueva arquitectura la dominó, queriendo, quien ordena un apartamento, tener Ariza en directo, hace que le construyan la sala con una ventana del tamaño de un mural del maestro para tener paisaje propio y le pongan el vidrio.

Así he visto grupos de eucaliptos azules con fondos de cerros envueltos en tules de niebla, perspectivas de la Sabana que se pierden en los horizontes de occidente, llanuras por donde corre la serpiente de plumas de agua del viejo río Bogotá como si aún fuera, todo como si todavía existiera. Tanto que muchas veces digo al dueño de casa: Llame usted a Ariza y que le ponga la firma en el vidrio, con la fecha. Lo de la fecha, esencial. Porque mañana, el aire se empopula, morirán los horizontes. Estamos como en los tiempos de la ciudad de México que era transparente, y punto. Negro.

Alfonso Ariza, hijo de Gonzalo, se formó en la escuela de la luz de los paisajes. Viendo unos trigales suyos le pregunté: Dónde los pintó? En cualquier parte: Solo quería ver cómo el viento dobla las espigas... Y lo vio tan bien que con su pintura se anunció una exposición sobre el medio ambiente. Pero Alfonso lleva clavada en el alma la espina de que los árboles mueren. Ahí está la herencia de quien ha nacido jugando con la luz y los verdes fugitivos.

Una vez salió a pintar. Salir y salir a pintar era lo mismo en él y lo espantaron. Dio con un bosque de eucaliptos muertos. Como si le saliera al paso Colombia en esqueletos. Despellejada. Sin hojas. Sin perfume. Que pasara por entre sus brazos el viento y no encontrara un nido. Sin pájaros. Pintó los esqueletos. Este cuadro tremendo se ha convertido en otro cartel de una lucha de ecólogos.

Alfonso tiene su taller en una ladera, al pie del cerro, parecido al de Gonzalo. Yo lo conocí de niño, haciendo grabados a lo japonés. Ahora es todo un batallador que se sale del lienzo. Del papel de la acuarela. Querría vivir sus colores, que ya en el lienzo y en el papel viven. En esto él es como el padre. Quijotesco. Aunque introvertido, tenaz.

Nos lanzamos a la política, me dice: candidatizamos un ecologista para la Constituyente: No salió, pero pusimos 13 mil votos... Quiero decir que Alfonso es un iluso. Con 13 mil votos no hablan en una junta política los verdes árboles, las flores, el aire transparente, la clara luz del día...

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