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NO ME TOQUEN, ESTOY SALADO

NO ME TOQUEN, ESTOY SALADO

Nunca segundas partes fueron buenas , dice un popular refrán. Pero como toda regla tiene su excepción, lo que a continución les voy a relatar, con seguridad les va a gustar. Ayer tuve el doloroso placer de compartir con ustedes las peripecias de mi viaje desde Bogotá hasta Tulcán para poder ser testigo del comienzo de esta 43 edición de la Vuelta a Colombia Colmena.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
22 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Para quienes se perdieron el primer capítulo de la novela , incluía los siguientes elementos tragicómicos: un vuelo frustrado hasta Pasto que concluyó en Cali con policía a bordo, debido a la reacción de los pasajeros por el anuncio del obligado regreso a Bogotá; el estallido de la llanta de mi pobre R-4 al topar con un hueco tan grande como el cráter del Galeras; y la pérdida temporal de mis maletas en el aeropuerto de la capital nariñense, porque fueron cargadas en un avión distinto al mío.

Pues bien, si eso no fue suficiente para alterar mi paciencia, lo que sucedió a partir del mediodía del sábado sí lo consiguió y con creces.

De los seis maletines que un empleado de Colmena debía reclamar en el aeropuerto, solo llegaron cinco, faltaba uno mío. Traía dos: uno con ropa de trabajo diurno (sudaderas, pantalonetas, camisetas y cachuchas) que apareció y otro, con ropa de trabajo nocturno (camisas, pantalones, corbatas, lociones y, algo muy importante, mi almohadita , que todavía anda volando por ahí.

El tiquetico que le colgaron el viernes en la tarde en el aeropuerto El Dorado se perdió y por eso solo el dueño puede reclamarlo. Hasta ahí, muy bien; una medida de seguridad en beneficio del pasajero. Para la primera noche, debí resignarme a salir en vulgar sudadera, mientras el resto de colegas andaban perfumaditos y pintosos y también a dormir sin mi consentida de toda la vida.

Pero ayer todo pasó de castaño a oscuro. La gente de Colmena nos dio el placer de viajar en el carro de EL TIEMPO con Martha Liliana Aya Aya, la modelo oficial, a sabiendas de que llegaría bien y a tiempo. Pero justo en el momento en que a Libardo Niño las churrias lo apearon del liderato, a la trajinada camioneta en que viajábamos le sucedió igual. No sé si tendría lo que las damas cachacas llaman soltura, pero igual nos dejó botados.

Marta Liliana concluyó la etapa en una ambulancia y, para fortuna de todos, con su belleza engalanó el podio. Y mi compañero de andanzas, el popular Tapita (Carlos Eduardo Tapias), jefe de prensa de Postobón, y yo abordamos un carro alimentador de ese equipo y así llegamos a Pasto.

Lo bueno del paseo lo supe mientras trataba de inspirarme en el bus de prensa para escribir la crónica que hoy está a consideración de ustedes. Usted bajó los maletines? , me preguntó Sigifredo Penagos, el conductor. No, solo el del computador , respondí. Entonces se los robaron , afirmó lacónicamente.

Tuve ganas de llorar, pero hubiera sido un espectáculo bochornoso. Tuve ganas de cogerlo a patadas, pero mide como 1.80 (yo 1.60) y pesa 30 kilos más que mi persona (no les voy a decir cuánto). Entonces, mi instinto de conservación me hizo contenerme. Mientras andaba metido en el motor, arreglando los benditos platinos, en una forma que aún no ha podido explicarme, sustrajeron de la camioneta (que es cabinada), tres maletines: dos de Lelio Pinzón (el reportero gráfico), uno de trabajo con un lente costosísimo y todo el material (rollos) para el recorrido, y otro con ropa, documentos y dinero; y uno mío, el que pude rescatar del aeropuerto.

Total, nos quedamos con los brazos cruzados, sin ropa para cambiarnos y con el ánimo tres metros bajo tierra. Me puede alguien explicar cómo la mala suerte se puede ensañar tanto con un indefenso ser humano? Pero la historia no termina ahí. Esperanzado en mi buena suerte , corrí para el aeropuerto pastuso a reclamar mi otra maleta pero tarea frustrada: cancelaron los dos vuelos de la tarde y no había ningún operario. Para colmo, en esos aviones iría para Bogotá el material fotográfico de estos días y, por eso, ustedes no han visto publicadas las imágenes de la vuelta.

Los ladrones, que deben estar dichosos con los 180 mil pesos que le robaron a Lelio, tendrán mi rencor eterno. No solo por la furia que me han hecho pasar y por la incomodidad, sino, en especial, porque se llevaron cosas a las que le tenía mucho afecto: mis camisetas de Colmena, de Coca-Cola y del triatlón de San Andrés; mis cachuchas de Postobón, del triatlón isleño, de Pinturas Rust Oleum y de Finesse; y mi chaqueta doble faz con ese rojo Santa Fe que tanto busqué...

Se dan cuenta: simpática esta segunda parte, tanto o más apasionante que la primera. Espero, eso sí, que no haya una tercera porque, de pronto, el corazón no me resiste otra mala noticia. Entonces no habrá quien cuente el cuento. Ah!, una recomendación final: si usted y yo nos encontramos en el camino, no se preocupe, no me salude, estoy salado . Y eso puede ser fatal.

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